Esta tarde, y bajo la atenta mirada de Don Benito -que no perdía detalle-, nos dábamos cita el grupo "Lecturas compartidas", en torno a Rosario Valcárcel.
Un numeroso grupo de amigos, asiduos a la iniciativa, estuvimos dispuestos - a pesar del chaparrón-, junto a algunos amigos de nuestra invitada, a arroparla y disfrutar del distendido y ameno contar de nuestra protagonista.
Rosario llegaba envuelta en un halo de encanto, glamourosa. Ella es una artista y, como tal, domina la escena. Posee control espacial y se conduce sinuosa, con donaire, dejando que todo fluya a su alrededor.
Así, en esta sintonía de acordes armoniosos, abordó a los presentes acercándonos a sus primeras correrías de infancia, transitada entre los adoquines de la Avenida de Las Canteras y la cálida arena de su playa; a sus coqueteos adolescente, seguida de imberbes pretendientes; a su primer amor; a los primeros empleos; a los estudios superiores, ya en medio de las labores de madre; a los amigos que dejaron huella; a las difíciles decisiones que hubo de afrontar...
A sus inicios como escritora; a su tránsito por las Galerías de arte plástico.
Mientras la oímos advertimos la evidencia de sus dotes de liderazgo, de ese que no aflora áspero, sino, del apenas perceptible y que le asoma entre respuestas audaces, foulards de seda y lentejuelas.
De su carácter rezuman la firmeza y la sensibilidad a partes iguales. Hace una defensa empedernida de la femineidad y enaltece la juventud, mientras suma vida, logros y amigos. A su chispeante mirada la acompaña en riña una perenne sonrisa, ora pícara ora compasiva, que deshace cualquier amago de contratiempo.
Con admiración descubrimos a una mujer que, fiel a sí misma, ha surcado mares dominando fuertes emociones. Que no ha temido a faenar, orzar o arribar, para cambiar el rumbo de su destino, cuando lo ha considerado necesario. Sabe que la brisa ha sido aliada y gentil, secó alguna lágrima cuando el brazo ejecutó con fuerza desde el cabestrante. Generosa a extremo, hizo gala del arte para no perder a ningún tripulante en sus travesías.
Después de estas dos horas compartidas, se nos antoja que, Rosario Valcárcel, cumple sobradamente la máxima agustina que reza: "Ama... y haz lo que quieras".
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