Entre humo de café y luces de gas, todo transcurría como si el tiempo hubiera dejado de avanzar, sin que nadie lo considerara extraño.
—Madrid siempre ha sido así —murmuró Galdós, removiendo el café con lentitud. —Una ciudad donde caben todas las épocas, si uno sabe mirar.
Emilia Pardo Bazán sonrió, apoyando el abanico sobre la mesa.
—O si uno sabe escribirlas, don Benito, que no es lo mismo.
—Ni falta que hace, para eso estamos los críticos—, intervino Leopoldo Alas.
—¡Ay, Clarín!—, siempre te encuentras dispuesto a pinchar globos ajenos.
sonrió con sorna Campoamor.
En una mesa contigua, un grupo más joven observaba la conversación con fascinación.
—¿De verdad estamos viendo esto?— Habló con la voz más alta de la cuenta, Alexis Ravelo.
—Calla y escucha le advirtió Luis con sólo mirarlo— , la situación valía más que cualquier crónica.
Alberto Vázquez-Figueroa, con gesto curioso, se inclinó hacia adelante.
—Me interesa lo que dicen de Madrid, pero yo la veo como un puerto sin mar. Un ir y venir continuo, un lugar de partidas y regresos.
—O que regresan y parten—, expresó con ese humor surrealista que tiene Isabel Guerra.
—Y de política—, añadió Emilio Castelar, que acababa de incorporarse con solemnidad. —No olvidemos que aquí se decide el destino de muchos.
—O se complica—, replicó Sagasta, con una sonrisa.
Cánovas del Castillo, desde el otro extremo, alzó una ceja al igual que Isabel Guerra. Con ese gesto parecía haber quedado todo dicho, pero una voz de mujer replicó.
—La política, señores, no es una complicación, es arquitectura.
—Arquitectura sobre arena—, intervino Galdós —Y yo, como novelista, doy fe de ello.
—Y nosotros lo sufrimos—, dijo otra vez aquella voz firme que había hablado hacía unos instantes.
Todos giraron la cabeza: era Josefina de la Torre: elegante, serena.
—Porque mientras ustedes siguen enredados en sus discusiones y pequeñas vivencias, la vida sigue y la literatura también: expresando lo íntimo, lo histórico.
—Bien dicho, el deseo, la memoria, el amor, lo ocultó, las pasiones. También son materia narrativa—, añadió Rosario Valcárcel.
Algunos de ellos observaban asombrados mientras un sudor frío corría por sus cuerpos.
Saulo Torón, con aire pensativo dijo: —Y la poesía lo envuelve todo, incluso este imposible encuentro.
—Imposible no, necesario— dijo con rotundidad Pedro Lezcano —Las ideas no entienden de calendarios. Momento en el que la guiense asintió moviendo la cabeza.
—Ni de fronteras— apuntó Vázquez-Figueroa —¿No creen?
—Ni de géneros— añadió Emilia, mirando con complicidad a Rosario Valcárcel
En ese momento, un camarero dejó más tazas sobre la mesa, como si supiera que la noche sería larga.
—Díganme— preguntó Galdós, mirando a los más jóvenes—, ¿de qué escriben ahora?
Ravelo, quizá por su juventud dudó un instante.
—De lo mismo que usted, en el fondo de gente que lucha, que pierde, que intenta entender su lugar en el mundo. Galdós e Isabel Guerra asintieron pausadamente.
—Entonces no hemos cambiado tanto.
—Sí hemos cambiado—, intervino Clarín —Ahora hay más ruido.
—Y más voces—, añadió Josefina.
—Y más libertad—, dijo Giner de los Ríos desde el fondo con tranquilidad.
Se hizo un breve silencio.
—¿Y eso es bueno?—, preguntó Galdós. —¿Quizá?—, señaló Rosario, mientras dejaba la cucharilla sobre el plato.
—Eso depende de lo que hagamos—, expresó el palmero, Luis.
Fuera, Madrid seguía su curso.
Dentro, el tiempo se había detenido lo justo para que todos entendieran algo esencial: que tanto la literatura, como la conversación, es un puente, que siempre se acaba construyendo.





