miércoles, 11 de abril de 2012

La Peña de la Vieja

Algunos días mi Peña semejaba una gran catedral de ébano, rodeada de espuma. Las olas simulaban velos preciosos, sacados de las profundidades marinas y los asientos tenían formas satánicas que gesticulaban en las gárgolas. Me tiraba al agua, subía de nuevo, me lanzaba como una saeta, daba vueltas a su alrededor y parecía que nadara sobre las mismas olas. Hacía toda clase de locuras, la punta de mis aletas se convertían en garras de escorpión. Trepaba y observaba desde muy alto para que las olas no me tragaran. Tenía miedo cuando miraba a la ori-lla. Si había marea alta, el camino de vuelta era más fatigoso. Sentía que mi gran roca se quería alejar conmigo, pero el mar con su gran manto me salvaba.
Me acostumbré a estar con Oscar. Su presencia estaba hecha de sol y de salitre.
―¿Qué soy yo para ti? –me preguntó.
Esta fue la primera vez en que espe-raba que yo mencionase la palabra amor.
―¿Sabes lo que quiero decir? –volvió a insistir.
No le contesté, miré a lo lejos y vi acercarse a Miguel, el barquillero, que llevaba colgada de su hombro una barquillera ador-nada en su parte superior con una rueda y números. La paseaba con gran pompa por toda la playa. Sin pensarlo, corrí tras él y le di vueltas a la ruleta. Tenía un gran apetito y miraba impaciente, esperando que se parara. Al fin salió el siete, me correspondieron siete barquillos crujientes en forma de vela de un barco. Su sabor era un placer sin igual.
           Óscar no había olvidado su pregunta y se acercaba a mí como a una niña frágil. Su mirada intentaba descubrir mi respuesta. Yo no podía decir lo que sentía mi corazón, debía guardarlo.                
           Era mi secreto. Tenía trece años.
  
          www.facebook/rosariovalcarcel/escritora ;  www.rosariovalcarcel.com 

Ilustración de  SIRA ASCANIO