Desde tiempo inmemorial, por Galicia circula un dicho según el cual, mientras Vigo trabaja, Pontevedra duerme, Santiago reza y La Coruña se divierte. Es la tercera CCAA de España con más kilómetros de costa, lo que unido a las dieciocho rías, contabilizando las altas y las bajas, otorga un estrecho contacto con el mar. Tierra y mar están “amarraditos”, que cantaba María Dolores Pradera, en un contexto diferente.
Un mar de nubes y claros nos acompaña en la aproximación al aeropuerto de Alvedro, con la vista puesta en la ría que da acceso a la ciudad, en cuyo margen se aglomeran un grupo de casas terreras de una planta, antaño morada de madres coraje, atendiendo hij@s junto al cuidado de animales y un pequeño terreno de labranza, cuando a mediados del pasado siglo, la emigración encumbró a la morriña en el recuerdo. Tenho morriña, tenho saudade, porque estou lonxe de eses teus lares, cantaba Julio Iglesias. Vestigios de un tiempo pasado que tanto ha marcado al noble pueblo gallego, tan accesible, amable y servicial con el turista como acogedor con los emigrantes. Y así pasinho a pasinho, desde el tren de Andrés Dobarro, canción pegadiza de los comienzos del género Pop, allá en los lejanos años 60 del pasado siglo, fue evolucionando hacia lo que hoy constituye la Galicia actual.
Galicia es cuna de gente emprendedora con modistos con proyección internacional como Adolfo Domínguez, Roberto Verino, Purificación García, y más recientemente, Bimba y Lola…, sobrinas de Adolfo Dominguez, quien divulgó aquello de “la arruga es bella”. Pero también del empresario coruñés, Amancio Ortega, quien fija su residencia, cerrada a cal y canto, frente al muelle deportivo de la Coruña donde cuentan, suele ir a tomar café.
El frente marítimo se extiende desde la playa de Riazor y su homónima contigua, la de Arzón, subiendo hacia los confines de la carretera en pendiente, que lleva hacia la Torre de Hércules, colindando con el Océano Atlántico, tras un pequeño desvío, allí donde el alcance de la vista, se pierde en el horizonte, mientras la brisa marina te acaricia la cara. Algo más hacia arriba, la coqueta playa de Las Lapas, recogida en una pequeña ensenada, culminando un agradable paseo tras el cual haciendo un giro de noventa grados se inicia el regreso hacia la otra cara de la costa, hasta alcanzar el Muelle Deportivo. Como isleño, es quizá, el mayor atractivo de la ciudad, junto con el casco antiguo donde destacan algunas edificaciones del gótico tardío, al igual que sucede con Betanzos, así como la casa en la que vivió Emilia Pardo Bazán, referente iniciático del feminismo y con quien Benito Pérez Galdós, mantuvo una relación.
El antiguo barrio marinero, provisto de calles estrechas para impedir el paso de las tropas inglesas, según nos contó un lugareño, y a quienes se enfrentó con valentía, María Pita, la Agustina de Aragón gallega, quien da nombre a la plaza principal de la ciudad, junto a la zona comercial y de restauración, en la calle Real y el teatro Rosalía de Castro, son un referente turístico de la ciudad, como las edificaciones modernistas, desde el llamado Cantón Largo, siguiendo el camino con la vista puesta en el Parque La Mina y la enorme lonja de pescado..
La “Praza de Pontevedra”, centro álgido, acoge el transporte urbano a precio muy razonable, que transita hasta la parte más alta de A Coruña, pasando por la zona de Juan Flores y la zona comercial de Cuatro Caminos, próxima a la estación de autobuses interurbanos, incluidas salidas internacionales, pasando por la Ronda de Outeiro, habitada mayormente por clase trabajadora, hasta las estribaciones más altas en la Avda de Arteixo, donde se ubica el Centro Comercial más popular de la ciudad y otros establecimientos en una zona actualmente en desarrollo.
A Santiago de Compostela, llegamos caminando desde la remozada estación de guaguas y trenes, ubicada tras una ardua pendiente, hasta alcanzar el pueblo que precede al casco histórico, en el que destaca un inmenso parque. Ya en el old town, accedemos hasta la Plaza del Obradoiro con su imponente catedral, dotada de una mezcolanza de estilos arquitectónicos, desde el románico, pasando por el gótico y barroco, este último con mayor predominancia, a través de un enjambre de calles estrechas y empedradas, desde las que se respira el devenir del tiempo. Santiago hace años que está de moda; afectada por el boom turístico con abundancia de restaurantes -para guiris- en terrazas con mesas agolpadas unas contra las otras donde se puede disfrutar de las bondades de la gastronomía gallega, en raciones poco generosas, si atendemos a que el pulpo, viene a ser el equivalente de las papas arrugás canarias, servido en plato grande, aunque más apto para el de postre, con los efluvios vecinos del caldo gallego, mientras apuras los pimientos de Padrón, una golosina nunca deleznable. La vida puede ser maravillosa, parafraseando al gran Andrés Montes con quien la vida que tanto amaba, fue injusta, cuando tanto le quedaba por ofrecernos, mientras asistes al enorme trasiego de gente, entre peregrinos y turistas, amenizada con músicos urbanos. Abundancia de boutiques con merchandising religioso y/o propio del lugar, donde suele estar presente la Santiaguiña, como también se le conoce, o tarta de Santiago. La ofrecen en la calle, por lo que antes de decidirte, tienes la posibilidad por un precio que oscila entre los 12 y los 18 euros, de elegir la que más se adapte a tu gusto. Y así, completamos una visita provechosa
Anduriña, en la voz de Juan Pardo, ya no tendría que salir de su pueblo en la búsqueda de una mejor vida. La Galicia actual, es una comunidad emergente, que mira al futuro con optimismo, alejada de la saudade, esa morriña a la que Rosalía de Castro hacía mención en su segundo libro de Follas Novas: “una adiós a todos que se van da terra, e outros que chegan cheos de miseria”.
Pedro J. Valcárcel. Julio 2026.
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