jueves, 19 de junio de 2014

NOCHE MEIGA

Resultaba increíble que estuviéramos otra vez juntos, después de tantos años nos tropezamos en su tierra. La verbena se celebraba en la playa de Panxón. En la arena las tinieblas nos observaban, parecía que estábamos a punto de contemplar un eclipse total. Dos grandes fuegos comenzaron a inflamarse. Se movían dentro del agua, los rayos láser alumbraban la hora mágica de la noche de San Juan. Pensé que medio país estaba haciendo el amor. Brotaron las hogueras, surtidores de acuarelas, y el ruido de los petardos, cohetes y bengalas se oyó por toda la ciudad. El alma del cielo se liberaba, lucía vestida de miles de colores. Sentí escalofríos y él me pasó el brazo por encima, no sé si fue un intento de proporcionarme calor o de protegerme de los poderes ocultos del fuego. Mi corazón latió con gran fuerza.

Regresó la música, el eco conquistó las voces. Todos bailábamos de una forma enardecida, abrazados a nuestras parejas sin pronunciar una palabra girábamos y girábamos. Las meigas, acompañadas de un enorme griterío, invadían el paseo marítimo. Era un baile de amanecida, quizás esperábamos ver danzar al sol junto a los gigantes y cabezudos. Los olores característicos de los recitales, los perfumes calientes, dulzones. Los humos de la madera quemada y los efluvios de sudor me bloquearon. Terminaron emborrachándome.

Reconozco que mi primera reacción fue de sorpresa, incluso de enfado, pero mi corazón y mi sexo no se ponían de acuerdo. Me dejé llevar, sus pasos de baile eran pegaditos, aprisionados. En medio de la oscuridad y de la muchedumbre, su pierna entre las mías. Tuve que hacer un esfuerzo horroroso, no quería que notase mi apetito. Sus actos eran decididos, su masculinidad, sus embestidas. La cabeza no me obedecía y el ritmo era tan frenético que en algunos momentos mi cuerpo semejaba una pelota agitándose velozmente para conseguir –a través de la música chillona- la posición adecuada. Empujaba, me atraía hacia él con violencia. Susurraba la letra de la canción que estábamos escuchando. Yo estaba ciega de alcohol. Enloquecida, daba vueltas y más vueltas: uno… dos… tres… Me apretujaba con sus fuertes brazos, me flaqueaban los pies. Levantaba mi falda, tocaba mis piernas sin rumbo, o quizás en una dirección segura. Encontró mis pliegues más íntimos, más oscuros. No se detuvo. Los arañó. Yo no respiré. No veía a nadie. Palpaba su sexo caliente, grande. Ahora bailábamos muy pegados, me estremecí igual que si hubiese metido el dedo en la corriente eléctrica.
Mi madre no me había aleccionado, sólo prevenir y refrenar. No me aconsejó como debía, se dedicó a sermonearme: una chica decente no debe hacer esto o aquello, es mejor que no hagas lo de más allá. Cerré mis oídos.

En la arena las tinieblas nos observaban, parecía que estábamos a punto de contemplar un eclipse total. Dos hogueras grandes  comenzaron a inflamarse. Se movían dentro del agua, los rayos láser alumbraban la hora mágica de la noche de San Juan. Pensé que medio país estaba haciendo el amor. Brotaron las hogueras, surtidores de acuarelas, y el ruido de los petardos, cohetes y bengalas se oyó por toda la ciudad. El alma del cielo se liberaba, lucía vestida de miles de colores. Sentí escalofríos y él me pasó el brazo por encima…

       Parpadeé y tuve la impresión de retroceder a través del tiempo, de regresar a los primeros años de mi infancia en la isla. Nos pasábamos varios días recogiendo trastos viejos por todo el barrio, preparando la base de la hoguera. Encender la hoguera era todo un ritual. Queríamos darle más fuerza al sol. Recorríamos las casas de los vecinos y coleccionábamos gran variedad de enseres. Era la ofrenda a las llamas: ropas inservibles, sillas viejas, mesas destartaladas, cajas que quizás contuvieron cartas secretas. Revistas y periódicos que nunca se leyeron. Pedazos de mobiliario llenos de historias. Debíamos quemar el mal.Por las calles los papahuevos anunciaban la fiesta, el triunfo de la luz sobre la oscuridad. ¡Me divertía tanto corriendo tras ellos! Sonaban tambores, maracas y cornetas. Desfilaba. Ellos bailaban, saludaban se acercaban a los niños. Se abalanzaban. Los asustaban.
En la arena hicimos un montón con los cachivaches que habíamos recolectado. Era la noche para la liberación, para exorcisar malos tiempos. El chico que más me gustaba me cogió la mano, me la apretó…
Las parejas que habían bajado a la arena anhelaban que oscureciera, los chiquillos del barrio practicaban canciones, saltos y brincos. Jugaban se divertían. Esperaban que pronto ardieran las hogueras y escalaran alto, tan alto como las casas. Que se abrieran de par en par los castillos fantásticos y las princesas encantadas se desencantaran. Esperaban que dieran las doce.
            Chocolate, molinillo, corre, corre
            que te pillo.
           A estirar, a estirar,
           Que el demonio va a pasar.

Si las hogueras estaban a punto de ser prendidas. Hacíamos coros. Satanás también pretendía bailar alrededor de nuestras almas. Aquella noche no iba a dormir. Era la fiesta del infierno.
El fuego era el protagonista….
                        Fragmentos de “La noche meiga” entresacado de mi libro “El séptimo cielo


facebook/rosariovalcarcel/escritora