lunes, 6 de julio de 2015

LA DANZA DE LOS ENANOS

... de las Fiestas Lustrales de La Palma
Del Mester de Juglaría
guardamos la tradición
verso de la devoción,
trova de la cortesía
que tiene su inspiración,
su razón y su alegría
en la hermosa advocación 
de las Nieves de María.
                        Luis Ortega Abraham.

Mis primeros recuerdos de la infancia están llenos de dioses y de héroes, de gigantes y de enanos.
De fantasías, de palabras y de sueños, del eco de las risas de cuando éramos niños. De aquellos cuentos de Charles Perrault y de Grimm, donde siempre había encantamientos y aparecían unos enanos con barbas largas de color blanco que vivían en los bosques y corrían a toda velocidad con un gorro en la cabeza.
Pero sobre todo lo que más grabado tengo de mi niñez es el misterio, la euforia, el sonsonete de la polca que envuelve la danza de los enanos de mi isla adoptiva, la Palma. Una fiesta que cada cinco años reaparece.
Así que Luis y yo, como mucha gente venida de los rincones más remotos, acudimos a la cita, al Recinto principal que el Ayuntamiento habilita en Santa Cruz de La Palma en los días de grandes fiestas. Nos tuvimos que abrir paso, casi a codazos, entre la avalancha de visitantes y algún vendedor ambulante que ofrecía bocadillos, almendrados, rapaduras... Queríamos reencontrarnos con los colores y la alegría, participar en los Festejos de la Bajada de la Virgen, revivir la emoción del baile de los enanos.
Parecía que todo el mundo estaba allí, y a pesar de que los viejos dicen que las fiestas de hoy ya no son tan bonitas como los de antes, yo capté las mismas vibraciones, las voces chillonas e ingenuas de los niños que despuntaban al anochecer, el mismo nerviosismo en el ambiente, el júbilo. Ese olor de nuestra tierra y ese mar de nubes que a lo lejos surgía avanzando lentamente por el cielo, ellas tampoco quisieron perderse el espectáculo. Era como si la tarde estuviese encantada, tanto que el mar, a nuestros pies, había enmudecido, quizás por respeto a tan bello acontecimiento.
Creo que todos estábamos algo excitados, ansiosos porque aparecieran aquellos seres diminutos. Entonces, de pronto, me asaltó el recuerdo de mi niñez: Se hizo un silencio y una oleada de deseo me atravesó el pecho, Palpitaba. La función estaba a punto de empezar. Sonaron unos acordes y entre destellos deslumbrantes entraron en escena dos hileras de juglares con ropajes azules y carmesíes. ¡Qué emoción, por fin desfilaban ante nosotros! Marchaban con gestos de galantería, regalaban flores al público y durante unos minutos glosaron unos versos al son de las notas de nuestro siempre recordado Luis Cobiella, interpretadas por la Banda de Música San Miguel.
Pero todos esperábamos la transformación, el espejismo, que entraran de nuevo en el castillo, en el mundo de la ensoñación, allí donde el tiempo no llega y se produce el misterio, la sorpresa. El juego, esa proeza magistral que cada lustro se repite. El momento en que se abre de nuevo la puerta de la fortaleza y aparecen los veinticuatro juglares, pero esta vez transformados en enanos de carne y hueso. En unos enanos tan traviesos que agitaron el aire, nos conquistaron. En unos enanos con caras pícaras y bañados por una luz romántica.
En unos enanos que con vestidos de época, peluca blanca y gran sombrero francés, al estilo bicornio, bailaban, alegres con pasos cortos, una polca pegadiza. Brincaban como niños y con un movimiento casi teatral se acercaban a la chiquillería que aplaudía al ritmo de la musiquilla. Unos enanos que con una correspondencia inusitada intercambiaban miraditas y con coquetería hacían guiños, se encogían cada vez más. Conseguían arrancar carcajadas a grandes y a chicos. Danzaban, mientras todos nos preguntamos cómo esa representación se puede hacer tan perfecta.
Poco a poco la música se va acelerando, el ritmo se hace más enérgico, y yo me uní al insólito orfeón. Tatareábamos, aplaudíamos. Aquellos "pequeños" nos abrieron por unos instantes caminos impensados. Nos olvidamos de los desasosiegos y del desánimo, de las preocupaciones del alma humana. Pero con gran pena para los que estábamos allí compartiendo la vitalidad que estallaba casi de una forma desmedida, comprobamos con decepción que la luz nocturna nos empezaba a cubrir y que los "saltarines" iban desapareciendo, volviendo a su castillo secreto para regresar dentro de otros cinco años. Entonces me pareció que el mundo se quedaba vacío.
Y que todo había acabado, cuando de pronto estalló una llama y se oyeron repiques de campanas y más campanas, y del castillo en medio de una neblina surgió nuestra Patrona y el espectáculo, como muy bien dijo María Victoria Hernández, se convirtió en una danza ritual. Algunos lloraron emocionados y otros como yo, añusgada, gritábamos:
-¡Viva la Virgen de Las Nieves! ¡Viva! ¡Viva!
Son unas fiestas en las que podría escribir páginas enteras, unas fiestas en que los enanos lo dominan todo, pero es difícil explicarlo a quienes nunca lo han visto personalmente. Lo que sí puedo decirles es que una celebración como esta, sólo es posible en nuestro paraíso perdido, en nuestra isla bonita, La Palma.
¡Viva la Virgen de Las Nieves! ¡Viva! ¡Viva!
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