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viernes, 27 de abril de 2012



La noche swinger
         …Una de las salas era una especie de santuario para la oración, un verdadero templo, un laberinto del sexo del que salía un ambiente apretado, espeso, un calor sofocante que me embotó. Creí que iba a ahogarme entre aquellas bocanadas de aire muerto, de aire que olía a cuerpos calientes, sudados, apiñados. Se revolcaban sobre unas colchonetas, se retorcían con desgana. 
      Me asustó comprender el comportamiento de los humanos, el patético estado al que podemos llegar. ¿Sería que yo no sabía apreciar las cosas raras? Retuve el aliento sin saber qué hacer, ni qué decir. Nos observaban. Estaba muerta de vergüenza, incómoda, no sabía que demonios hacía allí. Intenté huir:
      -Quiero irme de aquí.
      Se lo dije bajito a Ignacio pero me agarró del brazo y durante un rato nos quedamos quietos, mirando unas siluetas recostadas en lechos oscuros. Él quería disfrutar aquella experiencia, contemplar como bebían el néctar de la juventud.
      Era un escaparate libertino.
      Entre los sonidos lujuriosos no se sabía quién penetraba y quién se dejaba penetrar. Todos los espectadores nos deslizábamos silenciosos en medio de aquel mar que ardía. Se movían como lava manando de un volcán, sorbiéndose. Eran miradas que buscaban roces interminables, una sonrisa, una prueba de que aún existían.
       Un espectáculo de encuentro y de pérdida, de verdades y de mentiras. De desahogo y de desaliento.
       Debí de haberme ido, pero hice un esfuerzo y me quedé.  Intenté cerrar los ojos pero no podía, sentía sus miradas en mi rostro, en mi pecho, sentía asombro, horror, desconcierto. Me sentí sucia.    
       Pero allí no había manzanas ni pecados. Todos estaban desnudos: viejos y jóvenes, mujeres esmirriadas y gordas. Pálidos con la piel de color azulada y con bolsas colgándoles de sus barbillas o esbeltos con poco pecho y culos encogidos. Igual que burbujas flotaban y reflotaban en la oscuridad, se zambullían en su placer, se deslizaban, se sobaban como para quitarse la angustia.
       Pretendían llegar a la pequeña muerte. 
       Algunas parejas y algún chico suelto se acercaron a donde estábamos nosotros. Todos a su manera querían participar de la escena con ojos lujuriosos. Miraras donde miraras te encontrabas ojos con la mirada encendida, ojos babeantes, ojos que absorbían, ojos indagando, ojos comparando. Ojos que festejaban el sexo.
      Ignacio me miraba con insistencia. Éramos mirones: ellos y nosotros.
      Tenía razón Bukowski cuando decía que los que se hacían swingers se convertían en cuerpos sin alma
 Fragmento entresacado de mi libro Sexo, corazón y vida (Anroart, 2010)


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sábado, 21 de abril de 2012


Dunia y el surrealismo en Canarias

Durante siglos, pintores y escultores han representado el cuerpo humano, a través del retrato y del desnudo.
La obra que hoy nos presenta Dunia Sánchez se ocupa también de la existencia humana, de imágenes irreales, de imágenes que no se sabe de donde vienen ni hacia donde van, imágenes a veces tenebrosas, a veces sugerentes. Equívocas, ya que una misma cosa podemos interpretarla de varias formas. Óleos que basados en el surrealismo  toman como fuente de inspiración el cuerpo humano, a la mujer. A la mujer mutilada, a su carne, a su piel, a su intimidad, a los sueños. A su alma.
A la interpretación de la realidad desde la irracionalidad, donde lo misterioso roza con lo mágico, con lo fantástico y lo sorprendente. Con lo onírico.
 Así nuestra pintora diseña y pinta mujeres bellas o no. Mujeres con miradas tristes pero con cierta paz, mujeres con plasticidad, mujeres que me han hecho recordar a la Poupée, la maniquí articulada de los años 30, creada por Hans Bellmer. Una muñeca sin cabeza, todo torso, objeto erótico y sensual, a la vez que mórbido y violento que estuvo a expensas de la fantasía masculina. Pinta mujeres que van más allá de la estética y de la lógica. Mujeres especiales de donde  surgen aves que nacen de un brazo, de un pie o de un dedo. Aves protectoras que parecen estar vivas, pelícanos poseedores de un símbolo alquímico.
Provoca colores emotivos y para eso emplea habitualmente los tonos primarios: sobre todo los azules y los colores tierra, en fondos algunas veces rojos o verdes que atraen la mirada.  
Dunia traza cuerpos desnudos de los que brota una Naturaleza como en el cuadro de la fertilidad de Frida Khalo: Raíces. Porque ella hace surgir hojas de plantas que parecen estar unidas a las arterias del cerebro, a las de las manos o al útero. Cuerpos despojados que se fusionan en un paisaje ilusionista. Eterno, donde podemos entrever lunas, un mar inmenso, casas y tejados o la cola gigantesca de una ballena.
Hay que valorar en Dunia que siendo autodidacta sabe desarrollar categorías y conceptos, sabe margullar por el universo romántico que alude a la feminidad en los cabellos largos, a la relación amorosa en la expresión del erotismo. Sabe desarrollar la sorpresa y la ambigüedad y el guiño picassiano que con ojos silenciosos observan el drama de la existencia.
Su pintura tiene capacidad imaginativa y participa de  la tradición surrealista arraigada en Canarias, tras la exposición que organizó en Santa Cruz de Tenerife el grupo Gaceta de Arte, en 1935. Con nombres en literatura como Agustín Espinosa, autor de “Crimen”, la mejor novela surrealista española, prohibida en los tiempos del franquismo, en poesía a Emeterio Gutiérrez Albelo  y a Pedro García Cabrera,  y en pintura a Oscar Domínguez.
Ha realizado Dunia Sánchez dos exposiciones individuales una en el Círculo Mercantil en el 2009 y otra C.N. Metropole en el 2.011, ambas en Las Palmas de Gran Canaria. Me ha comentado que le atrae mucho Modigliani, que asistió a una exposición de sus obras en Londres y que ha visitado Tatem moderm, Tatem britain, National Gallery, algunos museos de Italia, el Reina Sofía, el Thyseen, y el Prado. Ha ilustrado un libro de  titulado  Tierras de cuentos (2009) cuyos fondos fueron destinados a la Fundación Vicente Ferrer.  Y ha publicado varios libros en narrativa corta: Amada (2007). Y en poesía: Desde la sombra (2008), y A la sombra de una lluvia de estrellas (2009) 
Demuestra Dunia una ingenuidad y una sinceridad en la pintura que realiza, una pintura que es inquietante  y creativa y nos conduce por territorios plásticos que casi nadie explora en las islas por lo que la felicito y me felicito.    
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lunes, 16 de abril de 2012

MAR VOLCÁN Y CIELO DE FRAN DE MIGUEL

La Palma no es soledad.
Es la cabeza de puente
que sobre los océanos
tendieron los continentes.

        Pedro García Cabrera


Rosario Valcárcel

La Naturaleza y el paisaje, por contener un número infinito de colores, son los registros que más se acercan  al arte de la pintura, al hombre.
En esta exposición Fran de Miguel compite con la Naturaleza y nos descubre la cotidianidad de la isla de La Palma y nos trasmite pinceladas hechas de vegetación, de brezos, de pinares y  volcanes. Del destino de las islas: del mar, de un mar que ha sido escenario de acontecimientos tristes y alegres, de viajes, de aventuras. De un mar donde quizás nuestro pintor entabla historias secretas porque conoce su lenguaje, de un mar que estalla, lleno de tanta fuerza visual que me ha hecho recordar al amor que el narrador y poeta inglés Laurence Durrel tenía a otro mar, al Mediterráneo y que reflejó con frases como: Estallido prismático de olas contra el cielo azul, de olas que exprimen sus estremecidos paquetes de colores y luego la sibilante y negra succión del agua que retrocede
En esta exposición Fran de Miguel nos ofrece una pintura moderna, racional, sensible y original en las proporciones de sus lienzos, en sus imágenes, en su gran capacidad como colorista cuando juega con los tonos cálidos y con los fríos, en su extraordinario sentido plástico a la hora de captar el añil del universo submarino, las sombras fugaces, el cielo limpio y  la tierra húmeda. Porque nuestro pintor consigue reflejar la atmósfera que se respira en la isla de La Palma, los contrastes de los celajes y de los azules que se juntan en el mar. 
Fran se acerca a la realidad, a la interpretación sensible de lo que sucede todos los días en las orillas del mar. A los barcos y a los peces que culebrean en los jardines de agua salada.  Se acerca al  interior de la tierra y nos muestra una isla que luce su fuerza telúrica, una naturaleza engendrada por los fuegos, moldeada por el mar y por la potente naturaleza de su tierra y de sus volcanes.  
Y recrea el volcán de Teneguía, con su cono volcánico, sus emulsiones, sus olores, su cráter  negro y sus  fauces tan abiertas que parece que quieren  morder el cielo, porque Fran ha sabido captar el ímpetu de un volcán que brotó desde lo profundo, desde las entrañas de la Tierra, ha sabido captar la explosión, los fogonazos de luz, los flujos de lavas llenos de color, los matices cambiantes que realiza a lo largo de su recorrido, el imponente silencio, el trémulo fluir de una lengua de fuego que  nuestro pintor desplaza fuera del cuadro, creando la ilusión de movimiento.  Su espectacularidad.
Ha sabido captar los mundos celestes, las fantásticas escenas astrales por donde chapotean veleros. Y el volcán y la lava, que parece recién enfriada, con unas imágenes que podríamos pensar que son ajenas a este planeta.
La pintura de Fran tiene vocación universal y ha sido premiada dentro y fuera de España, en numerosos museos. Se ha colgado tanto en Tenerife como en Navarra, en la Habana como en el Museo municipal de Berlín, en Gran Canaria como en Méjico.  Y ahora en la sala O´Daly del Cabildo esta exposición convoca el paisaje canario, el palmero, con una muestra que está impregnada de efectos, de hechizos y de poesía, de los destinos de esta isla. De sus montañas y de sus barrancos, del océano y de la calima, del mar de nubes y de volcán, y sobre todo de los misterios y de la belleza grandiosa que encierra la isla de La Palma.
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miércoles, 11 de abril de 2012

La Peña de la Vieja

Algunos días mi Peña semejaba una gran catedral de ébano, rodeada de espuma. Las olas simulaban velos preciosos, sacados de las profundidades marinas y los asientos tenían formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas. Me tiraba al agua, subía de nuevo, me lanzaba como una saeta, daba vueltas a su alrededor y parecía que nadara sobre las mismas olas. Hacía toda clase de locuras, la punta de mis aletas se convertían en garras de escorpión. Trepaba y observaba desde muy alto para que las olas no me tragaran. Tenía miedo cuando miraba a la ori-lla. Si había marea alta, el camino de vuelta era más fatigoso. Sentía que mi gran roca se quería alejar conmigo, pero el mar con su gran manto me salvaba.
Me acostumbré a estar con Oscar. Su presencia estaba hecha de sol y de salitre.
―¿Qué soy yo para ti? –me preguntó.
Esta fue la primera vez en que espe-raba que yo mencionase la palabra amor.
―¿Sabes lo que quiero decir? –volvió a insistir.
No le contesté, miré a lo lejos y vi acercarse a Miguel, el barquillero, que llevaba colgada de su hombro una barquillera ador-nada en su parte superior con una rueda y números. La paseaba con gran pompa por toda la playa. Sin pensarlo, corrí tras él y le di vueltas a la ruleta. Tenía un gran apetito y miraba impaciente, esperando que se parara. Al fin salió el siete, me correspondieron siete barquillos crujientes en forma de vela de un barco. Su sabor era un placer sin igual.
           Óscar no había olvidado su pregunta y se acercaba a mí como a una niña frágil. Su mirada intentaba descubrir mi respuesta. Yo no podía decir lo que sentía mi corazón, debía guardarlo.                
           Era mi secreto. Tenía trece años.
  
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Ilustración de  SIRA ASCANIO
            

miércoles, 4 de abril de 2012

LA SEMANA SANTA

      
Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó y preguntaban: ¿Quién es éste? Y la muchedumbre respondía: Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.
   

A medida que el tiempo pasa, me doy cuenta que el mundo ha cambiado totalmente y que por supuesto han cambiado nuestras vidas, nuestras formas de enfrentarnos a cualquier acontecimiento.
Por eso al llegar la Semana Santa me entra añoranza. Y me acuerdo de los ejercicios espirituales, de la lectura de los libros ejemplares, de películas sobre la Biblia, Benhur o Los Diez Mandamientos… Era el símbolo del amor y los reencuentros de las familias. Eran tiempos de ver a nuestros abuelos asomados a las ventanas para contemplar las procesiones, la gloria de las imágenes, las señoras ataviadas con mantillas negras y con nuestras mantillas blancas. De escuchar alguna saeta.
El mundo parecía que se paraba, los sentimientos se manifestaban en las calles. Eran Tiempos memorables para lo religioso, para las imágenes, para los imagineros como nuestro José Lujan Pérez, un grancanario que culminó la fachada neoclásica de la catedral de Las Palmas.
A mí la Procesión que más me gustaba era la del domingo de Ramos, la de la burrita. Era el día en que por fin estrenaba mi vestido nuevo, así que vestida de guapa entre ciento de niños y niñas esperábamos con las manos en alto, agitando las palmas y aplaudiendo. Yo abría y cerraba los ojos asombrada al ver al Señor con su carita tan sonriente. No parecía el dueño del mundo. Esa mañana el Sol siempre nos acompañaba y los bombos y platillos sonaban a alegría. ¡Cómo me gustaba escuchar las cornetas y los redobles de tambores!  Desfilar al lado de la banda de música y contemplar a aquellos primeros turistas, espectadores asombrados, haciendo fotografías. 
Después mi padre me subía en los cochitos del Parque de San Telmo, en los caballitos que subían y bajaban, en la ambulancia o en la caldera que daba vueltas y vueltas. 
Y al llegar a mi casa, mi madre nos sorprendía con algún postre. En esos días preparaba sus torrijas y la casa olía a canela y a limón.
Todos los días de la semana había una procesión y de las iglesias salían filas de devotos. No recuerdo bien las imágenes que sacaban el lunes pero sí que era el día de los seminaristas. ¡Qué serios avanzaban en procesión detrás de los tronos! Aunque el día más conmovedor era el día que trasladaban a la Virgen para que viera a su Hijo, era el día del Santo Encuentro, que coincidía con el miércoles. Algunas mujeres lloraban.
Así  las imágenes recorrían casi a diario el casco histórico, menos el jueves que visitábamos las iglesias, Los Monumentos. Me llamaba la atención la fuerza de aquellos santuarios, las velas que ardían erguidas en la penumbra como custodiando las imágenes de los santos que estaban cubiertos con telas de color malva. Y en un altar, bajo una luz tenue se explayaban enormes cestas de rosas, azucenas, claveles, gladiolos…, entre una platería reluciente y bellos jarrones repletos de flores y más flores.
Entonces nos arrodillábamos y musitábamos oraciones.
A partir del lunes santo se escuchaban lamentaciones y cantos de sufrimiento. El tiempo cada día se empeoraba más y más, como una señal de dolor. Incluso algunas veces llovía y en las casas se hacía un silencio. No se podía cantar, ni manifestar alegrías, las ropas se oscurecían. Se hacían Via Crucis y se cantaban Misereres. Las calles olían a incienso y  las radios sólo emitían música sacra, marchas fúnebres y las Siete Palabras que duraban una eternidad.
Después  silencios, muchos silencios. Yo cerraba los ojos y sólo veía lanzas, coronas de espinas, cruces y clavos. Sentía miedo. Menos mal que Dios es compasivo y hacía que llegara el sábado. Entonces se escuchaban las campanas. Resucitaba el tiempo.     
Hoy se habla de la huelga por la reforma laboral, de la crisis económica, de las vacaciones de primavera, de que las zonas de acampadas están repletas, que se han cubierto las plazas hoteleras, que el lleno se repite en las zonas costeras. Se habla del arranque de la Semana Santa, de los muertos de la operación de tráfico, de que la gasolina sube en esos días. De actividades y cursillos para que los niños no se aburran en su tiempo libre. 
Y algunos siguen creyendo que el paraíso terrenal está en estas manifestaciones, en la fuerza que emanan, en el rito al dolor. Otros piensan que los niños actuales desconocen esas historias, desconocen la Biblia, los personajes y los misterios.
Niños que cuando ven la procesión de la burrita se preguntan ¿Quién es éste?

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