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miércoles, 27 de septiembre de 2017

UNA CASA EN CANTABRIA


                                                                                       A Mariló y Ángel Gustavo

Hacía tiempo que la poeta Mariló Álvarez y el pintor Ángel Gustavo Cabrera Mujica nos habían invitado a su casa de Cantabria, y por fin este verano pudimos disfrutar de la casa, de andar por las calles y las esquinas, de recorrer ese terruño en la que ella nació y vivió hasta que se casó y, por el que tiene verdadera pasión. Llegó el momento de admirar la casa grande con alacenas, doseles, tapicerías de estilo antiguo que ha acogido a varias generaciones, la casona de Lamadrid situada en un caserío del municipio de Valdáliga.



Una casa que se remonta a mil ochocientas ochenta, cuyas paredes gruesas están revestidas de piedra y de retratos familiares, así como de obras de diferentes etapas pictóricas de Ángel Gustavo. Una casa con aspecto casi misterioso, con olor a perfumes densos. Un caserón rodeado de una intensa vegetación con vistas al mar y a la montaña, de chalecitos nuevos y antiguos entre terrazgos y pajares, de vacas pasiegas o tudancas, campurrianas o lebaniegas, de color blanco o de oro viejo. Vacas que nobles se nos acercan a saludarnos entornando sus ojos humanos. Un lugar desde el que se oyen balar ovejas o cabras a la eternidad.


Un paisaje lleno de encanto melancólico realzado entre montículos y prados largos, largos como si más allá hubiese otros prados y otros y otros, tanto que al observarlo llegas a entender por qué nuestros antepasados disolvían sus vidas entre las pequeñas cosas verdaderas. Llegas a entender la moda de los hippies que se instalan en una comuna en medio de la naturaleza. 


Mi amiga Marilo se mueve por esa gran casa de tres plantas de una forma activa y sensual y nos cuenta anécdotas personales, vivencias del lugar. Le encanta hablar y hablar y hablar de sus antepasados, de libros antiguos y de libros grandes y pequeños que heredó de su bisabuelo y, que conserva como lo que son un tesoro. Siente la necesidad de evocar, con todo lujo de detalles, aquellos instantes en que su abuela le leía cuentos. ¡Y qué bien los relata! Se pone en situación, y con aire serio y solemne, tanto te rememora un cuento, como de una caja que contiene muchos secretos, te muestra una de sus joyas: una estampita escrita por ella a un amor que confiesa platónico, un amor de adolescente. Su deseo por contar es muy fuerte, arrollador, y nosotros la escuchábamos sin parpadear, mientras, entre las sombras del jardín, la silueta del limonero agitaba sus ramas, participaba de la reunión.

Sí, a través de la ventana, el limonero nos acompañaba de día y de noche cuando sentados en el comedor contábamos historias junto al fuego de la chimenea y, entre vinos y platos de la tierra, hablábamos de todos los temas habidos y por haber, de los terroristas islámicos, la Justicia que debería ser igual para todos, de los seres humanos y de los complicados que somos. De las fuerzas demoniacas e incluso de oraciones supersticiosas.

Repasamos la literatura actual y la pintura de Ángel Gustavo y yo recordé la serie de Las Venus en donde el pintor crea mujeres hermosas de largas piernas. Busca la verdad y la belleza.  Mujeres perfectas, irresistibles, cuya perfección hace florecer el deseo y las  pasiones.


Íbamos pasando de un tema a otro y, como decía el cantante Sabina, nos dieron las doce y la una, y las dos y las tres. Y a esas altas horas terminábamos hablando de gastronomía y salió a relucir el tema de los animales, de los toros y de las ferias. Analizábamos los argumentos en pro y en contra de la tauromaquia, y casi sin darnos cuenta nos encontrábamos en los centros de matanza de animales o en los laboratorios, horrorizados con los experimentos que allí se realizan. Escuchábamos los gritos y los  silencios de las criaturas llamadas irracionales. Finalmente Luis determinó que deberíamos hacernos vegetarianos.


Y como la noche se presta a las confidencias, no faltaron horas lujuriosas dedicadas al amor y al pecado, a la pasión, a esos temas que a mí me gusta tanto explorar, que unen toda nuestra vida cuando nos lamentamos o evocamos momentos entrañables. Y nos reímos y nos emocionamos y Ángel Gustavo nos amenizaba con alguna aria de ópera.

Pero lo más simpático era ver a Mariló estudiando el itinerario del día siguiente, las fotografías de los paisajes que vimos y sentimos de Cantabria, de las suaves hierbas con sus diferentes verdes, de las rías de San Vicente de la Barquera, del horizonte con Los Picos de Europa. Resultaba divertido ver las caras de satisfacción al saborear en mesones el cocido montañés o las tapucas de rabas y las sardinas con riojas y soleras. O ver la celebración del día del Muzucu y la fotografía de la popular comida del sorropotún de San Vicente de la Barquera.



Gozar de rincones como el de la pintora-escultora Antonia María y German situada en el Pechón, una casa con jardín y vistas al mar. Y la Finca con hotel rural de Lary y José, y la de Blanca Vallés en Tejo. Una casa pequeñita, que a mí me pareció tan linda que le dije que era una casa de muñecas. Tampoco faltó un baile divertido con un grupo de la tercera edad en el Hotel Palacio de Guevara en Treceño. ¡Cuántos recuerdos me trajo la música! Ni la visita al precioso Valle de Cabuérniga, en Bárcena Mayor donde en un restaurante observé un pequeño aviso colgado de la pared. Curiosa me acerqué y leí:

Vamos a cazar gamusinos! ¡Vamos este fin de semana a cazar gamusinos! Anotarse el que desee ir.

-¡Gamusinos, gamusinos!, pensé al leerlo ¿y qué son gamusinos? Y antes de que se me ocurriera que podría ser, Mariló me miró y comprendiendo mi ignorancia expresó:

-No sé lo que son gamusinos, aún no he cazado ninguno. Reímos y seguimos riendo mientras caminábamos a través de las calles azotadas por un viento tan frío que nos hizo rechinar los dientes.

Finalmente llegó el momento del regreso a Gran Canaria, de la despedida, de los abrazos apretados. Entonces escuché la lluvia cargada de emoción, escuché el mugido de vacas. Escuché de nuevo las enseñanzas y los cuentos que la abuela de Mariló contaba cuando ella veraneaba en la casa de Lamadrid. Y los ojos se me rayaron de lágrimas. 

facebook/RosarioValcárcel 

domingo, 24 de septiembre de 2017

MUERTE DEL CABO CHEO LÓPEZ, Cuento


De Ciro Alegría (Perú, 1909-1967)

Perdóneme, don Pedro… Claro que esta no es manera de presentarme… Pero, le diré… ¿Cómo podría explicarle?… Ha muerto Eusebio López… Ya sé que usted no lo conoce y muy pocos lo conocían… ¿Quién se va a fijar en un hombre que vive entre tablas viejas? Por eso no fui a traer los ladrillos… Éramos amigos, ¿me entiende?

Yo estaba pasando en el camión y me crucé con Pancho Torres. Él me gritó: “¡Ha muerto Cheo López!”. Entonces enderezo para la casa de Cheo y ahí me encuentro con la mujer, llorando como es natural; el hijito de dos años junto a la madre, y a Cheo López tendido entre cuatro velas… Comenzaba a oler a muerto Cheo López, y eso me hizo recordar más, eso me hizo pensar más en Cheo López. Entonces me fui a comprar dos botellas de ron, para ayudar con algo, y también porque necesitaba beber.

¡Ese olor! Usted comprende, don Pedro… Lo olíamos allá en el Pacífico…, el olor de los muertos, los boricuas, los japoneses… Los muertos son lo mismo… Sólo que como nosotros, allá, íbamos avanzando…, a nuestros heridos y muertos los recogían, y encontrábamos muertos japoneses de días, pudriéndose… Ahora Cheo López comenzaba a oler así… Con los ojos fijos miraba Cheo López. No sé por qué no se los habían cerrado bien… Miraba con una raya de brillo, muerta… Se veía que en su frente ya no había pensamiento. Así miraban allá en el Pacífico… Todos lo mismo…

Y yo me he puesto a beber el ron, durante un buen rato, y han llegado tres o cuatro al velorio… Entonces su mujer ha contado… Que Cheo estaba tranquilo, sentado, como si nada le pasara, y de repente algo se le ha roto adentro, aquí en la cabeza… Y se ha caído… Eso fue un derrame en el cerebro, dijeron… Yo no he querido saber más, y me puse a beber duro. Yo estaba pensando, recordando. Porque es cosa de pensar… La muerte se ríe.

Luego vine a buscar a mi mujer para llevarla al velorio y creí que debía pasar a explicarle a usted, don Pedro… Yo no volví con los ladrillos por eso. Mañana será.
Ahora que si usted quiere ir al velorio, entrada por salida aunque sea… Usted era capitán, ¿no es eso?, y no se acuerda de Cheo López… Pero si usted viene a hacerle nada más que un saludo, yo le diré: “Es un capitán”…

¿Quién se va a acordar de Cheo López? No recibió ninguna medalla, aunque merecía… Nunca fue herido, que de ser así le habrían dado algo que ponerse en el pecho… Pero qué importa eso… ¡Salvarse! Le digo que la muerte se ríe…

Yo fui herido tres veces, pero no de cuidado. Las balas pasaban zumbando, pasaban aullando, tronaban como truenos, y nunca tocaron a Cheo López… Una vez, me acuerdo, él iba adelante, con bayoneta calada y ramas en el casco… Siempre iba adelante el cabo Cheo López… Cuando viene una ráfaga de ametralladora, el casco le sonó como una campana y se cayó… Todos nos tendimos y corría la sangre entre nosotros… No sabíamos quién estaba vivo y quizá muerto… Al rato, el cabo Cheo López comenzó a arrastrarse, tiró una granada y el nido de ametralladoras voló allá lejos… Entonces hizo una señal con el brazo y seguimos avanzando… Los que pudimos, claro. Muchos se quedaron allí en el suelo… Algunos se quejaban… Otros estaban ya callados…

Habíamos peleado día y medio y comenzamos a encontrar muertos viejos… ¡El olor, ese olor del muerto!… Igual que ahora ha comenzado a oler Cheo López.

Allá en el Pacífico, yo me decía: “Quién sabe, de valiente que es, la muerte lo respeta.” Es un decir de soldados. Pero ahora, viendo la forma en que cayó, como alcanzado por una bala que estaba suspendida en el aire, o en sus venas, o en sus sesos, creo que la muerte nos acompaña siempre. Está a nuestro lado y cuando pensamos que va a llegar, se ríe…Y ella dice: “Espera”. Por eso el aguacero de balas lo respetó. Parecía que no iba a morir nunca Cheo López,

Pero ya está entre cuatro velas, muerto… Es como si lo oliera desde aquí… ¿No será que yo tengo en la cabeza el olor de la muerte? ¿No huele así el mundo?..

Vamos, don Pedro, acompáñeme al velorio… Cheo era pobre y no hay casi gente… Vamos, capitán… Hágale siquiera un saludo…

Ciro Alegría (Perú, 1909-1967) fue escritor, periodista y político. Es uno de los escritores más representativos de la narrativa indigenista, que se distinguía por su interés en reflejar la opresión sufrida por los indígenas. De Ciro Alegría son, entre otras, las novelas La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941).

El relato “Muerte del cabo Cheo López”, prácticamente desconocido, fue publicado por primera vez en 1963, cuatro años antes de la muerte de su autor.

Ciro Alegría (Perú, 1909-1967) fue escritor, periodista y político. Es uno de los escritores más representativos de la narrativa indigenista, que se distinguía por su interés en reflejar la opresión sufrida por los indígenas. De Ciro Alegría son, entre otras, las novelas La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941).

El relato “Muerte del cabo Cheo López”, prácticamente desconocido, fue publicado por primera vez en 1963, cuatro años antes de la muerte de su autor.

jueves, 21 de septiembre de 2017

3 POEMAS DE ROSA MARÍA RAMOS CHINEA


Punta hueca

La rojez de su boca
muerde el aire – succiona el agua
y un artilugio loco
inusual
como bala de punta hueca
se presiente en la garganta
Traga la saliva salobre
óxido baboso atascado
en la glotis impúdica
El grito hecho nudo
cuando late la argolla
enroscada en su laringe

______________
el aguacero
desde los tobillos
trepó nuestras piernas

el río rojo creció sobre el asfalto

nos dejamos arrastrar
por la fuerza inusitada

no sin antes querer
recuperar la noche

la noche inmediata anterior
esa donde la cama colmada de aromas
se abultaba de roces bajo las sábanas


Persistencia del vuelo
_____________________
Desde esta tribuna
secreta y sombría
miro sin las vendas
veo desconcierto
Algún apéndice invisible
todavía permanece desde mí
aferrado a las trampas
En noches de duda oscura
me alzo íntimamente
en aleteo portador
de ignota perspectiva
Así
rememoro la historia
de mi tiempo en tierra
y opto
terca
por la persistencia del vuelo 

Sinopsis: DELIRIOS DE ORILLA
es en realidad dos miradas: Hilos de Orilla y Delirios de Apertura. Si cruzamos la primera, vemos el mar, habitamos en un límite de nosotros y existe solo lo que hay alrededor. El ser busca y encuentra más allá de su orilla, parapetado en ella, y tiembla por un destino que se anuncia en las formas del agua dispersa. Hilos de Orilla es el ojo sin límites, todo lo que hay en el mar y en orillas que cada vez delimitan menos. Delirios de Apertura transcribe el después, un no-mar fatal. El ojo abocado a contemplar cómo se cierran los huecos. Y la imposibilidad de arrastrar la puerta para abrir cerrojos y cerrar labios curvos. La lucha con la puerta dirige la mirada hacia dentro. No hay más. Y hay intentos, ruegos y resignación, y lo que vive tras el vano cerrado obliga a entender que ninguna puerta se abre detrás de los puños. ¿En qué mirada se encuentra el ser?

Sobre la autora:
Es máster en educación, mención enseñanza de la literatura en inglés, por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Caracas). Fue profesora de inglés en la Universidad Politécnica «Antonio José de Sucre» (Caracas), en la que llegó a ocupar el cargo de directora de cultura y extensión. Ha impartido talleres de inclusión de la literatura en el área de la enseñanza del inglés y el castellano. Ha participado en diversos talleres de literatura. Su afición por la poesía y la escritura de relatos se remonta a su adolescencia, y a sus estudios de Letras en la Universidad Central de Venezuela donde participó en diversos talleres y tertulias con escritores y poetas de varios grupos literarios. Ha publicado el libro de poemas Tiempo de Queja. Entre sus poemarios inéditos destacan: Lápiz de ceniza y La casa de piedra. Desde 2001 reside en el sur de Tenerife, Islas Canarias. Ha sido miembro del jurado de los Premios Taramela (Ediciones 2004 y 2006) de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de San Miguel de Abona. Es maestra en la escuela pública canaria desde 2007. También ha producido y conducido programas radiales de corte cultural. Desde mayo de 2014 dirige, produce y presenta el programa de radio «Poetas en Serie».




miércoles, 20 de septiembre de 2017

Muestra pictórica de Paqui Martín inspirada en el libro Perdone que no me calle.

Jueves 21 septiembre a las 20.00 en La Casa de Colón, Las Palmas de Gran Canaria

62 ESCRITORAS CONTRA LA VIOLENCIA MACHISTA
PERDONE QUE NO ME CALLE

Sí, perdone que no me calle, que alce la voz los 365 del año, porque son muchas las agresiones que seguimos sufriendo, porque son múltiples las formas de violencia que se llevan a cabo contra nuestros cuerpos y nuestras almas.

 “Perdone que no me calle” es un libro en el que 62 mujeres unidas manifiestan el palpitar de la violencia que se ejerce contra el pensamiento, contra  vidas menospreciadas, ninguneadas, desfavorecidas, arruinadas, desvalorizadas. La actitud real de sociedades en donde los códigos de comportamiento son una herramienta en contra niñas y niños, emigrantes, lesbianas, transexuales, bisexuales, intersexuales, contra las mujeres que ejercen la prostitución… ¡Contra las mujeres!
Un libro transparente que hace que nos preguntemos es: ¿Realidad o ficción? Un documento de la degradación de la conducta humana, de placeres degenerados…que puede servir como denuncia contra la indefensión física y cultural de quienes la padecen.

Escuchemos las voces de las participantes de “Perdone que no me calle”

…El ataúd de S.O. pesaba lo mismo que pesa un ataúd de alguien que lleva cien años muerto… Acerina Cruz

Su cuerpo intacto escondía una autoestima apaleada que moría día, Belén Lorenzo Francisco

. Allí estaba el hombre que había dicho alguna vez que la amaba, que no podría vivir sin ella, que si alguna vez lo dejaba la mataría, que era para él o no era para nadie. Ella se reía. Le parecía un sueño… Elsa López

…Lo descubrió en el momento en que la cogió por el cuello en la estación de metro, solitario a aquellas horas…Gladys de Armas

… ¡Ay mi madre tirándose de los pelos con las piernas separadas como si me estuviera  pariendo muerta, más que muerta… M Candelaria Pérez Galván

Inmediatamente llamé a la policía, a ella no, por supuesto, la muy zorra… Elena Villamandos

Y si pego el oído al grito y el temblor al sonido de tus llaves… Ana Vidal Pérez de la Ossa

…cuando te marchas, te oigo decir que fue culpa mía. Que llevaba minifalda… Nadina Rivero Bethencourt

Hacía frío y decidí enterrarlo todo bajo un suéter de cuello alto gris… Mase

 El hombre de mirada hiriente y huidiza no se detuvo, ni miró hacia atrás, pero dejó a su paso una estela que encendió en ella emociones  dormidas… Teca Barreiro

Él es tu pintor tu artista y tú su lienzo en blanco…  María Maite García Díaz

Se sentía la mujer más afortunada del mundo por haber encontrado a Francisco… Inma Flores

… ya estás vieja y gorda como una foca, ya no sirves ni para limpiar… Juana María Ruíz Suárez

Tenía dos años cuando la sacaron de casa de sus padres… Rafaela RV

…Siempre gestos, palabras, golpes y errores; y siempre terrores… Iballa Rodríguez Herrera

…Por qué no La escuché… Cande Rodríguez

…Comprendió que le aguardaba el miedo, la despedida de la infancia, que pronto sería un desecho de carne y hueso. Pero no podía huir más que en él… Rosario Valcárcel

He pescado al vampiro que devoraba a su propia sangre, y le clavé la estaca en el corazón para romper el de mi madre… Maribel Díaz

Cuando él llegó y me preguntó que dónde había estado entre las once treinta y las doce y no supe que contestar… Purificación Santana

De un bolsillo de la muerta la policía sacó una foto de un niño, de pocos años… Berbel

Le repetiría cuánto la quería y ella contendría de nuevo las arcadas… M. del Carmen Martín Mendoza

El niño se agarraba con fuerzas a sus piernas temblorosas… Rosario Villalba de León

Sus catorce años se han alzado en ayuda de madre y sabe… Camila Rodríguez Aguiar

…Se refugió en la pintura y entre pinceles dibujó emociones… Yolanda Díaz.

La muerte es una grieta profunda, no hay salida… Andrea Abreu López

…¡Qué atrás quedan los días en que me llevabas a la mano con orgullo… Maruja Salgado

…¿Y ahora? ¿Qué hago yo sin ti, mamá? Judit Febles Benítez

Las manos de su hermana que cubrían sus infantiles pupilas… Erminda Pérez Gil

Me acuerdo de su olor a vino y a tabaco. De su aliento pegado a mi boca…Asunción Cívicos Juárez

Y el cuervo del suicidio te ronda incesante empujándote al abismo… Irma Ariola Medina C.

…Una agente en Igualdad de Género que había sido alumna mía nos derivó… Julia Gil

Ese día descubrió que toda su vida cabía en un pequeño bolso de viaje… Josefa Molina

Solo los más ladinos pudieron contemplar como desplegaba sus alas… Gloria de la Soledad López Perera

Mauro la encerró, despojándola de móvil y portátil, como castigo por no complacerle… Albertine Orleans.

Decías que si tuvieras valor la matarías y le destrozarías la cara a ella y a todas las mujeres…Inmaculada Díaz Suárez

…¿Por qué el mirlo le había traído veneno en su vuelo?... Virginia Hernández González

Mírame la piel tiene el color del fango, mírame la piel y dime su valor… Julia Toledo Gómez

…Aquella gota de agua, le había enseñado, o más bien recordado, quien era en realidad… Eva López.

Señora, no hay ninguna persona en la casa, sólo una hiena que dice ser su marido… Ana B. Navarro Morales.

…Aquella tierna princesa con la que dormitaba, de nuevo se había transformado en el lagarto que realmente era…  Claudia Ponce

…Llegó a mi país, enamorada de un hombre que le ofreció una vida de ensueño en Santa Cruz…Amalia Quiroz Pedrazas

De regreso al hogar nos despedimos fundiéndonos en un abrazo con la trabajadora social… Conchi Miranda Galván.

…Nadie debe tener derecho a contar cuentos de sapos convertidos en príncipes,  de espejos mágicos, de hadas madrinas con calabazas… Kalola Quintero González

Mí pecado siempre es el mismo: olvidar que sabe y vale mucho más que yo… Montserrat Cano

Canta con la voz ronca, áspera como la piedra en la que se sienta cada tarde delante de la bodega…Lucía Rosa González

…Resurgió de las cenizas en las que había sepultado un marido maltratador… Balbina Rivero Pimienta
…Y no supe qué decirle pensó que no estaba bien festejar la muerte de un hombre… Lola Suárez

Morirse fue lo único que recibí de mi cónyuge, después de que “accidentalmente” le mordiera tan peligrosa mascota… Nieves Rodríguez Rivero 

Tiene de todo, hasta un marido que la quiere… Elena Herrera.

Aprendió que sólo existía el amor distorsionado, manipulado y desvinculado… Mariana Rodríguez Rivero

… Cuando despertó el dinosaurio, ella…. Maiki Martín Francisco

…Mi madre citaba a menudo a Mateo 7, 3-5. ¿Se pondrá bien?... Teresa Delgado Duque

Imposible olvidar aquella noche de música y luces en su discoteca… Rosa M. Ramos Chinea

Se quitó los tacones y deseo flotar, ser invisible, pero él estaba allí, en el salón, esperando, escrutándola… Elena de la Torre

Alardea de su hombría, de sus alegrías, de su mujer y sus hijas… Estela García López

Las ramas muertas son arrastradas río abajo. Muchas no lucharon por permanecer en el árbol… Graciliana Montelongo

Odiaba su cuerpo y odiaba a aquel hombre, se odiaba por pensar que era su culpa… Silvia Rodríguez

Llegó el momento de liberarse del viajo legado de sumisión… Mónica Buaiz

Aquella noche, un simple cuchillo de rebanar pan le bastó… Irene Fernández

…Cómplices, huyeron, como ratas del nido anegado, cuando comenzaron las pesquisas policías… María Gutierrez

En las habitaciones de la planta alta, ocupadas por mujeres rotas, Artemisa sana sus pieles quemadas por el ácido…Carmen de la Rosa

Ya solo falta Candelaria, madre soltera, expulsada de la empresa injustamente, por su maternidad… M. del Rosario Guimerá Ravina.

...¿Quién se atreverá contra el Mundo?.... dijo, esbozando una sonrisa… P.G.D.

“Perdone que no me calle” es una cuidada edición del Centro de la Cultura Popular Canaria, recopilada por María Gutierrez, con preciosas ilustraciones en el interior de Candelaria Luque y diseño de cubierta de Borja Blas Díaz Díaz.  Un libro sin ánimo de lucro publicado por el mecanismo de micromecenazgo.  

sábado, 16 de septiembre de 2017

HOMENAJE AL POETA DOMINGO RIVERO

¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo?/ ¿Por qué con humildad no he de quererte, /si en ti fui niño y joven, y en ti arribo, / viejo, a las tristes playas de la muerte? 

No sé si en algún lugar del mundo un poeta ha tenido un nieto como el periodista José Rivero. Un hombre de corazón grande y generoso quien comprendió que debía cultivar la memoria humana y literaria de su abuelo, Domingo Rivero. Un Museo auténtico, capaz de unificar arte y vida, un punto de encuentro para un público amplio, para todos.



Y durante algunos años, Luis y yo nos tropezábamos con Pepe Rivero, como le llamamos, y nos confió el proyecto del Museo que, tanto él como su esposa, María Luisa Estévez, trabajaban con firmeza día a día, centímetro a centímetro. Hablábamos de lo que hacíamos o pensábamos hacer cada uno de nosotros. Mientras él se negaba a los problemas, a la tristeza de su frágil salud. La procesión iba por dentro.



Lo consiguieron. Y el 14 de septiembre del 2012 con un proyecto del curador Diego Casimiro inauguramos la exposición Poema al mar. Homenaje a Néstor. Hoy un lustro más tarde celebramos otra exposición internacional, Homenaje a Domingo Rivero.


Homenaje a un poeta de creación tardía, discreto y silencioso que hizo de la poesía su quehacer habitual, aunque solo publica algunos sonetos en la prensa. Aficionado a las peleas de gallos, a la lucha canaria vivió en París, Sevilla, Madrid y en la ciudad glacial y laberíntica de Londres, sintió la grandeza y limitación, la vitalidad y la pasión de otra lengua. Traduce a Shakespeare y a otros poetas, evoca su alma viajera y la relación estrecha con los espacios a los que les tenía apego, compartiéndolo y conmemorándolo en sus letras y en sus imágenes. 


A veces sobre el mar pasa una nave/ que se pierde a lo lejos como un ave /que empuja el viento del destino esquivo… / Son emigrantes. ¿Volverán? ¡Quién sabe!


La obra de Domingo Rivero se conoció unas décadas después de su fallecimiento, gracias a los trabajos de Manuel González Sosa, Andrés Sánchez Robayna, Arturo Maccanti, al libro que publica Jorge Rodríguez Padrón titulado poeta del cuerpo y a la labor recopilatorio de Eugenio Padorno quien considera que el poema “Yo a mi cuerpo” representa una de las cimas líricas de la Poesía canaria.





¿Por qué no te he de amar, cuerpo en que vivo? / ¿Por qué con humildad no he de quererte, /si en ti fui niño y joven, y en ti arribo, / viejo, a las tristes playas de la muerte?


Domingo Rivero, despoja la palabra de velos, desgarra sus entrañas y logra mostrar un aliento auténtico y personal. Puro, en su más bella desnudez. Yo, a mi cuerpo. Uno de los poemas más justificado de la poesía modernista española. Un modernismo que afirma el poeta tinerfeño Carlos Javier Morales, de emoción interiorizante y depurado.

Con el Homenaje a Domingo Rivero, logra Diego Casimiro desplegar las fuerzas artísticas y la imaginación de los veinte seis pintoras/es, que navegan por los mundos interiores del poeta, siguen su huella, penetran en su universo y reviven la belleza que nos ha dejado en sus gestos, en la memoria de su poesía.

Así han podido concebir lienzos inspirados en la persona del poeta, inspirados en el olor del mar y de los barcos, en el color del paisaje de su tierra. Composiciones íntimas repletas de un misterio lírico que nos atrapa. Retratos que destacan sobre fondos neutros realizados en contornos oscuros muy marcados u otros con bellos contrastes cromáticos.

Coincidencias entre la poesía y el pincel. Óleos, pasteles y acrílicos, texturas pintadas con espátula o pinceles con un tratamiento realista o surrealista, simbolista o vanguardista. 

Con esta Exposición Homenaje a Domingo Rivero han logrado l@s artistas mirar con curiosidad el paso del tiempo, la pureza y la negrura, la virtud y las emociones de un poeta que ya ha cumplido más de ciclo y medio de su nacimiento. Han conseguido que el sentimiento que unía al poeta con el nieto Pepe Rivero siga presente.


Ha alcanzado Diego Casimiro que la Exposición Homenaje a Domingo Rivero esté  tan viva como el corazón del poeta que, gracias  a sus versos, aún late entre nosotros.
Sept. 2017

rosariovalcarcel/facebook.com

miércoles, 13 de septiembre de 2017

JUAN JOSÉ DELGADO,

Por Elsa López

Se ha ido. Poco a poco lo voy perdiendo en esa distancia que va marcando el olvido. Se me borra su rostro lentamente, sobre todo el que hace tiempo dejé de ver por circunstancias ajenas a los dos. Y me vuelve el de entonces, el de hace años, cuando coincidíamos en actos literarios, en conferencias o en jurados de poesía; cuando caminaba algunas veces con él por La Laguna o cuando nos 
encontrábamos en El Ateneo. 


Pocas palabras para hablar de literatura o de su corazón tan cansado a veces. Tan triste. Porque Juan José Delgado era un hombre afable y algo triste o eso me parecía. Yo no era su amiga. Era solo una escritora que lo respetaba y admiraba. Una editora que había puesto en las vitrinas de las librerías un libro suyo de poemas, Un espacio bajo el día, editado por Ediciones La Palma en 1996 dentro de la colección La Caja Literaria de CajaCanarias.

Para mí era eso: unos poemas leídos desde la lejanía y una figura que aparecía y desaparecía de las calles de una hermosa ciudad. Un ser humano al que estimaba por su quehacer y sus pensamientos. Un intelectual apacible, sin estridencias, medido en sus opiniones y con carácter a la hora de defender un criterio. Me gustaba y no podía evitar contemplarlo a través de sus versos. Y cuando él hablaba en alguna reunión a la que yo tenía que asistir, escucharlo era como una reproducción exacta de lo que había encontrado en sus poemas: la cadencia, la armonía, la paciente tonalidad de su voz que era como un susurro, ni alta ni baja, ni dura ni débil. Tajante siempre, segura siempre, como si hubiera meditado cada sílaba antes de pronunciarse igual que hacía con sus poemas. Tan ciertas las unas como los otros. Tan consecuentes los versos con las ideas. “Cada noche te arrancan las techumbres, / así aprendes por el cielo tus probables rutas de mañana. / Y, pasito a paso y en silencio, proseguirás muriendo por el mundo”. 

No. No conviví con él lo necesario como para decir que era mi amigo. Pero si lo suficiente para decir que lo apreciaba de verdad. Me inspiraba tal consideración que no solía abrir mi boca cuando él estaba presente y quizá por eso nunca supo lo que llegué a valorar un análisis suyo a la hora de producirse una situación embarazosa; a la hora de calificar a alguien o a algo; a la hora de regalarnos su sonrisa cuando hablaba de cosas intrascendentes o cuando alguna vez paseamos juntos mientras él y mi santo hablaban sobre sus corazones y las costumbres que sus corazones les obligaban a soportar. ¡Tanta pena y tantas risas!


La Opinión de Tenerife. Martes 12 de septiembre de 2017

lunes, 4 de septiembre de 2017

LOS BÁRBAROS, CUENTO

Nosotros, los bárbaros, vivíamos en las montañas, en cuevas húmedas y oscuras, comiendo bayas, robando huevos de los nidos y apretándonos los unos contra los otros cuando la noche se hacía insufrible. 

Era cierto que, a veces, un trémolo sordo nos llamaba. Temerosos, descendíamos por el bosque hasta ver el camino que habían construido los hombres del poblado, y veíamos las caravanas, los ricos carruajes, los soldados de brillantes corazas. Y era tanto el odio y la envidia y la rabia, que precipitábamos sobre ellos gruesas piedras (eran nuestra única arma) y escapábamos antes de que nos alcanzaran sus dardos.


A veces, en lo más sombrío e intrincado del bosque, aparecían hombres del poblado que gritaban y agitaban los brazos. Se acercaban y nos ofrecían inútiles objetos. Acariciaban a los niños y, con gestos, trataban de enseñarnos alguna cosa, pero eso nos ofendía, y bastaba que uno de los nuestros gruñera para que todos nos abalanzáramos sobre ellos y destrozáramos sus artilugios y los despedazáramos. Los hombres que venían a nuestro encuentro no eran, además, como los soldados; eran infelices que se dejaban atropellar, que lloraban si rompíamos sus cajas de finas hojas llenas de signos apretados. De los soldados salíamos huyendo, pero a aquellos viejos que venían en son de paz podíamos atarlos a los árboles y torturarlos sin peligro. Babeando, danzábamos delante de ellos, les aplicábamos brasas candentes, los ofrecíamos al hambre de nuestras mujeres y de los niños que colgaban de sus pechos.

 Sin embargo, a veces, disciplinados ejércitos de soldados avanzaban geométricamente sobre el bosque. Nosotros chillábamos, les lanzábamos piedras, les mostrábamos las bocas desdentadas con el gesto de amenaza que veíamos poner a los perros,  pero ellos se desplegaban, y capturaban a algunos de los nuestros, y los lanceaban, y los demás sólo podíamos retroceder, adentrarnos más en el bosque, ocultarnos en lo más espeso, en lo más inhóspito de sus profundidades.
Ahora ya casi todo el bosque es suyo. Rebeldes, rabiosos, ascendemos por las montañas mientras ellos extienden sus poblados, sus caminos empedrados, sus obedientes animales. Debemos retirarnos cada vez más, hasta aterirnos de frío en estas cumbres de nieve donde nada vive, donde nada hay que les pueda ser útil. Aquí nos apretamos, diezmados, cada vez más hambrientos, incapaces de comprender cómo son tan hábiles para aplicarse sobre el cuerpo finas pieles, de dónde sacan sus afiladas armas.

En las montañas, luchamos por sobrevivir frente a los osos y la lluvia. Vagamos en busca de comida, aunque cada vez es más difícil evitar a los hombres del poblado, los hombres sabios, los que tanto odiamos.

Ellos creen que no pensamos, pero se equivocan. Bastaría que vieran nuestras uñas rotas de escarbar la tierra, nuestra mirada agria e intolerante, nuestra rabia; bastaría eso para que al fin se dieran cuenta de que también sabemos preguntarnos por qué la victoria ha de ser suya.

Pedro Ugarte (España, 1963) 

Materiales para una expedición, Toledo, Lengua de Trapo, 2002, págs. 27-28

Pedro Ugarte estudió Derecho en la Universidad de Deusto, si bien su trabajo ha estado siempre relacionado con el mundo de la comunicación. Ha escrito poesía, novela, relatos… En la actualidad es Jefe de Prensa en la Universidad del País Vasco. Ha colaborado con Radio Euskadi, en el diario El Correo y en la edición vasca de El País. En 2009 recibió el Premio Julio Camba de Periodismo. Varias de sus obras han sido traducidas al italiano, francés, alemán y polaco.

sábado, 2 de septiembre de 2017

LA METÁFORA DEL MALPAÍS EN LA ISLA DE LA PALMA.


Mi patria: un negro malpaís;
mi flor: una retama.
Beber agua de una fuente,
descansar bajo un pino,
tener la mar que me separa
de todo aquello que no quiero
y que me ata, 
Carlos Pinto Grote


Cuando llegas a la isla de La Palma con lo primero que te  tropiezas es con un paisaje engendrado por los fuegos y moldeado por el mar y por la potente naturaleza de su tierra y de sus volcanes.

Te encuentras con su color verde brillante de sus altos pinares que agasajan la neblina, con el milagro de su luminosidad y de su cielo tan hondo y limpio que sientes el deseo de bañarte en él, como escribió Henry Miller en “El coloso de Marusi” hablando de una de las islas griegas que tienen muchas similitudes con Las Canarias.



Sí, porque La Palma con su mar también añil y su paisaje volcánico logra que nos sintamos fundidos en el alma de sus rincones y en la luz carnosa de aquel dios solar que llamaban Abora. Logra que nos sintamos fundidos en la belleza sencilla de sus casas acunadas con puertas y ventanas de madera, con tejados envejecidos por el gozo de la lluvia, la humedad, el vaho y las brumas que se filtran a través de la vegetación, de esas flores rojas, amarillas o violetas que han pintado la historia de la isla.

Una isla en donde podemos pasar de la realidad al ensueño con facilidad, del cielo enrojecido de los atardeceres al silencio inmóvil de millones de estrellas aún desconocidas. Donde podemos pasar del verde al gris, al color de la ceniza, a los territorios inhóspitos del Malpaís en el que tienes la sensación de transitar espacios deshabitados, de pisar las cicatrices del mundo, de pisar piedras labradas por dioses de otros tiempos.

De pisar ojos tocados de una leve luz de tristeza que recuerdan la soledad, la aridez y la pobreza de antaño, de pisar la nada. Pequeños presagios, lavas y pedregales del siglo XV como los del volcán de Tacande o el de San Antonio del siglo XVII, ocurridos ambos en la Cumbre Vieja y colonizados actualmente por arbustos, palmeras y plataneras fascinantes que crecen frondosas entre las huellas de mis abuelos, entre paredes de bancales y matas rosadas de adelfas.

Entre ese himno calorífico que se transforma en lecho rugoso, en fisuras y rocas de texturas y formas diferentes. En lavas del  volcán de San Juan en el que ya contrasta el verdor de los pinos, cactus y hierbas que afloran por las rendijas grises de la erupción solidificada, por las arrugadas piedras del Malpaís y el rojo de la toba volcánica. Un Malpaís que ya cuenta con una interesante flora y fauna en un mundo que como decía Heráclito se originó en el fuego y terminará en el fuego, en un fuego que, el filósofo griego apuntó que se encenderá con mesura y con mesura se apagará.

Ese fuego venerado en todas las culturas, ese fuego que todo lo quema y del que nacen también las cosas. Ese fuego del cielo que según cuenta la historia bíblica abrasó a las dos ciudades de Sodoma y Gomorra por la maldad y perversión de sus habitantes. Ese fuego como lugar y escarnio en la doctrina cristiana a donde tenían que ir las almas después de muertas. Ese fuego que robó Prometeo a los dioses para regalárselo a los hombres. Esa Troya ardiendo que le dio pie a Homero a componer “La Ilíada”, uno de los libros más importantes de la literatura.

Esos volcanes “continuadores de la creación” como el Teneguía, el más reciente en la isla de San Miguel de La Palma que entró en erupción el año 1971 en el pueblo de Fuencaliente, del que recuerdo haberlo visto junto a mi tío Antonio Valcárcel cuando sus fauces mordieron el cielo y su  lava incandescente descendió poco a poco hasta la costa y con su fuerza generadora amplió el territorio isleño.

Amplió la isla y a lo largo de su recorrido sus fogonazos ardientes y el trémulo fluir de esas lenguas de fuego formaron un Malpaís mudo, ciego, de color negro. Aún hoy desprovisto de vegetación y con rocas que parecen esqueletos de la humanidad. Una metáfora en la penumbra. Una metáfora de nuestra propia existencia.

Una naturaleza que se impone y triunfa sobre las vidas efímeras que la compone,  incluido el ser humano. Un Fuego que me recuerda también al poema “Don Heráclito” del poeta mexicano José Emilio Pacheco:

El reposo del fuego es tomar forma
con su pleno poder de transformarse.
Fuego del aire y soledad del fuego
al incendiar el aire hecho de fuego…   
                    
Un Malpaís que semeja el interior de la tierra. Unos campos de lava que han servido de plató cinematográfico a gran cantidad de cortos y al rodaje de largometrajes de la historia. Un paisaje con profundos barrancos y la Cumbre que cae abruptamente sobre la Caldera. Una costa que te subyuga por la potente resonancia de su mar y por la cantata de las olas. Una isla en la que podemos escuchar los latidos de su corazón, la memoria de sus emociones, la serenidad protectora de su aura.

Una isla, La Palma, que me hace sentir que el tiempo no transcurre y que quizás mi vida podría ser eterna.

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