EL ECLIPSE DEL 59 EN CANARIAS
miércoles, 12 de agosto de 2026
EL ECLIPSE DEL 59 EN CANARIAS
EL ECLIPSE DEL 59 EN CANARIAS
domingo, 12 de julio de 2026
CUARENTA Y SEIS AÑOS DESPUÉS
Desde tiempo inmemorial, por Galicia circula un dicho según el cual, mientras Vigo trabaja, Pontevedra duerme, Santiago reza y La Coruña se divierte. Es la tercera CCAA de España con más kilómetros de costa, lo que unido a las dieciocho rías, contabilizando las altas y las bajas, otorga un estrecho contacto con el mar. Tierra y mar están “amarraditos”, que cantaba María Dolores Pradera, en un contexto diferente.
Un mar de nubes y claros nos acompaña en la aproximación al aeropuerto de Alvedro, con la vista puesta en la ría que da acceso a la ciudad, en cuyo margen se aglomeran un grupo de casas terreras de una planta, antaño morada de madres coraje, atendiendo hij@s junto al cuidado de animales y un pequeño terreno de labranza, cuando a mediados del pasado siglo, la emigración encumbró a la morriña en el recuerdo. Tenho morriña, tenho saudade, porque estou lonxe de eses teus lares, cantaba Julio Iglesias. Vestigios de un tiempo pasado que tanto ha marcado al noble pueblo gallego, tan accesible, amable y servicial con el turista como acogedor con los emigrantes. Y así pasinho a pasinho, desde el tren de Andrés Dobarro, canción pegadiza de los comienzos del género Pop, allá en los lejanos años 60 del pasado siglo, fue evolucionando hacia lo que hoy constituye la Galicia actual.
Galicia es cuna de gente emprendedora con modistos con proyección internacional como Adolfo Domínguez, Roberto Verino, Purificación García, y más recientemente, Bimba y Lola…, sobrinas de Adolfo Dominguez, quien divulgó aquello de “la arruga es bella”. Pero también del empresario coruñés, Amancio Ortega, quien fija su residencia, cerrada a cal y canto, frente al muelle deportivo de la Coruña donde cuentan, suele ir a tomar café.
El frente marítimo se extiende desde la playa de Riazor y su homónima contigua, la de Arzón, subiendo hacia los confines de la carretera en pendiente, que lleva hacia la Torre de Hércules, colindando con el Océano Atlántico, tras un pequeño desvío, allí donde el alcance de la vista, se pierde en el horizonte, mientras la brisa marina te acaricia la cara. Algo más hacia arriba, la coqueta playa de Las Lapas, recogida en una pequeña ensenada, culminando un agradable paseo tras el cual haciendo un giro de noventa grados se inicia el regreso hacia la otra cara de la costa, hasta alcanzar el Muelle Deportivo. Como isleño, es quizá, el mayor atractivo de la ciudad, junto con el casco antiguo donde destacan algunas edificaciones del gótico tardío, al igual que sucede con Betanzos, así como la casa en la que vivió Emilia Pardo Bazán, referente iniciático del feminismo y con quien Benito Pérez Galdós, mantuvo una relación.
El antiguo barrio marinero, provisto de calles estrechas para impedir el paso de las tropas inglesas, según nos contó un lugareño, y a quienes se enfrentó con valentía, María Pita, la Agustina de Aragón gallega, quien da nombre a la plaza principal de la ciudad, junto a la zona comercial y de restauración, en la calle Real y el teatro Rosalía de Castro, son un referente turístico de la ciudad, como las edificaciones modernistas, desde el llamado Cantón Largo, siguiendo el camino con la vista puesta en el Parque La Mina y la enorme lonja de pescado..
La “Praza de Pontevedra”, centro álgido, acoge el transporte urbano a precio muy razonable, que transita hasta la parte más alta de A Coruña, pasando por la zona de Juan Flores y la zona comercial de Cuatro Caminos, próxima a la estación de autobuses interurbanos, incluidas salidas internacionales, pasando por la Ronda de Outeiro, habitada mayormente por clase trabajadora, hasta las estribaciones más altas en la Avda de Arteixo, donde se ubica el Centro Comercial más popular de la ciudad y otros establecimientos en una zona actualmente en desarrollo.
A Santiago de Compostela, llegamos caminando desde la remozada estación de guaguas y trenes, ubicada tras una ardua pendiente, hasta alcanzar el pueblo que precede al casco histórico, en el que destaca un inmenso parque. Ya en el old town, accedemos hasta la Plaza del Obradoiro con su imponente catedral, dotada de una mezcolanza de estilos arquitectónicos, desde el románico, pasando por el gótico y barroco, este último con mayor predominancia, a través de un enjambre de calles estrechas y empedradas, desde las que se respira el devenir del tiempo. Santiago hace años que está de moda; afectada por el boom turístico con abundancia de restaurantes -para guiris- en terrazas con mesas agolpadas unas contra las otras donde se puede disfrutar de las bondades de la gastronomía gallega, en raciones poco generosas, si atendemos a que el pulpo, viene a ser el equivalente de las papas arrugás canarias, servido en plato grande, aunque más apto para el de postre, con los efluvios vecinos del caldo gallego, mientras apuras los pimientos de Padrón, una golosina nunca deleznable. La vida puede ser maravillosa, parafraseando al gran Andrés Montes con quien la vida que tanto amaba, fue injusta, cuando tanto le quedaba por ofrecernos, mientras asistes al enorme trasiego de gente, entre peregrinos y turistas, amenizada con músicos urbanos. Abundancia de boutiques con merchandising religioso y/o propio del lugar, donde suele estar presente la Santiaguiña, como también se le conoce, o tarta de Santiago. La ofrecen en la calle, por lo que antes de decidirte, tienes la posibilidad por un precio que oscila entre los 12 y los 18 euros, de elegir la que más se adapte a tu gusto. Y así, completamos una visita provechosa
Anduriña, en la voz de Juan Pardo, ya no tendría que salir de su pueblo en la búsqueda de una mejor vida. La Galicia actual, es una comunidad emergente, que mira al futuro con optimismo, alejada de la saudade, esa morriña a la que Rosalía de Castro hacía mención en su segundo libro de Follas Novas: “una adiós a todos que se van da terra, e outros que chegan cheos de miseria”.
Pedro J. Valcárcel. Julio 2026.
domingo, 5 de julio de 2026
“Vergüenza Póstuma”, por Aurelio V. Lorenzo Casimiro.
Siempre he dicho que mi cabeza
no anda demasiado fina. Los años, los golpes y las cicatrices que uno acumula
en el cráneo y en el alma tienen esas cosas. Sin embargo, para ciertas
cuestiones nunca hizo falta ser un sabio. Bastaba con tener ojos, oídos y la
costumbre de pensar.
Recuerdo un tiempo que, para
ser sincero, no sé cuándo empezó ni cuándo tendrá a bien terminar. En donde las
instituciones públicas de un mencionado país todo funcionaba a imagen y
semejanza de quienes las ocupaban.
Pasando el tiempo llegaron
otros nuevos mandatarios, con nuevas palabras, ideas, promesas y un nuevo
sistema llamado Democracia.
—¡Ahora si que esto va a
funcionar! —decían todos.
Y funcionaba, pero de aquella
manera, tan de aquella manera que, para muchos, vivir se convirtió en una
actividad de riesgo moderado.
Con los años observé algo
curioso. En aquellas instituciones se perdían muchas cosas: no desaparecían los
edificios, tampoco los cuadros que colgaban de los lujosos pasillos, ni los
expedientes, ni siquiera las macetas que adornaban las esquinas con una
resignación vegetal digna de estudio. Lo que se perdía era otra cosa: La
vergüenza.
Aunque lo más extraordinario
era que nadie parecía denunciar su desaparición.
Una mañana, mientras aguardaba
turno en una dependencia oficial cuyo nombre no viene al caso porque todas se
parecían bastante, escuché una conversación detrás de una puerta entreabierta.
—¿Y qué hacemos con el
expediente del señor Benítez? —preguntó una voz.
—¿Qué Benítez?
—El escritor.
—¿Está vivo?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
—Entonces no hay prisa.
—Pero lleva cuarenta años
promoviendo la cultura de esta ciudad por cualquier lugar.
—¡Precisamente! Si esperamos un
poco más, parecerá que lo hemos descubierto nosotros.
Aquella respuesta fue recibida
con un murmullo de aprobación. Yo seguí esperando mi turno. Y ellos siguieron
esperando que el escritor falleciera. Pude comprobar que era una tradición de
arraigo.
En aquel país existía una
extraña costumbre. Cuando alguien dedicaba su vida al servicio de la sociedad,
las instituciones desarrollaban una paciencia admirable. Esperaban veinte años,
treinta, cincuenta. A veces un siglo. Solo entonces llegaban las placas, los
homenajes, las medallas, los reconocimientos en forma de nombre a
polideportivos o calles; eran como el buen vino según el gobernante de turno,
aunque yo siempre sospeché que se parecía más al pescado olvidado en una
despensa.
Un día, decidido a comprender
aquel fenómeno, asistí a una reunión pública que era presidida por un
gobernador sonriente que acababa de anunciar la concesión del título de Hijo
Predilecto a un ciudadano fallecido hacía varias décadas.
La sala estalló en aplausos.
—Una deuda histórica —declaró
solemnemente el gobernador.
Yo levanté la mano.
—Perdone vuestra excelencia.
—Diga.
—¿Y por qué no le concedieron
el honor cuando estaba vivo?
La sonrisa del gobernador
sufrió una ligera avería.
—Porque entonces las
circunstancias eran distintas.
—¿Qué circunstancias? Comentó
don Indalecio.
—Bueno… —en eso se quedó; en el
“bueno”, no supo cómo regatear la pregunta.
—¿Estaba demasiado vivo quizá?,
dijo con una sonrisa.
La sala quedó en silencio y
algunos intentaron contener las carcajadas, otros fingieron consultar
documentos imaginarios y mientras, el gobernador carraspeó.
—Lo importante es que hoy se
hace justicia.
—Curiosa justicia la que llega
cuando el interesado ya no puede agradecerla ni protestar por la tardanza
—respondió.
—Las preguntas no figuran en el
orden del día —comentó doña Alicia, encargada del protocolo.
A partir de entonces comencé a
fijarme más y descubrí que el mecanismo era siempre parecido. Primero se
ignoraba al personaje, para más tarde sacarlo a la palestra. Después se
organizaba un acto solemne para proclamar que había sido imprescindible y,
entre discurso y discurso aparecía inevitablemente la frase mágica:
—Todo esto ha sido posible
gracias a nosotros.
Aquella expresión era
fascinante; parecía capaz de atribuir méritos retrospectivos con una facilidad
sobrenatural.
Si un científico había
realizado una aportación extraordinaria hacía medio siglo, era gracias a ellos.
Si un artista había engrandecido la ciudad durante toda una vida, era gracias a
ellos. Y si un vecino distinguido había llevado el nombre del pueblo por el
mundo, también era gracias a ellos. Por lo que pronto sospeché que, de haber
podido, se habrían atribuido incluso la salida del sol.
Una tarde compartí mis
conclusiones con Expedito, un jubilado profesional que llevaba treinta años
retirado y cuarenta observando la vida desde un banco de la plaza.
—¿Sabes lo que pasa?— me dijo.
—No.
—Que reconocer a alguien en
vida tiene un inconveniente.
—¿Cuál?
—Que puede hablar.
Aquella explicación resolvió
más dudas que cien informes oficiales. Los muertos poseen una virtud muy
apreciada por determinadas administraciones. No contradicen los discursos, no
corrigen los errores, no recuerdan quién les cerró las puertas. Y sobre todo no
comparecen ante la prensa. Desde entonces comprendí que aquellas instituciones
funcionaban de una manera peculiar. Los asuntos que exigían cabeza se resolvían
con los pies, las decisiones que requerían memoria se tomaban desde el olvido.
Y los homenajes que debían nacer de la gratitud acababan naciendo de la
conveniencia. Lo extraordinario era que el sistema sobrevivía a todos los
cambios.
Y aunque entraban unos y salían
otros, sólo cambiaban los retratos, los colores, los eslóganes, pero la
maquinaria permanecía intacta. Como esas viejas campanas que siguen sonando
aunque se sustituya al campanero.
A veces me pregunto si algún
día alguien propondrá una medida revolucionaria para reconocer los méritos
cuando aún puedan disfrutarse, agradecer antes del entierro y honrar antes del
mármol. Pero inmediatamente recuerdo que ya soy viejo y que en cuestiones
institucionales la imaginación suele considerarse una peligrosa extravagancia.
Por eso, mientras observo otras ceremonias de homenajes tardíos, no puedo
evitar acordarme de mi bisabuela Maye, que desde su humilde casa del barrio
marinero resumía verdades complejas con admirable precisión. No aprendió en las
aulas, sino en la escuela de la vida, y los cien años que alcanzó a vivir daban
autoridad a cada una de sus
—Hijo hay cosas que hasta un
ciego puede ver.
Y, francamente, sospecho que
ésta era una de ellas.
miércoles, 27 de mayo de 2026
LIBRO: HIMNO A LA VIDA , ROSARIO VALCÁRCEL, en el 6 Festival de Poesía Nichita Stánescu
En el 6 Festival de Poesía Nichita Stánescu (Getafe Madrid Medellín Bucarest)
En la obra de Rosario Valcárcel hay un equilibrio y una naturaleza caprichosa, rebelde, sensible y marcada por el calor humano, que nos atrae con intuición a sus impulsos donde quiere expresar, plasmar, decir todo el erotismo, la sensualidad, lo físico y lo palpable, sus pasiones e inquietudes en una obra plena, intensa, exacta, nos dice en su poema "Adiós a la Elegía" en un fragmento al principio del poema que dice así:
Como las almas que se debaten
en la Barcaza de Caronte,
acuné el destino.
Ansiaba retornar
al origen, a la gota de agua.
Enterrarme en el seno fecundo.
El sentimiento es esencial, llama al hambre, a la sed como tributo, la entrada total y el deseo sin reservas de ninguna clase como nos dice en el poema "Cada Vez que te pienso" en una de sus estrofas casi al final:
Sentir el rayo de tu cuerpo, la lujuria
que germina
bajo nuestro aliento.
Los íntimos detalles, el fluir erótico, los matices sinuosos con todas esas sugerencias que nos llevan al deseo, a la necesidad del goce, nada de concesiones, allí está lo esencial, la pasión vital, los arrebatos junto a la expresión más íntima, transgresión sin tabús, es imposible aislar ninguno de sus componentes, complejidad en la cual vibra la vida, les dejo con Rosario Valcárcel con su libro "Himno a la Vida" bilingüe rumano y español, para que nos hable sin la menor dilación de la carne, el espíritu y nos lea alguno de sus poemas, donde sin más especulaciones nos llevará más allá de su conexión emocional, un fuerte aplauso.
jueves, 14 de mayo de 2026
CAFÉ DE ÉPOCAS, por Aurelio V. Lorenzo
Entre humo de café y luces de gas, todo transcurría como si el tiempo hubiera dejado de avanzar, sin que nadie lo considerara extraño.
—Madrid siempre ha sido así —murmuró Galdós, removiendo el café con lentitud. —Una ciudad donde caben todas las épocas, si uno sabe mirar.
Emilia Pardo Bazán sonrió, apoyando el abanico sobre la mesa.
—O si uno sabe escribirlas, don Benito, que no es lo mismo.
—Ni falta que hace, para eso estamos los críticos—, intervino Leopoldo Alas.
—¡Ay, Clarín!—, siempre te encuentras dispuesto a pinchar globos ajenos.
sonrió con sorna Campoamor.
En una mesa contigua, un grupo más joven observaba la conversación con fascinación.
—¿De verdad estamos viendo esto?— Habló con la voz más alta de la cuenta, Alexis Ravelo.
—Calla y escucha le advirtió Luis con sólo mirarlo— , la situación valía más que cualquier crónica.
Alberto Vázquez-Figueroa, con gesto curioso, se inclinó hacia adelante.
—Me interesa lo que dicen de Madrid, pero yo la veo como un puerto sin mar. Un ir y venir continuo, un lugar de partidas y regresos.
—O que regresan y parten—, expresó con ese humor surrealista que tiene Isabel Guerra.
—Y de política—, añadió Emilio Castelar, que acababa de incorporarse con solemnidad. —No olvidemos que aquí se decide el destino de muchos.
—O se complica—, replicó Sagasta, con una sonrisa.
Cánovas del Castillo, desde el otro extremo, alzó una ceja al igual que Isabel Guerra. Con ese gesto parecía haber quedado todo dicho, pero una voz de mujer replicó.
—La política, señores, no es una complicación, es arquitectura.
—Arquitectura sobre arena—, intervino Galdós —Y yo, como novelista, doy fe de ello.
—Y nosotros lo sufrimos—, dijo otra vez aquella voz firme que había hablado hacía unos instantes.
Todos giraron la cabeza: era Josefina de la Torre: elegante, serena.
—Porque mientras ustedes siguen enredados en sus discusiones y pequeñas vivencias, la vida sigue y la literatura también: expresando lo íntimo, lo histórico.
—Bien dicho, el deseo, la memoria, el amor, lo ocultó, las pasiones. También son materia narrativa—, añadió Rosario Valcárcel.
Algunos de ellos observaban asombrados mientras un sudor frío corría por sus cuerpos.
Saulo Torón, con aire pensativo dijo: —Y la poesía lo envuelve todo, incluso este imposible encuentro.
—Imposible no, necesario— dijo con rotundidad Pedro Lezcano —Las ideas no entienden de calendarios. Momento en el que la guiense asintió moviendo la cabeza.
—Ni de fronteras— apuntó Vázquez-Figueroa —¿No creen?
—Ni de géneros— añadió Emilia, mirando con complicidad a Rosario Valcárcel
En ese momento, un camarero dejó más tazas sobre la mesa, como si supiera que la noche sería larga.
—Díganme— preguntó Galdós, mirando a los más jóvenes—, ¿de qué escriben ahora?
Ravelo, quizá por su juventud dudó un instante.
—De lo mismo que usted, en el fondo de gente que lucha, que pierde, que intenta entender su lugar en el mundo. Galdós e Isabel Guerra asintieron pausadamente.
—Entonces no hemos cambiado tanto.
—Sí hemos cambiado—, intervino Clarín —Ahora hay más ruido.
—Y más voces—, añadió Josefina.
—Y más libertad—, dijo Giner de los Ríos desde el fondo con tranquilidad.
Se hizo un breve silencio.
—¿Y eso es bueno?—, preguntó Galdós. —¿Quizá?—, señaló Rosario, mientras dejaba la cucharilla sobre el plato.
—Eso depende de lo que hagamos—, expresó el palmero, Luis.
Fuera, Madrid seguía su curso.
Dentro, el tiempo se había detenido lo justo para que todos entendieran algo esencial: que tanto la literatura, como la conversación, es un puente, que siempre se acaba construyendo.
viernes, 24 de abril de 2026
El niño pecoso que intentó aprender a ser grande, María del Carmen Rodríguez
El pasado día 31 de marzo María
del Carmen Rodríguez, presentó en el Gabinete Literario su nuevo libro El niño
pecoso que intentó aprender a ser grande. Homenaje a Sebastián Torres Sánchez.
Cuando veas mi cuerpo
tendido de cansancio
y no sientas mis pulmones
ya respirar.
Deja que mi alma
descanse en el Fondo del mar
y mi espíritu vuele
por el espacio.
Ese hombre que escribía así,
ese hombre que hablaba del descanso en el fondo del mar, como quien lo ha
esperado toda la vida… fue un niño. Un niño pecoso. Un niño que intentó ser
alguien, que quería aprender. Y quizás lo hacía como un mecanismo de acción, de
no querer caer en la pobreza, de mantenerse al margen de su infortunio.
Yo conocí a Chanito en las
veladas de Susi Arencibia, y siempre lo vi ensimismado con la poesía en la que
se internaba con facilidad y se mostraba suelto, hábil sobre diversos asuntos,
junto a su esposa María del Carmen Rodríguez, quien, después de publicar siete
libros, nos presenta un texto confesional, un libro en el que la pobreza,
generosidad y resistencia los convierte en hilos narrativos donde late una
emoción verdadera.
Sí, porque Menchu sabe que no hay
otra patria que la infancia. Y esa patria, en este caso, no son una serie de
lugares, sino recuerdos, tiempos idos que recupera, los escenifica y le hace un
homenaje a un ser grande, que fue su marido. Sebastián Torres Sánchez.
Una historia en la que la autora
se demora en los pequeños detalles, en la descripción del proceso creativo, y
lo hace sin melancolía, sin abatimiento que las ha dejado atrás, prefiere el
entusiasmo, la alegría y sobre todo la constancia. Se detiene en ese ser de destino
incierto, inmerso en una vida complicada, en la ternura, el sacrificio y el
dolor. Afrontando las cosas buenas y las malas de aquel pasado.
Nos relata Menchu, la vida de
Seba, que nace en Lomo Magullo, en Telde, Gran Canaria, en una familia
solidaria, religiosa, con pocos recursos económicos, donde los niños aprendían
demasiado pronto a callar, a ayudar, a sostener. A asumir responsabilidades de
adulto. Una familia que Trabaja. Lucha. Sueña.
Y nos cuenta a modo de
biografía, la historia, la existencia, y los pormenores de su marido. Cómo fue
su vida, en aquella postguerra pobre para muchos, las vivencias, la
cotidianidad, el día a día. Recrea ese desarraigo que nace de la conciencia, de
la mortalidad, más evidente tras el encuentro de la muerte temprana de su
madre. Pero él se propone hacer de su vida un lugar amable. Así colaboró con la
casa, descubrió cosas que nunca había sabido, cosas que no hubiese aprendido en
ninguna otra circunstancia, pero pese a todas las desdichas que se
desencadenaron. Lo cierto es que fue un enamorado del arte y muy especialmente
de la música, de las letras y los libros y que su bondad, generosidad y el
destino lo salvó.
Seba fue un trabajador, serio,
un hombre correcto. Salió de su casa con su tío para empezar una nueva vida en
una fonda, una vida sacrificada, una vida de mucho trabajo, pero en libertad y
dignidad. Más tarde, los derroteros laborales de Menchu y Chanito los llevaron
a Schamann, allí, juntos abrieron varias tiendas, distintas, vendían artículos
de regalos, ropa de boutique, juguetería. Y durante unos años ella vivió
caminos ajenos a la cultura, vivió pegada al escaparate hasta que un día
comenzó a cultivar el relato, la novela. Él se entregó a la poesía. Una
actividad que se convirtió en una indagación estética sobre el ser humano.
Cierra mis ojos
suave y despacio
y sella mi frente
con un cálido beso
deja en la estancia
una luz encendida
que alumbre el camino
de la otra Vida
pues de este me voy
y no regreso.
Como vemos en el poema de
Chanito, fue un poeta que mira de frente, incluso a la muerte, con una
naturalidad que impresiona, emociona, estremece. Es la voz última del
protagonista. Cada verso marca su despedida consciente. Su entrega serena.
El niño pecoso que intentó
aprender a ser alguien, es una novela humana, intensa, real y recomendable. Una
novela que supone una epifanía, el encuentro definitivo con el recuerdo, con el
lenguaje, que acaba siendo una forma de estar en el mundo, donde el valor de la
memoria y lo dramático, están presentes como un susurro que se respira como
fuente de sentimiento y como fuente de amor.
Participaron también en esta
entrañable presentación, la hija de la también escritora Mariló Torres. Y tanto
Lola May, quien hizo de maestra de ceremonias, así como don José Carlos de
Blasio, secretario segundo del Gabinete Literario dedicaron palabras de afecto
a la escritora.
También estuvo arropada Menchu
por familiares y amigos, así como por la Coral Arenales, dirigida por Teresa
Ceballos, donde la propia escritora también participa.
Gracias, Menchu, sigue
escribiendo con esa capacidad que tú tienes de escribir con el corazón.
Felicidades.
jueves, 2 de abril de 2026
MUJERES DESTACADAS. CON VÍDEO EL COLECTIVO DE MAESTRAS, HOMENAJEADO EN LOS LLANOS DE ARIDANE
https://youtu.be/aNiboLxi-sg?is=DKjTGdKb0356QdxA Letra y voz de Rosario Valcárcel
El 13 de marzo en la Plaza de España de Los Llanos de Aridane se celebró la gala en homenaje a las 16 maestras protagonistas. Esta edición marca un hito en la historia del certamen, ya que por primera vez el galardón se otorgaba de forma colectiva en lugar de individual, reconociendo el papel fundamental de las maestras en la transformación educativa y social del municipio.
La gala buscaba poner en valor la trayectoria de unas mujeres que desarrollaron su carrera profesional superando las restricciones y estándares sociales de épocas pasadas. El alcalde, Javier Llamas, destacó que este grupo de docentes ha marcado «un antes y un después» no solo en las aulas, sino en la construcción de la sociedad aridanense actual.
La concejala de Igualdad, Idaira Pérez, subrayó que este evento se ha consolidado como un referente social para reconocer la huella de quienes lucharon por los derechos y libertades en la isla. El premio colectivo simboliza la fuerza de una generación de educadoras que salieron adelante en un panorama profesional complejo
El evento contó con una variada programación cultural para acompañar la entrega de los reconocimientos:
Teatro: El grupo Los De Denantes realizó representaciones de historias acontecidas en épocas remotas vinculadas al territorio.
Música: El grupo femenino Voces del hoy y del ayer interpretó diversas piezas musicales
El acto, que contó con gran asistencia, homenajeó al colectivo de maestras del municipio. Este reconocimiento institucional destacó a docentes que formaron a generaciones.
Se estrenó la obra de teatro “La escuela”, que recrea la educación de antaño.
Maestras Reconocidas: Entre otras homenajeadas, fueron mencionados específicamente los nombres como Charo Palmero, Julia del Carmen Armas, María Esther Guerra, Angustias García y María Deli.
La gala formaba parte de la agenda municipal por el Mes de la Mujer, que incluye talleres y eventos diseñados para conmemorar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.
jueves, 12 de febrero de 2026
Crónica de una entrevista. Lecturas compartidas. Lola May
Esta tarde, y bajo la atenta mirada de Don Benito -que no perdía detalle-, nos dábamos cita el grupo "Lecturas compartidas", en torno a Rosario Valcárcel.


