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martes, 22 de septiembre de 2015

DOMINIK, RELATO ERÓTICO


                                …Siguió por la finca, por las vides invernales, hundiéndose en el áspero
                               picón hasta media pierna…, “La isla y los demonios”, Carmen Laforet

El corcho salto por los aires y las burbujas se balancearon por mi cuerpo, por los muebles, por la mesa, las paredes, por la alfombra. Desde Noé no había visto una inundación parecida.

Aquella tarde Dominik había comprado varias botellas y con mucho cariño las tendió en la nevera, las acarició y las vigiló para que no se enfriaran demasiado. Había descubierto sus matices a tierra ácida y seca.

-Retira el corcho suavemente –le insistí.

Pero no siguió mi consejo. Disfrutó como un chiquillo cuando el tapón saltó, cuando salió disparado como una bala. No podía controlar los sobresaltos de aquella agua maravillosa.
Las chispitas me salpicaban, me hacían reír, los vapores me seducían con un poder irresistible, se volatilizaban igual que un reflujo de aguas escondidas. Y de pronto pronunció las palabras rituales:

-! Por nosotros!

Las gotas palpitaban luminosas, pálidas pero sonrientes. Nuestros labios expresaron leves movimientos,  yo los sentía mojados, resbaladizos. Él me aseguró que aquellas moléculas de oro eran milagrosas.
-¿Qué quieres decir? –le pregunté.

-¿No sientes algo especial? –añadió.

No sabía qué decirle. Mi cabeza empezó a darme vueltas igual que si me estuviese probando dieciocho veces un mismo sombrero. Volvimos a brindar.

¡Por nosotros!

 Mi mujer acababa de tener un hijo. La familia, los amigos, mi bebé y la algarabía me desbordaron. Me aconsejaron un psicólogo, una terapia de grupo. Me convertí en una isla rodeada de olas impulsivas. Prepare mi equipaje y me escapé a una casa rural.

Aquella tarde la chimenea de mi dormitorio funcionaba mal. El humo estaba reacio a emprender su viaje definitivo. Parecía un desfile de espíritus. Entonces llamé a Dominik, él era el encargado de la casa. Solucionó el problema. 

Después se lavó las manos en el baño y desde fuera escuché el murmullo que producía el chorro del agua abierto.

Aquel rumor me traslado a mi infancia en el pueblo, al sonido de cuando Manuel y yo nos bañábamos en el estanque de su tío. El sol cegaba mis ojos. Nos tropezábamos el uno con el otro. Yo encogía el cuerpo, tomaba buches de agua; estaba tibia. Nos convertíamos en Narcisos, nos chingábamos, separábamos las piernas, nos rozábamos los muslos pero cuando intentaba besar aquellos labios incitantes, se desvanecía entre ondas fantasmales.

Debajo del charco se sacudían imágenes abultadas en blanco y negro, manoseos, tacto afelpado. Se adivinaban nuestros vellos desgreñados, magnéticos. Nuestros genitales y un semen turbio.
Éramos unos chiquillos.

Mientras estaba en esos pensamientos fue cuando escuché a Dominik. Fue cuando pronuncio las palabras rituales:

-! Por nosotros!

Al acercarse noté una violenta agitación agradable, el olor de su cuerpo, la esencia del néctar. Me dejé arrastrar por aquella corriente, me asome a la vida. Es curioso nunca fui vulnerable a los encantos de un hombre. La energía crecía; embriagado de placer acerqué mis labios a los suyos, sentí el anhelo de besarlo. La sensación fría de la bebida y el calor de su lengua me hicieron perder la razón. Él abrió su boca sedienta y nuestros dientes chocaron, nos mordimos la lengua, nos enredamos en los jugos de la fruta madura. Lo noté ansioso desorientado. Fingió poner reparos. Se despidió.

-No te vayas, quédate conmigo, confía en mí.

Me miró con recelo pero obedeció. Necesitaba poseerlo, estaba dispuesto a retenerlo como fuera. Tomé la palma de su mano y la deje deslizarse por mi camisa, mientras acercaba mis dedos a su entrepierna. Se estremeció.

-Nadie puede ver lo que estamos haciendo.

Tropecé con su slip y noté esa resbaladiza sensación que se iba dilatando, creciendo. Ninguno de los dos nos movimos. Cada uno esperaba que el otro activase aquella bomba. Ese placer  desconocido. No se asustó, de sobra sabía que esa era la forma en que ocurren las  cosas. Me escondí entre sus  brazos, en mi arresto. Lo note empapado en sudor frío. Nunca había sentido las caricias de un hombre.

-Todo va bien -le dije en tono cariñoso.

El lirismo de la uva fue irresistible, tanto que pegado a mí meneaba el resbaladizo culo en frenético abandono. Cataba más sorbos y los retenía entre mi lengua, entre mis encías. Pensé en su tiempo de gestación, en el silencio. Pensé qué quizás él y yo estábamos hechos del mismo material.

Yo llevaba casado tres años y estaba enamorado de Julieta. Pero aquella noche Dominik y yo hicimos resurgir esas partes oscuras de uno mismo, nos volvimos a fundir con mucha fuerza y como si hubiese terminado una guerra y tuviésemos hambre sexual de años, derramé todos mis flujos, escuché el  silencio tras los espasmos musculares, entre las pasiones del corazón humano.

Sentí sed y las burbujas se balancearon por mi cuerpo.

Foto: bajada de Internet.

facebook/rosariovalcarcel/escritora


viernes, 1 de junio de 2012

Manfred, el inquilino



El demonio a mi lado acecha en tentaciones como un aire impalpable lo siento en torno mío; lo respiro, lo siento quemando mis pulmones de un culpable deseo con que, en vano porfío. Baudelaire




Existía en la antigua China un emperador llamado Ming Hwang que concedía a las mariposas el derecho a escogerles los amores a las jovencitas.

Yo ese derecho no se lo concedería a nadie, ni siquiera a unas bellas mariposas. Pero tropecé con mi madre, a la que le encantaba hacer el papel de Celestina y quería a toda costa encontrarme un novio, casarme de nuevo.  

-Mi hija, tienes que buscarte a alguien, rehacer tu vida. No olvides que muy pronto cumplirás los cincuenta. Necesitas un nuevo matrimonio. No quiero irme y dejarte sola. 

Supervisaba mis papeles, revolvía mi bolso, curioseaba en mi agenda. Organizaba mi vida con sus tejemanejes. Yo no quería volver a compartir mi vida con un hombre. Todos quieren las mismas cosas, los mismos sacrificios.

Pero un día ocurrió algo que a ella le vino como anillo al dedo y no perdió la oportunidad.

-Tienes que ir allá, porque ese hombre no para de quejarse.

-¿Qué le pasa ahora a tu inquilino?

-Dice que tiene humedades en la casa y que tenemos que arreglarlas.

Y aunque me chiflaba ir a La Palma traté de disuadirla, puse objeciones. No estaba animada. Pero insistió e insistió y recurrió a lo mejor que se le da, que es dar órdenes y organizar la vida de los demás.

Cogí el primer vuelo del sábado con destino a la Isla Bonita.

Manfred no era una persona de las que pasan desapercibidas. Era alto, delgado, blancuzco, con ojos azules y una boca muy provocativa, tendría apenas treinta años. Aquel día me recordó a Troy Donahue, aquel protagonista de la película Parrish. Una película que causó estragos en los años sesenta y que mi madre aún seguía viendo y suspirando. ¡Cuánto le gustaba vivir de sus nostalgias! Compartirlas conmigo. Disfrutar de la misma película una y otra vez. 

Nuestro inquilino era el clásico alemán, loco por investigar las especies botánicas de la isla y estaba tan entretenido con su trabajo que se había resignado a vivir con las excusas que le había puesto mi madre para demorar los arreglos. Había trasladado la cama, las sillas, una pila de libros, un aparato de música y macetas con plantas verdes a la única habitación donde no había goteras. La casa olía a humedad y a tierra mojada.

-Después de las lluvias esto se ha puesto muy mal y le agradezco el esfuerzo que ha hecho, el venir hasta aquí para ayudarme.

Su español era bastante bueno y hablaba correcto y con dulzura. No me quedó más remedio que darle la razón a pesar de que la reparación iba a ser costosa y estábamos en plena cuesta de enero.

Lo puse en contacto con albañiles y fontaneros y quedé en abonarle el importe de los arreglos. Entonces agradecido me invitó a cenar, presentía que no debía aceptar pero como él insistió… Además debo confesar que -aunque las emociones se endurecen con los años- mientras él me hablaba sentí una violenta agitación y una sensación de fiebre en mis mejillas.

No lo pensé. Llevaba dentro las voces de mi madre, esas voces que me alentaban a soltarme el pelo. Cambié mi vuelo que salía aquella misma noche por otro para el día siguiente.

-Está bien, acepto.

Y me llevó a Tazacorte, “a un lugar más cálido y acogedor”, eso dijo. Por un momento pensé que igual en cualquier momento dejaría nuestra casa para irse a vivir a la costa. Pero me tranquilizó cuando me explicó que le gustaba El “Paso” por su proximidad a la masa boscosa, por sus petroglifos guanches, por la Caldera de Taburiente…

-¡Por la amistad! -brindó juguetón, mirándome con avidez, mientras levantaba una copa de vino en un restaurante que estaba ubicado justo en la orilla del mar.

Desprendía tanta fuerza, tanto magnetismo que me sentí segura con él y como si fuese una colegiala mi corazón empezó a latir. Nunca había experimentado esa sensación con ningún otro… Pero me dio miedo, apenas lo conocía y no quería que pensara que era una conquista fácil. Sabía que algunas veces las amistades duran el tiempo de beberse una botella juntos. Además había salido de una relación negativa y mi gran temor es que me ocurriera lo mismo.

Así que sobrevolé la escena que estaba viviendo y desvié su mirada.

Durante un rato contemplé el juego de las olas, el eterno flujo que sube y baja como un escarceo sexual. Necesitaba protegerme. Me volví mística.

Pero él no paraba de hablar, era muy dicharachero y yo estaba tan hechizada con su presencia que pensé que igual sabía amar con locura. Devoré la cena y bebí y bebí de aquel vino tibio con sabor a tea, cuando de pronto rozó su mano con la mía, mientras me proponía que fuéramos a su casa para escuchar música. Me estremecí.

Había sido un día intenso y por un momento mi vida era intensa. No sabía que decirle, indecisa y nerviosa sentí que me estrechaba entre sus brazos con una emoción particular. Y sentí cómo su mano subía a mi cuello, cómo acariciaba mis pechos lentamente, cómo su mano bajaba a mi sexo. No fui capaz de negar su propuesta.

Además no quería malograr la pasión, no quería que el momento se estropeara por la timidez, ni por culpa de los fracasos y de los miedos que me habían inculcado en mi adolescencia. 

Mi cuerpo ardía de deseo y disfrutaba sabiéndome deseada. Me complacía que los ojos de Manfred no se apartaran de mi cuerpo.

Pero por razones que no entendía, no podía hacerlo.

Pintura: Inés Melado, Fotografía: Andrés Brito