jueves, 17 de diciembre de 2015

Memoria de una envidia, de Carlos Müller (2015)

Yo siempre había creido que no era persona envidiosa. Las suertes de los demás las veía venir y pasar, y ese sentimiento definido por la ilustre Real Academia como: 
1. f. Tristeza o pesar del bien ajeno. o
2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee,
apenas invadió mi vida y, si acaso, por breves momentos cuando aún era un muchachito y mis primitas recibian el chocolatito antes que yo. Es que el chocolate entonces para mi...!!!

Eso sino para introducir en un momento en que sí me asaltó un sentimiento de real envidia. La cosa tiene que ver con mi afición al arte, a la pintura moderna, apoyado además por unos años de estudios de historia del arte en la universidad de La Laguna. Así que creo que entiendo algo de la materia.

Estalló mi ataque de envidia con una noticia leída ya no sé cuando ni donde sobre los comienzos de la gran colección de arte moderno de los Ludwig. ¿Los qué? Tranquilo, aquí viene la historia.

Contaba el artículo en una revista de arte en que creo haberlo encontrado que el joven matrimonio Ludwig cuando empezó a coleccionar arte moderno solía preguntar a algún que otro artista que si les permitía visitarlo en su estudio o taller. Les solian decir que si, que no había problemas, claro, la vida económica de una persona que quiere vivir de su arte es casi siempre la vida de un pobre diablo y la oportunidad de poder vender quizá alguna pieza directamente a un coleccionista no se suele desechar.

Además contaba el artículo con cierto tono divertido que el joven matrimonio Ludwig, dos personas más bien de baja estatura y siempre vestidos con modestia utilitaria, llegaban al estudio del artista, se sentaban bien juntos donde cabian, y el o la artista comenzaba a presentar su obra, sacar una pieza tras otra y otra pieza tras otra, y los dos ahí sentados decian que muy bien, que eran obras muy bonitas... pero pedir que se apartara alguna para quizá llevársela, de eso nada de nada.

Algunos de los artistas visitados, ya hartos de esta visita que de repente no les iba a comprar nada y que por lo visto no quería sino pasar un rato agradable viendo su arte ellos solos sin el rebumbio de una exposición con un montón de otra gente ante las piezas que querían ver, decían algunos de los primeros artistas visitados que ya no les quedaba más nada por mostrar (aunque si les quedaba) y entonces llegaba el gran momento. Empezaba un chuchicheo entre los dos visitantes y al cabo de unos minutos caía la frase que se hizo famosa. Si el/la artista disponía de las posibilidades de empacar cuidadosamente todas las piezas que había mostrado y hacerlas llevar a la dirección que le iban a dar de inmediato. Y, por favor, cual era el precio total a pagar.

Es decir, el joven matrimonio Ludwig compraba sin regatear la obra completa actual de un artista que les había convencido.

Evidentemente, esto ocurrió sólo unas pocas veces y el nombre de los Ludwig arrasó por el mundo de arte en Alemania y finalmente quedó como magnitud fija en el mercado del arte moderno. Fue en este momento al leer este artículo en un tono un tanto irónico-divertido que me asaltó el punto dos de la definición de envidia de la Academia:

2. f. Emulación, deseo de algo que no se posee.

Evidentemente, a mi como pequeño aficionado de arte esa posibilidad de rodearme de piezas sin tener que vigilar el estado de la cuenta a final del mes me dió ese pinchazo de desear algo pero estar lejísimo de poder conseguirlo. Entre la bella sombra, a la cual tengo el honor de acompañar en vida, y yo compramos a lo largo de los años alguna que otra pequeña obra de artistas jóvenes ya algo considerados en su momento inicial. Tapizan las paredes de nuestra casa, pero de muchos de ellos no sabemos nada de su ulterior carrera artística. Suelen como evaporarse.

Como algunos lectores ya se habrán percatado, el entretanto famoso mercado del “gran” arte se ha convertido en un espectáculo un tanto vergonzoso y estúpido. A cada rato se lee que en alguna de las grandes casas de subastas de arte en Londres o Nueva York o donde fuera algunos multimillonarios se dan batallas con pujas igualmente multimillonarias por cuadros famosos que luego suelen desaparecer en sus colecciones privadas. Si acaso. Muchas veces queda la sospecha que la tal pieza no se mueve de su lugar en el depósito climatizado del respectivo banco y ahí queda como objeto de especulación financiera. El negocio consiste en enrarecer la obra de artistas para luego venderla a precios absurdos para el común. Especulación de multimillonarios aburridos.
 
Los Ludwig, hay que reconocerlo, fueron unos de los primeros en empujar esta locura especulativa. Probablemente no fueron conscientes de eso cuando empezaron a comprar arte actual, moderno, de artistas vivos, ya que los dos, aparte de haber estudiado historia del arte en la Universidad de Colonia, como dueños de una gran y exitosa empresa productora de dulces y chocolates, no tenían que estar observando continuamente sus depósitos financieros si querían comprar algo. No gastan en lujos, eran gente que vivía de una forma casi modesta.

La enorme diferencia entre los coleccionistas especuladores y los Ludwig fue su actitud social, distribuidora con lo que habían adquirido. Al cabo de los años de comprar arte, sobre todo en Alemania pero además por todo el mundo, fundaron una institución que distribuía su gigantesca colección de arte, hasta de arte popular, reunida a lo largo de 30 años, por todo el mundo. Lo más increíble era que las daban como préstamos permanentes o incluso las donaban a museos e instituciones culturales cuya única obligación era presentarlas al público amante y aficionado del arte. Eso de especular con sus colecciones no era cosa de ellos. Según cálculos de algún que otro especialista, el valor de la colección completa tenía que haber ascendido con el tiempo a un valor en el marcado de varios miles de millones de dólares. Los Ludwig en vida todavía.

¿Y a qué este discurso? Fue darme cuenta que yo, pequeño empleado y periodista de radio, que jamás llegaría a poder adquirir ni un dibujito de Picasso en una servilleta, si acaso. Y además, inflarse diciendo que yo era el propietario de un ... digamos Picasso? Ridículo. Pero además me asaltó una solución un tanto divertida a mis deseos de frustrado coleccionista de arte.

Aficionado a pasear los fines de semana por los rastros de Colonia, en Alemania, donde vivo, o los “mercados de pulgas” como también les dicen, había empezado a darme cuenta que en muchos puestos se exponian cuadros y pequeñas esculturas de madera, hierro o incluso de vidrio. Generalmente los cuadros en primera linea eran antiguo kitsch alemán, paisajes alpinos con sus indefectibles casas de campesinos y árboles retorcidos alrededor o grandes veleros en la mar tormentosa, se ubicaban en primera linea. Piezas de arte moderno había que descubrirlas detrás de las mesas o hasta debajo de ellas. Apenas se las veía.

 Comencé a preguntar casi de broma cuanto pedían por tal o cual cuadro moderno abstracto o surrealista que estaba arrimado por ahí y me llevé la sorpresa que muchos vendedores los daban a precios ridículos, por 5, 10, 15 Euros. Parecian hasta aliviados que por fin alguien se interesase por una pieza que ya habian cargado y descargado y vuelto a cargar durante meses de ir a los mercados y nadie se había interesado por ellos. Generalmente se trataba de obras desde los años 60 y 70 en adelante. Empecé a comprarlos y algunas veces incluso me los daben en mano, que me los llevara, que no tenían más ganas de volver a empacarlo. No es que esperaba afanar algún cuadro de un artista famoso como de vez en cuando se puede leer en las páginas de sucesos, me encantaban las imágenes de una generación de artistas poco menos que olvidada. Recuperaba testimonios artísticos de la gran época de arranque político y cultural de la República Federal, de los años 70 y 80 en que muchos jóvenes inquietos habían empezado a descubrir el arte abstracto o surrealista, además de la política, y se pusieron a hacerlo ellos mismo, como la política en aquellos tiempos. 

Hoy esta generación poco a poco está desapareciendo, sus herederos, si los hay, muchas veces no se interesan por lo que han dejado ahí “los viejos”. En los rastros alemanes se suele vender entonces gran parte lo que queda en los pisos si estos por mudanza o fallecimiento de los inquilinos deben entregarse vacíos. Hay numerosas empresas especializadas en este tipo de despejes de viviendas, por lo que hay que pagar bastante. Arrasan inmisericordes, lo tiran todo a la basura o lo que puede tener aún algún valor comerciable, muebles antiguos o alfombras, arte, se lo distribuyen entre ellos para llevarlo a los rastros.

Y en eso he quedado, desde hace 15 años ya. Me convertí en una especie de “Ludwig” de los rastros de Colonia, sobre todo de uno que todos los sábados tiene lugar a la vuelta de mi casa. Y, como es de esperar, generalmente los vendedores no conocen los nombres de los artistas ni la procedencia de los cuadros. Muy pocos de ellos llevan una signatura legible o un nombre anotado en el dorso. Da la curiosa impresión que incluso los artistas ellos mismos querian borrar sus huellas.

Pues de esta manera estoy aliviando de una forma más bien divertida el deseo de querer ser coleccionista de arte y no tener el trasfondo financiero correspondiente. Me convertí en un “Mini-Ludwig” del arte anónimo de los rastros de Colonia al cual le he dedicado con ayuda de un amigo una página WEB porque las entretanto 250 piezas que llegaron a mis manos tienen derecho a que los admiren o alguien los critique.


Y de esta manera también se me ha ido este sentimiento de envidia por los Ludwig que entretanto ya fallecieron. Muy dignamente conservaron su linea de conducta de distribuir en todo el mundo sus grandes colecciones de las cuales una incluso está ubicada en un museo de Peking. La más hermosa sin embargo se encuentra en Colonia, una de mis dos ciudades. Se encuentra en el museo de arte moderno de la ciudad que se llama, como no, como ellos: Museum Ludwig.

Postscriptum:

Tuve la breve suerte de toparme una vez con el matrimonio Ludwig. Fue en el 1992, en el quinto centenario del llamado descubrimiento de América por el tal Cristobal Colón. En mi ciudad Colonia se había organizado una gran exposición de arte americano, sobre todo latinoamericano, y numerosos coleccionistas habían cedido obras para esta muestra. Claro que asistí a la apertura con discursos profundos recordando las relaciones artísticas entre Europa y las Américas. Después quedó abierto el gran salón con numerosos biombos añadidos para crear más espacio de presentación. Fue una exposición extraordinaria, jamás repetible.

Yo en 1992 había acordado “año sabático”. No trabajaba ni cobraba. Me había ido a Costa Rica para dar un curso de producción radiofónica y había pasado unos cuantos meses ahí. A la vuelta, en la gran exposición de Colonia a finales de 1992, me volví a topar con Costa Rica, y por única y brevisima vez con los Ludwig. Después de la apertura del gran salón me había quedado delante de un gran grabado de Francisco Amighetti, pintor y grabador “tico” (costarricense), al cual había llegado a conocer durante mi estancia en el paisito. El me había comentado entonces, al saber que yo venía de Alemania, que hacía años un matrimonio “Ludwig” había venido a San José expresamente para visitarlo y comprar obra de él. Cosa que lo llamó mucho a atención. Ahí estaba pues yo delante de unos hermosos “Amighetti” cuando apareció al lado mio una pareja ya algo mayor, dos personas más bien bajitas, estudiando detenidamente los grabados. Y en algún momento percibí a pesar del zumbido general en la sala como el señor comentaba a la señora que le interesaría saber como le iría a don Paco Amighetti en el lejano Costa Rica.

Salté descaradamente la norma de la cortesía de no entrometerse en conversaciones privadas aunque sea en un lugar público, me acerqué al Sr. Ludwig, porque tenía que ser él que estaba ahí a mi derecha, y le comenté que al Sr. Amighetti le iba bastante bien a pesar de sus casi 90 años, que yo había vuelto de Costa Rica hacía unas pocas semanas y que don Paco, al que había llegado a conocer, me había comentado que tenía unos coleccionistas alemanes en Colonia venidos unos años ha expresamente para ver su obra y llevarse unas cuantas piezas.

Y eso fue. El Sr. Ludwig me dió unas breves gracias por la noticia con la habitual cortesía distante de personas renombradas que quieren evitar contactos con oportunistas molestos y pesados, fuéronse y no hubo más nada.