viernes, 5 de octubre de 2012

El origen de la vida y el Cosmos en Francisco Lezcano


     Quería ir a Marte en el cohete, por eso les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte…. Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces.
 El contribuyente, de Ray Bradbury
                                        
Desde el inicio de sus días, el hombre ha imaginado, ha soñado y ha fantaseado alguna vez con vivir en un mundo bello, igual que en un paraíso perdido. Poder ser felices entre leyes perfectas e infalibles que hagan de nuestra vida una fantasía eterna.

Porque la vida sin sueños no tendría sentido y eso lo sabe Francisco Lezcano, por eso desde que era muy niño, igual que un caballero de la corte, ha salido en busca de la aventura. Se ha fijado en los  habitantes de la edad de Piedra, en aquellos pintores que fueron capaces de plasmar a los animales y a las personas que veían a diario. Ha observado la pintura
rupestre que admira como un arte alegórico porque a través de ella nos permite la comunicación a mundos sobrenaturales. A ese arte que es representativo de toda la pintura que le seguiría.

Así Lezcano nos muestra figuras humanas en paisajes telúricos, sus huellas, que están ahí para afirmar la presencia de seres en nuestro planeta y en otras esferas. Y nos recuerda el lugar que ocupan en la cadena de la vida. Figuras sencillas que plasman el misterio de la existencia, creadas con una gran fuerza y sutileza.
Porque nuestro artista transita universos imaginarios y reales, se plantea los problemas de la civilización moderna: despiadada y vacía, el poder amenazador de los agujeros negros, de la difusión de la conciencia de las masas, y, sobre todo, ese fantasma del poder esclavizador y destructor que es el hombre-máquina, creado para organizar y controlar.

Escarba nuestro poeta en los mundos de espacios infinitos, futuristas, desconocidos, inhóspitos, en espacios míticos, lleno de magia y de lírica, en donde al igual que en “Un mundo feliz de Aldous Huxley, en el que sacrificaron a sus habitantes para crear nuevas formas de vida, nuestro pintor,  también como un viajero intergaláctico, se anticipa en su pintura como ha hecho siempre en su literatura, y nos conduce como si estuviésemos dentro de un mundo de ciencia ficción a esas tierras de ultramundos, donde la tierra no es el único sitio en el que habita el ser humano porque éste último sale a la conquista de otros universos, para juntos alcanzar las estrellas.
Y lo hace quizás como medida de salvación o de evasión de un mundo desprovisto de sorpresas.  Sale a la conquista de otros universos, a viajar de Saturno a Júpiter y  de Júpiter a Ganímides, a una nueva civilización fantástica. Nos traslada a ese misterio repleto de hechizos y sueños del inconsciente. Nos introduce a eso que podríamos llamar la Plenitud.

Y logra preservar el misterio de la vida, a través de su técnica mixta con la que hace una simbiosis, una amalgama usando procedimientos tradicionales, re-descubiertos por él y otros reinventados logra espacios de la imaginación, que embriagan por su fuerza cromática. Y consigue el viaje de arriba, el viaje al Cosmos.

Y crea lienzos que adquieren una dimensión edénica, repleta de rumores y temblorosas olas, donde podemos escuchar el hervor de las arenas del desierto o el ruido del viento o de un mar placentero. Donde podemos observar  varios soles, desmedidos, donde las montañas como el mar sirven de nexo de unión con el mundo. La vida de otros seres, algunos híbridos. Elementos cargados del valor sensorial como fuente de goce.

Así en esta exposición contemplamos visiones planetarias, los vapores del cielo rojo de Marte, tierras extrañas, recónditas, en donde los picos de los volcanes tocan el cielo. Macizos, chimeneas encendidas, plantas y criaturas que nacen de las profundidades, cactus gigantes. Y hongos: una constante en su obra. Grandes pájaros mudos, y mariposas que anidan huevos, como símbolo de vida y reencarnación del alma.

Francisco Lezcano nos muestra en esta exposición simbolista, un trabajo lleno de poesía y de color, de experiencia estética. Un Universo extraordinario, que nos impulsa a descubrir el devenir misterioso de la humanidad, sus secretos, a recorrerlos en una búsqueda casi espiritual.

Una exposición que ha nacido de la necesidad de celebrar la vida, de evocar o de descubrir cosas a través de un estado del alma, a través de soñar mundos de belleza en los que refugiarse de la mediocridad.

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