domingo, 5 de julio de 2026

“Vergüenza Póstuma”, por Aurelio V. Lorenzo Casimiro.


Siempre he dicho que mi cabeza no anda demasiado fina. Los años, los golpes y las cicatrices que uno acumula en el cráneo y en el alma tienen esas cosas. Sin embargo, para ciertas cuestiones nunca hizo falta ser un sabio. Bastaba con tener ojos, oídos y la costumbre de pensar.

Recuerdo un tiempo que, para ser sincero, no sé cuándo empezó ni cuándo tendrá a bien terminar. En donde las instituciones públicas de un mencionado país todo funcionaba a imagen y semejanza de quienes las ocupaban.

Pasando el tiempo llegaron otros nuevos mandatarios, con nuevas palabras, ideas, promesas y un nuevo sistema llamado Democracia.

—¡Ahora si que esto va a funcionar! —decían todos.

Y funcionaba, pero de aquella manera, tan de aquella manera que, para muchos, vivir se convirtió en una actividad de riesgo moderado.

Con los años observé algo curioso. En aquellas instituciones se perdían muchas cosas: no desaparecían los edificios, tampoco los cuadros que colgaban de los lujosos pasillos, ni los expedientes, ni siquiera las macetas que adornaban las esquinas con una resignación vegetal digna de estudio. Lo que se perdía era otra cosa: La vergüenza.

Aunque lo más extraordinario era que nadie parecía denunciar su desaparición.

Una mañana, mientras aguardaba turno en una dependencia oficial cuyo nombre no viene al caso porque todas se parecían bastante, escuché una conversación detrás de una puerta entreabierta.

—¿Y qué hacemos con el expediente del señor Benítez? —preguntó una voz.

—¿Qué Benítez?

—El escritor.

—¿Está vivo?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Entonces no hay prisa.

—Pero lleva cuarenta años promoviendo la cultura de esta ciudad por cualquier lugar.

—¡Precisamente! Si esperamos un poco más, parecerá que lo hemos descubierto nosotros.

Aquella respuesta fue recibida con un murmullo de aprobación. Yo seguí esperando mi turno. Y ellos siguieron esperando que el escritor falleciera. Pude comprobar que era una tradición de arraigo.

En aquel país existía una extraña costumbre. Cuando alguien dedicaba su vida al servicio de la sociedad, las instituciones desarrollaban una paciencia admirable. Esperaban veinte años, treinta, cincuenta. A veces un siglo. Solo entonces llegaban las placas, los homenajes, las medallas, los reconocimientos en forma de nombre a polideportivos o calles; eran como el buen vino según el gobernante de turno, aunque yo siempre sospeché que se parecía más al pescado olvidado en una despensa.

Un día, decidido a comprender aquel fenómeno, asistí a una reunión pública que era presidida por un gobernador sonriente que acababa de anunciar la concesión del título de Hijo Predilecto a un ciudadano fallecido hacía varias décadas.

La sala estalló en aplausos.

—Una deuda histórica —declaró solemnemente el gobernador.

Yo levanté la mano.

—Perdone vuestra excelencia.

—Diga.

—¿Y por qué no le concedieron el honor cuando estaba vivo?

La sonrisa del gobernador sufrió una ligera avería.

—Porque entonces las circunstancias eran distintas.

—¿Qué circunstancias? Comentó don Indalecio.

—Bueno… —en eso se quedó; en el “bueno”, no supo cómo regatear la pregunta.

—¿Estaba demasiado vivo quizá?, dijo con una sonrisa.

La sala quedó en silencio y algunos intentaron contener las carcajadas, otros fingieron consultar documentos imaginarios y mientras, el gobernador carraspeó.

—Lo importante es que hoy se hace justicia.

—Curiosa justicia la que llega cuando el interesado ya no puede agradecerla ni protestar por la tardanza —respondió.

—Las preguntas no figuran en el orden del día —comentó doña Alicia, encargada del protocolo.

A partir de entonces comencé a fijarme más y descubrí que el mecanismo era siempre parecido. Primero se ignoraba al personaje, para más tarde sacarlo a la palestra. Después se organizaba un acto solemne para proclamar que había sido imprescindible y, entre discurso y discurso aparecía inevitablemente la frase mágica:

—Todo esto ha sido posible gracias a nosotros.

Aquella expresión era fascinante; parecía capaz de atribuir méritos retrospectivos con una facilidad sobrenatural.

Si un científico había realizado una aportación extraordinaria hacía medio siglo, era gracias a ellos. Si un artista había engrandecido la ciudad durante toda una vida, era gracias a ellos. Y si un vecino distinguido había llevado el nombre del pueblo por el mundo, también era gracias a ellos. Por lo que pronto sospeché que, de haber podido, se habrían atribuido incluso la salida del sol.

Una tarde compartí mis conclusiones con Expedito, un jubilado profesional que llevaba treinta años retirado y cuarenta observando la vida desde un banco de la plaza.

—¿Sabes lo que pasa?— me dijo.

—No.

—Que reconocer a alguien en vida tiene un inconveniente.

—¿Cuál?

—Que puede hablar.

Aquella explicación resolvió más dudas que cien informes oficiales. Los muertos poseen una virtud muy apreciada por determinadas administraciones. No contradicen los discursos, no corrigen los errores, no recuerdan quién les cerró las puertas. Y sobre todo no comparecen ante la prensa. Desde entonces comprendí que aquellas instituciones funcionaban de una manera peculiar. Los asuntos que exigían cabeza se resolvían con los pies, las decisiones que requerían memoria se tomaban desde el olvido. Y los homenajes que debían nacer de la gratitud acababan naciendo de la conveniencia. Lo extraordinario era que el sistema sobrevivía a todos los cambios.

Y aunque entraban unos y salían otros, sólo cambiaban los retratos, los colores, los eslóganes, pero la maquinaria permanecía intacta. Como esas viejas campanas que siguen sonando aunque se sustituya al campanero.

A veces me pregunto si algún día alguien propondrá una medida revolucionaria para reconocer los méritos cuando aún puedan disfrutarse, agradecer antes del entierro y honrar antes del mármol. Pero inmediatamente recuerdo que ya soy viejo y que en cuestiones institucionales la imaginación suele considerarse una peligrosa extravagancia. Por eso, mientras observo otras ceremonias de homenajes tardíos, no puedo evitar acordarme de mi bisabuela Maye, que desde su humilde casa del barrio marinero resumía verdades complejas con admirable precisión. No aprendió en las aulas, sino en la escuela de la vida, y los cien años que alcanzó a vivir daban autoridad a cada una de sus

—Hijo hay cosas que hasta un ciego puede ver.

Y, francamente, sospecho que ésta era una de ellas.


miércoles, 27 de mayo de 2026

LIBRO: HIMNO A LA VIDA , ROSARIO VALCÁRCEL, en el 6 Festival de Poesía Nichita Stánescu

En el 6 Festival de Poesía Nichita Stánescu (Getafe Madrid Medellín Bucarest)

En la obra de Rosario Valcárcel hay un equilibrio y una naturaleza caprichosa, rebelde, sensible y marcada por el calor humano, que nos atrae con intuición a sus impulsos donde quiere expresar, plasmar, decir todo el erotismo, la sensualidad, lo físico y lo palpable, sus pasiones e inquietudes en una obra plena, intensa, exacta, nos dice en su poema "Adiós a la Elegía" en un fragmento al principio del poema que dice así:

Como las almas que se debaten

en la Barcaza de Caronte,

acuné el destino.

Ansiaba retornar

al origen, a la gota de agua.

Enterrarme en el seno fecundo.

El sentimiento es esencial, llama al hambre, a la sed como tributo, la entrada total y el deseo sin reservas de ninguna clase como nos dice en el poema "Cada Vez que te pienso" en una de sus estrofas casi al final:

Sentir el rayo de tu cuerpo, la lujuria

que germina

bajo nuestro aliento.

Los íntimos detalles, el fluir erótico, los matices sinuosos con todas esas sugerencias que nos llevan al deseo, a la necesidad del goce, nada de concesiones, allí está lo esencial, la pasión vital, los arrebatos junto a la expresión más íntima, transgresión sin tabús, es imposible aislar ninguno de sus componentes, complejidad en la cual vibra la vida, les dejo con Rosario Valcárcel con su libro "Himno a la Vida" bilingüe rumano y español, para que nos hable sin la menor dilación de la carne, el espíritu y nos lea alguno de sus poemas, donde sin más especulaciones nos llevará más allá de su conexión emocional, un fuerte aplauso.

Antonio Ruiz Pascual

jueves, 14 de mayo de 2026

CAFÉ DE ÉPOCAS, por Aurelio V. Lorenzo


Entre humo de café y luces de gas, todo transcurría como si el tiempo hubiera dejado de avanzar, sin que nadie lo considerara extraño.

—Madrid siempre ha sido así —murmuró Galdós, removiendo el café con lentitud. —Una ciudad donde caben todas las épocas, si uno sabe mirar.

Emilia Pardo Bazán sonrió, apoyando el abanico sobre la mesa.

—O si uno sabe escribirlas, don Benito, que no es lo mismo.

—Ni falta que hace, para eso estamos los críticos—, intervino Leopoldo Alas.

—¡Ay, Clarín!—, siempre te encuentras dispuesto a pinchar globos ajenos.

sonrió con sorna Campoamor.

En una mesa contigua, un grupo más joven observaba la conversación con fascinación.

—¿De verdad estamos viendo esto?— Habló con la voz más alta de la cuenta, Alexis Ravelo.

—Calla y escucha le advirtió Luis con sólo mirarlo— , la situación valía más que cualquier crónica.

Alberto Vázquez-Figueroa, con gesto curioso, se inclinó hacia adelante.

—Me interesa lo que dicen de Madrid, pero yo la veo como un puerto sin mar. Un ir y venir continuo, un lugar de partidas y regresos.

—O que regresan y parten—, expresó con ese humor surrealista que tiene Isabel Guerra.

—Y de política—, añadió Emilio Castelar, que acababa de incorporarse con solemnidad. —No olvidemos que aquí se decide el destino de muchos.

—O se complica—, replicó Sagasta, con una sonrisa.

Cánovas del Castillo, desde el otro extremo, alzó una ceja al igual que Isabel Guerra. Con ese gesto parecía haber quedado todo dicho, pero una voz de mujer replicó.

—La política, señores, no es una complicación, es arquitectura.

—Arquitectura sobre arena—, intervino Galdós —Y yo, como novelista, doy fe de ello.

—Y nosotros lo sufrimos—, dijo otra vez aquella voz firme que había hablado hacía unos instantes.

Todos giraron la cabeza: era Josefina de la Torre: elegante, serena.

—Porque mientras ustedes siguen enredados en sus discusiones y pequeñas vivencias, la vida sigue y la literatura también: expresando lo íntimo, lo histórico.

—Bien dicho, el deseo, la memoria, el amor, lo ocultó, las pasiones. También son materia narrativa—, añadió Rosario Valcárcel.



Algunos de ellos observaban asombrados mientras un sudor frío corría por sus cuerpos.

Saulo Torón, con aire pensativo dijo: —Y la poesía lo envuelve todo, incluso este imposible encuentro.

—Imposible no, necesario— dijo con rotundidad Pedro Lezcano —Las ideas no entienden de calendarios. Momento en el que la guiense asintió moviendo la cabeza.

—Ni de fronteras— apuntó Vázquez-Figueroa —¿No creen?

—Ni de géneros— añadió Emilia, mirando con complicidad a Rosario Valcárcel

En ese momento, un camarero dejó más tazas sobre la mesa, como si supiera que la noche sería larga.

—Díganme— preguntó Galdós, mirando a los más jóvenes—, ¿de qué escriben ahora?

Ravelo, quizá por su juventud dudó un instante.

—De lo mismo que usted, en el fondo de gente que lucha, que pierde, que intenta entender su lugar en el mundo. Galdós e Isabel Guerra asintieron pausadamente.

—Entonces no hemos cambiado tanto.

—Sí hemos cambiado—, intervino Clarín —Ahora hay más ruido.

—Y más voces—, añadió Josefina.

—Y más libertad—, dijo Giner de los Ríos desde el fondo con tranquilidad.

Se hizo un breve silencio.

—¿Y eso es bueno?—, preguntó Galdós. —¿Quizá?—, señaló Rosario, mientras dejaba la cucharilla sobre el plato.

—Eso depende de lo que hagamos—, expresó el palmero, Luis.

Fuera, Madrid seguía su curso.

Dentro, el tiempo se había detenido lo justo para que todos entendieran algo esencial: que tanto la literatura, como la conversación, es un puente, que siempre se acaba construyendo.

viernes, 24 de abril de 2026

El niño pecoso que intentó aprender a ser grande, María del Carmen Rodríguez


 El pasado día 31 de marzo María del Carmen Rodríguez, presentó en el Gabinete Literario su nuevo libro El niño pecoso que intentó aprender a ser grande. Homenaje a Sebastián Torres Sánchez.

Cuando veas mi cuerpo

tendido de cansancio

y no sientas mis pulmones

ya respirar.

Deja que mi alma

descanse en el Fondo del mar

y mi espíritu vuele

por el espacio.

Ese hombre que escribía así, ese hombre que hablaba del descanso en el fondo del mar, como quien lo ha esperado toda la vida… fue un niño. Un niño pecoso. Un niño que intentó ser alguien, que quería aprender. Y quizás lo hacía como un mecanismo de acción, de no querer caer en la pobreza, de mantenerse al margen de su infortunio.

Yo conocí a Chanito en las veladas de Susi Arencibia, y siempre lo vi ensimismado con la poesía en la que se internaba con facilidad y se mostraba suelto, hábil sobre diversos asuntos, junto a su esposa María del Carmen Rodríguez, quien, después de publicar siete libros, nos presenta un texto confesional, un libro en el que la pobreza, generosidad y resistencia los convierte en hilos narrativos donde late una emoción verdadera.

Sí, porque Menchu sabe que no hay otra patria que la infancia. Y esa patria, en este caso, no son una serie de lugares, sino recuerdos, tiempos idos que recupera, los escenifica y le hace un homenaje a un ser grande, que fue su marido. Sebastián Torres Sánchez.

Una historia en la que la autora se demora en los pequeños detalles, en la descripción del proceso creativo, y lo hace sin melancolía, sin abatimiento que las ha dejado atrás, prefiere el entusiasmo, la alegría y sobre todo la constancia. Se detiene en ese ser de destino incierto, inmerso en una vida complicada, en la ternura, el sacrificio y el dolor. Afrontando las cosas buenas y las malas de aquel pasado.

Nos relata Menchu, la vida de Seba, que nace en Lomo Magullo, en Telde, Gran Canaria, en una familia solidaria, religiosa, con pocos recursos económicos, donde los niños aprendían demasiado pronto a callar, a ayudar, a sostener. A asumir responsabilidades de adulto. Una familia que Trabaja. Lucha. Sueña.

Y nos cuenta a modo de biografía, la historia, la existencia, y los pormenores de su marido. Cómo fue su vida, en aquella postguerra pobre para muchos, las vivencias, la cotidianidad, el día a día. Recrea ese desarraigo que nace de la conciencia, de la mortalidad, más evidente tras el encuentro de la muerte temprana de su madre. Pero él se propone hacer de su vida un lugar amable. Así colaboró con la casa, descubrió cosas que nunca había sabido, cosas que no hubiese aprendido en ninguna otra circunstancia, pero pese a todas las desdichas que se desencadenaron. Lo cierto es que fue un enamorado del arte y muy especialmente de la música, de las letras y los libros y que su bondad, generosidad y el destino lo salvó.

Seba fue un trabajador, serio, un hombre correcto. Salió de su casa con su tío para empezar una nueva vida en una fonda, una vida sacrificada, una vida de mucho trabajo, pero en libertad y dignidad. Más tarde, los derroteros laborales de Menchu y Chanito los llevaron a Schamann, allí, juntos abrieron varias tiendas, distintas, vendían artículos de regalos, ropa de boutique, juguetería. Y durante unos años ella vivió caminos ajenos a la cultura, vivió pegada al escaparate hasta que un día comenzó a cultivar el relato, la novela. Él se entregó a la poesía. Una actividad que se convirtió en una indagación estética sobre el ser humano.

Cierra mis ojos

suave y despacio

y sella mi frente

con un cálido beso

deja en la estancia

una luz encendida

que alumbre el camino

de la otra Vida

pues de este me voy

y no regreso.

Como vemos en el poema de Chanito, fue un poeta que mira de frente, incluso a la muerte, con una naturalidad que impresiona, emociona, estremece. Es la voz última del protagonista. Cada verso marca su despedida consciente. Su entrega serena.

El niño pecoso que intentó aprender a ser alguien, es una novela humana, intensa, real y recomendable. Una novela que supone una epifanía, el encuentro definitivo con el recuerdo, con el lenguaje, que acaba siendo una forma de estar en el mundo, donde el valor de la memoria y lo dramático, están presentes como un susurro que se respira como fuente de sentimiento y como fuente de amor.

Participaron también en esta entrañable presentación, la hija de la también escritora Mariló Torres. Y tanto Lola May, quien hizo de maestra de ceremonias, así como don José Carlos de Blasio, secretario segundo del Gabinete Literario dedicaron palabras de afecto a la escritora.

También estuvo arropada Menchu por familiares y amigos, así como por la Coral Arenales, dirigida por Teresa Ceballos, donde la propia escritora también participa.

Gracias, Menchu, sigue escribiendo con esa capacidad que tú tienes de escribir con el corazón. Felicidades.







 

jueves, 2 de abril de 2026

MUJERES DESTACADAS. CON VÍDEO EL COLECTIVO DE MAESTRAS, HOMENAJEADO EN LOS LLANOS DE ARIDANE

La gala buscaba poner en valor la trayectoria de unas mujeres que desarrollaron su carrera profesional superando las restricciones y estándares sociales de épocas pasadas. El alcalde, Javier Llamas, destacó que este grupo de docentes ha marcado «un antes y un después» no solo en las aulas, sino en la construcción de la sociedad aridanense actual.

La concejala de Igualdad, Idaira Pérez, subrayó que este evento se ha consolidado como un referente social para reconocer la huella de quienes lucharon por los derechos y libertades en la isla. El premio colectivo simboliza la fuerza de una generación de educadoras que salieron adelante en un panorama profesional complejo

El evento contó con una variada programación cultural para acompañar la entrega de los reconocimientos:

Teatro: El grupo Los De Denantes realizó representaciones de historias acontecidas en épocas remotas vinculadas al territorio.

Música: El grupo femenino Voces del hoy y del ayer interpretó diversas piezas musicales

El acto, que contó con gran asistencia, homenajeó al colectivo de maestras del municipio. Este reconocimiento institucional destacó a docentes que formaron a generaciones.

Se estrenó la obra de teatro “La escuela”, que recrea la educación de antaño.

Maestras Reconocidas: Entre otras homenajeadas, fueron mencionados específicamente los nombres como Charo Palmero, Julia del Carmen Armas, María Esther Guerra, Angustias García y María Deli.

La gala formaba parte de la agenda municipal por el Mes de la Mujer, que incluye talleres y eventos diseñados para conmemorar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

jueves, 12 de febrero de 2026

Crónica de una entrevista. Lecturas compartidas. Lola May

Esta tarde, y bajo la atenta mirada de Don Benito -que no perdía detalle-, nos dábamos cita el grupo "Lecturas compartidas", en torno a Rosario Valcárcel.

Un numeroso grupo de amigos, asiduos a la iniciativa, estuvimos dispuestos - a pesar del chaparrón-, junto a algunos amigos de nuestra invitada, a arroparla y disfrutar del distendido y ameno contar de nuestra protagonista.
   Rosario llegaba envuelta en un halo de encanto, glamourosa.  Ella es una artista y, como tal, domina la escena. Posee control espacial y se conduce sinuosa, con donaire, dejando que todo fluya a su alrededor.
   Así, en esta sintonía de acordes armoniosos, abordó a los presentes acercándonos a sus primeras correrías de infancia, transitada entre los adoquines de la Avenida de Las Canteras y la cálida arena de su playa; a sus coqueteos adolescente, seguida de imberbes pretendientes; a su primer amor; a los primeros empleos; a los estudios superiores, ya en medio de las labores de madre; a los amigos que dejaron huella; a las difíciles decisiones que hubo de afrontar...  
A sus inicios como escritora; a su tránsito por las Galerías de arte plástico.
   Mientras la oímos advertimos la evidencia de sus dotes de liderazgo, de ese que no aflora áspero, sino, del apenas perceptible y que le asoma entre respuestas audaces, foulards de seda y lentejuelas.
   De su carácter rezuman la firmeza y la sensibilidad a partes iguales. Hace una defensa empedernida de la femineidad y enaltece la juventud, mientras suma vida, logros y amigos. A su chispeante mirada la acompaña en riña una perenne sonrisa, ora pícara ora compasiva, que deshace cualquier amago de contratiempo.
   Con admiración descubrimos a una mujer que, fiel a sí misma, ha surcado mares dominando fuertes emociones. Que no ha temido a faenar, orzar o arribar, para cambiar el rumbo de su destino, cuando lo ha considerado necesario. Sabe que la brisa ha sido aliada y gentil, secó alguna lágrima cuando el brazo ejecutó con fuerza desde el cabestrante. Generosa a extremo, hizo gala del arte para no perder a ningún tripulante en sus travesías.  
   Después de estas dos horas compartidas, se nos antoja que, Rosario Valcárcel, cumple sobradamente la máxima agustina que reza: "Ama... y haz lo que quieras".

miércoles, 17 de diciembre de 2025

De nuevo, los niños de San Ildefonso y la Lotería de Navidad

 





                                              

    Si no fuese por el soñar siempre

                                                   Fernando Pessoa.

 No sé por qué, pero siempre he asociado el Sorteo Extraordinario de la lotería de Navidad con la ilusión de los pobres, con la ilusión de aquellos españoles que esperaban con ansiedad que al fin les tocara el gordo, con el personaje de Luces de Bohemia, con Max Estrella en la calle, ciego, enfermo, abandonado en un portal mientras su amigo Latino le saqueaba el billete de lotería, en aquel Madrid hambriento.

        Lo asocio con un rumor alegre, con un despertar diferente, alrededor de la radio escuchando a los niños de San Ildefonso cantando números, cifras, entre el apasionante rumor de las bolas que guardan los secretos, los sueños oscuros, la esperanza somnolienta, un futuro mejor para nuestra existencia.  

            En aquella España, no muy lejana en que ellas, amas de casa, la mayoría, soñaban con ganarse una suculenta cesta llena de felicidad. Soñaban con servir una mesa rebosante de vinos, de jamones y de esperanzas. Un Año mejor con las despensas llenas.

            Ellos fantaseaban también con la fortuna, con no tener que levantarse todos los días, casi de madrugada, a trabajar más de ocho horas y, muchos tener que aguantar a un jefe dominante e incompetente, y todo eso por la comida y un poco más.

            Así junto a la radio o al televisor, en trance, contemplábamos los nuevos millonarios, la emoción desbordada, los llantos y la alegría de los propietarios de la administración de la lotería, juntos con los afortunados brindando, diciendo que el premio había ido a parar a gente trabajad  Pero lo que me costaba comprender es el por qué no le tocaba al mejor hombre que he conocido, a mi padre que, sin querer, se ponía triste cuando no ganaba ni el reintegro, aunque no se desanimaba, todo lo contrario, con voz convincente razonaba que hasta que no mirara la lista oficial, no había nada perdido.

     Al final terminaba probando con el estímulo de los “Rascados” que es como se le llama a la lotería del Niño. Y me parece estarlo viendo, preso del hechizo, con sus gafas de carey, mirando una y otra vez los miles de números en aquella sábana impresa en donde finalmente se evaporaba las esperanzas, no la ilusión, porque su ilusión, lo que verdaderamente le importaba, era regalarle el décimo premiado a la parienta. Ese era uno de los sueños de su vida. Para dejarle unos ahorros, para que ella se pudiera comprar lo que quisiera, –y exclamaba por lo bajo-: un vestido bonito, un viaje, una buena casa…

            Pasaban unos días y lo escuchaba hablar con mi madre. Aspiraba, contenía la respiración y al final decía:

        -¡Ay Padrito! No me tocó por un número.

 Pero, a pesar de que el mundo se le caía encima, de que se sentía desgraciado, sonreía con tristeza. Sonreía, sonreía.

        Lo mejor que puedo desearles para el 2026, vivan, sueñen y sonrían como cuando éramos niñas/os.  Ah y suerte con la lotería. 

        FELIZ NAVIDAD CON MI ABRAZO APRETADO

blog-rosariovalcárcel.blogspot.com

 

viernes, 31 de octubre de 2025

Lola May entrevista a Luis León Barreto en la Casa Museo Benito Pérez Galdós

 

En la tarde del martes 28 de octubre, 2025 nos dábamos cita en la Casa Museo Pérez Galdós, para comenzar la nueva temporada de Lecturas compartidas, leyendo a los nuestros.

La alegría se hizo presente después del largo período estival q
ue se nos alargó por tres meses. Abrazos y bienvenidas endulzaron el ambiente para deshacernos en versos.
Iván Iván Cortes nos regaló su brillante interpretación de rapsoda con un extenso poema; Alfonso Antón, un precioso y emotivo relato; María Del Carmen Rodríguez Alejandro, Menchu para nosotros, uno de los poemas de su esposo Chanito Torres; Veph Cabrera, un poema de ensoñación; Chicha Reina Jiménez , nos dedicó un poema de amor vibrante; Cita, nos deleitó con un mini relato lleno de amor por su tía; y, Aurelio, armonizó la velada, siempre servicial.
Alrededor de las 19:00 horas, llegaba a la Casa Museo Pérez Galdós, nuestro invitado, el primer invitado de esta nueva temporada Leyendo a los nuestros, Luis León Barreto, acompañado de su compañera Rosario Valcárcel.
Tratamos de bucear en la interesante vida del palmero de pro que es este periodista y escritor que logró configurar a los astros para hacer brillar la magia del éxito literario con su octava publicación, allá por el año 1981.
Trabajador incansable, un treintena de libros alcanzan su palmarés junto a varios premios importantes que prestigian su buen hacer.
El intelectual no dudó en mostrarnos su lado más humano y sensible, despertando en la concurrencia momentos de pura emoción, mientras recodaba la figura de su progenitor. Evidenció su sagaz juicio sobre el momento dulce de los muchos grupos de lectura; la importancia de personajes ya consolidados de nuestro archipiélago; alguna valoración sobre las instituciones insulares; y la sencillez de su vida tranquila que solo altera para asistir a la opera y atender las solicitadas comparecencias a Encuentros literarios y algunas conferencias.


Acabamos tomando unos snacks antes de la cena que nos permitieron preparar la vuelta a casa satisfechos por tanta riqueza compartida.
Gracias a todos.
Nos vemos el 18 de noviembre con otra invitada de excepción.

Lola May