domingo, 6 de julio de 2014

EL ARTE DE MIRAR, VOYERISMO

..Si, estaba en lo cierto. Detrás de la arboleda el ruido se podía percibir con más claridad. Apartó cuidadosamente una de las ramas y, al ver cuál era el origen de aquellos ruidos, se sobresaltó.
En una zona poco profunda del arroyo, un hombre, de espaldas a Marie, se lavaba todo el cuerpo desnudo. Al ver como se agitaban los músculos de los glúteos, la mujer exhaló un suspiro y, casi sin darse cuenta, se llevó una mano a los pechos y la otra al bajo vientre. Cuando vio que se daba media vuelta se excitó sobremanera… Vicios Privados de Jocelyn Joyce.

El Voyerismo, también llamado inspeccionismo es la práctica de obtención de placer a través de mirar o espiar a terceras personas. Se le llegó a considerar una “perversión”. El voyer suele observar la situación desde lejos, bien mirando por la cerradura de una puerta, o por un resquicio, o utilizando medios técnicos como un espejo, una cámara. La masturbación suele acompañar, al acto voyerista. El riesgo de ser descubierto actúa, a menudo, como un potenciador de la excitación.

Algunas veces esa acción de espiar puede llegar a convertirse en una parafilia caracterizada por intensas necesidades y fantasías sexualmente excitantes que implica el hecho de observar ocultamente a personas desnudas, que se están desnudando o que se encuentran en plena actividad sexual. Suelen actuar en desacuerdo con estas necesidades y se encuentran muy perturbados por ello, pero no lo pueden controlar. No buscan ningún tipo de relación con la persona observada y, por lo tanto se masturban.

Se ha dicho con frecuencia que una auténtica liberación sexual en el cine provocaría, por saturación la desaparición de la pornografía. Eso supone despreciar el voyerismo: la mirada es también un acto y no solo el síntoma de una frustración. No hay que olvidar que el acto de mirar sin consentimiento, de ser testigos de cada una de las historias desde la incorrección que supone el espiar vidas ajenas, constituye un obvio atractivo para el espectador. Es el placer del voyeur, de ver sin ser visto.


En la película “La ventana indiscreta” dirigida y producida por Alfred Hitchcock podemos observar una brillante obra sobre el voyerismo. Recrearnos en el poder erótico de la expresión, de la ausencia de sonido, dramáticamente justificada ya que nos coloca de modo exacto en la situación de ese mirón y proporciona la ilusión de escenas realmente captadas de improviso.  El mismo año en que se publica “La ventana indiscreta” al otro lado del charco Georges Simenon escribe “La mirada indiscreta” (La fenêtre des Rouet), que no ve la luz hasta que termina la II Guerra Mundial en 1945. Curioso la similitud de las dos obras, aunque es prácticamente imposible, y más con la guerra de por medio, que Simenon conociera el relato de Wollrich. Estamos, pues, ante dos grandes autores que casualmente, al mismo tiempo y con propósitos y estilos muy distintos, crearon dos personajes y dos situaciones similares.

               “Vouyer” quiere decir en francés “ver”, “mirón”. La pornoscopia sería  otra insana ocupación, estrechamente ligada al voyerismo, de buscar el placer, de forma preferente o exclusiva a través de  la contemplación o lectura de material pornográfico (libros, grabados, cuadros, esculturas, películas, vídeos… Por ejemplo un voyer puede excitarse entreviendo penes en un urinario público.

Se decía que cuando la  concubina Andrómaca montaba como de jinete al héroe troyano Héctor, los esclavos, con el oído pegado a la puerta, se masturbaban. Más recientemente la gente de posición compraba cuadros de pintores famosos que hoy nos parecería de suma candidez, pero que en la época, eran el no va más del erotismo perverso.

Y hablando de voyerismo me he acordado de un sastre llamado Peeping Tom a quien se le atribuye el mérito de ser el primer voyeur. Se cuenta que Lady Godiva, esposa de Leofrico, conde de Chester, con quien se había casado hacia el año 1040. De acuerdo con el cronista del siglo XIII, Roger de Wendower. Godiva (Godgifu en anglosajón, regalo de Dios), rogó a su cónyuge que disminuyera los impuestos que abrumaban a los habitantes de Coventry; el conde accedió, pero con la condición de que la bella rubia atravesase desnuda las calles de la ciudad a lomos de un precioso caballo blando, cosa que hizo cubriéndose únicamente con su larga cabellera.

Y según cuentan, los habitantes, en un acto de solidaridad, se encerraron en sus casas y evitaron mirarla. Sólo la vio Peeping Tom el indiscreto, que se quedó para mirarla. Desde entonces ha sido llamado Tom el fisgón.
 
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