domingo, 12 de julio de 2026

CUARENTA Y SEIS AÑOS DESPUÉS

 Desde tiempo inmemorial, por Galicia circula un dicho según el cual, mientras Vigo trabaja, Pontevedra duerme, Santiago reza y La Coruña se divierte. Es la tercera CCAA de España con más kilómetros de costa, lo que unido a las dieciocho rías, contabilizando las altas y las bajas, otorga un estrecho contacto con el mar. Tierra y mar están “amarraditos”, que cantaba María Dolores Pradera, en un  contexto diferente.

                         



Un mar de nubes y claros nos acompaña en la aproximación al aeropuerto de Alvedro, con la vista puesta en la ría que da acceso a la ciudad, en cuyo margen se aglomeran un grupo de casas terreras de una planta, antaño morada de madres coraje, atendiendo hij@s junto al cuidado de animales y un pequeño terreno de labranza, cuando a mediados del pasado siglo, la emigración encumbró a la morriña en el recuerdo. Tenho morriña, tenho saudade, porque estou lonxe de eses teus lares, cantaba Julio Iglesias. Vestigios de un tiempo pasado que tanto ha marcado al noble pueblo gallego, tan accesible, amable y servicial con el turista como acogedor con los emigrantes. Y así pasinho a pasinho, desde el tren de Andrés Dobarro, canción pegadiza de los comienzos del género Pop, allá en los lejanos años 60 del pasado siglo, fue evolucionando hacia lo que hoy constituye la Galicia actual. 


Galicia es cuna de gente emprendedora con modistos con proyección internacional como Adolfo Domínguez, Roberto Verino, Purificación García, y más recientemente, Bimba y Lola…, sobrinas de Adolfo Dominguez, quien divulgó aquello de “la arruga es bella”. Pero también del empresario coruñés,  Amancio Ortega, quien fija su residencia, cerrada a cal y canto, frente al muelle deportivo de la Coruña donde cuentan, suele ir a tomar café. 


El frente marítimo se extiende desde la playa de Riazor y su homónima contigua, la de Arzón, subiendo hacia los confines de la carretera en pendiente, que lleva hacia la Torre de Hércules, colindando con el Océano Atlántico, tras un pequeño desvío, allí donde el alcance de la vista, se pierde en el horizonte, mientras la brisa marina te acaricia la cara. Algo más hacia arriba, la coqueta playa de Las Lapas, recogida en una pequeña ensenada, culminando un agradable paseo tras el cual haciendo un giro de noventa grados se inicia el regreso hacia la otra cara de la costa, hasta alcanzar el Muelle Deportivo. Como isleño, es quizá, el mayor atractivo de la ciudad, junto con el casco antiguo donde destacan algunas edificaciones del gótico tardío, al igual que sucede con Betanzos, así como la casa en la que vivió Emilia Pardo Bazán, referente iniciático del feminismo y con quien Benito Pérez Galdós, mantuvo una relación.


El antiguo barrio marinero, provisto de calles estrechas para impedir el paso de las tropas inglesas, según nos contó un lugareño, y a quienes se enfrentó con valentía, María Pita, la Agustina de Aragón gallega, quien da nombre a la plaza principal de la ciudad, junto a la zona comercial y de restauración, en la calle Real y el teatro Rosalía de Castro, son un referente turístico de la ciudad, como las edificaciones modernistas, desde el llamado Cantón Largo, siguiendo el camino con la vista puesta en el Parque La  Mina y la enorme lonja de pescado..





La “Praza de Pontevedra”, centro álgido, acoge el transporte urbano a precio muy razonable, que transita hasta la parte más alta de A Coruña, pasando por la zona de Juan Flores y la zona comercial de Cuatro Caminos, próxima a la estación de autobuses interurbanos, incluidas salidas internacionales, pasando por la Ronda de Outeiro, habitada mayormente por clase trabajadora, hasta las estribaciones más altas en la Avda de Arteixo, donde se ubica el Centro Comercial más popular de la ciudad y otros establecimientos en una zona actualmente en desarrollo.    


A Santiago de Compostela, llegamos caminando desde la remozada estación de guaguas y trenes, ubicada tras una ardua pendiente, hasta alcanzar el pueblo que precede al casco histórico, en el que destaca un inmenso parque. Ya en el old town, accedemos hasta la Plaza del Obradoiro con su imponente catedral, dotada de una mezcolanza de estilos arquitectónicos, desde el románico, pasando por el gótico y barroco, este último con mayor predominancia, a través de un enjambre de calles estrechas y empedradas, desde las que se respira el devenir del tiempo. Santiago hace años que está de moda; afectada por el boom turístico con abundancia de restaurantes -para guiris- en terrazas con mesas  agolpadas unas contra las otras donde se puede disfrutar de las bondades de la gastronomía gallega, en raciones poco generosas, si atendemos a que el pulpo, viene a ser el equivalente de las papas arrugás canarias, servido en plato grande, aunque más apto para el de postre, con los efluvios vecinos del caldo gallego, mientras apuras los pimientos de Padrón, una golosina nunca deleznable. La vida puede ser maravillosa, parafraseando al gran Andrés Montes con quien la vida que tanto amaba, fue injusta, cuando tanto le quedaba por ofrecernos, mientras asistes al enorme trasiego de gente, entre peregrinos y turistas, amenizada con músicos urbanos. Abundancia de boutiques con merchandising religioso y/o propio del lugar, donde suele estar presente la Santiaguiña, como también se le conoce, o tarta de Santiago. La ofrecen en la calle, por lo que antes de decidirte, tienes la posibilidad por un precio que oscila entre los 12 y los 18 euros, de elegir la que más se adapte a tu gusto. Y así, completamos una visita provechosa


Anduriña, en la voz de Juan Pardo, ya no tendría que salir de su pueblo en la búsqueda de una mejor vida. La Galicia actual, es una comunidad emergente, que mira al futuro con optimismo, alejada de la saudade, esa morriña a la que Rosalía de Castro hacía mención en su segundo libro de Follas Novas: “una adiós a todos que se van da terra, e outros que chegan cheos de miseria”.


Pedro J. Valcárcel. Julio 2026.


domingo, 5 de julio de 2026

“Vergüenza Póstuma”, por Aurelio V. Lorenzo Casimiro.


Siempre he dicho que mi cabeza no anda demasiado fina. Los años, los golpes y las cicatrices que uno acumula en el cráneo y en el alma tienen esas cosas. Sin embargo, para ciertas cuestiones nunca hizo falta ser un sabio. Bastaba con tener ojos, oídos y la costumbre de pensar.

Recuerdo un tiempo que, para ser sincero, no sé cuándo empezó ni cuándo tendrá a bien terminar. En donde las instituciones públicas de un mencionado país todo funcionaba a imagen y semejanza de quienes las ocupaban.

Pasando el tiempo llegaron otros nuevos mandatarios, con nuevas palabras, ideas, promesas y un nuevo sistema llamado Democracia.

—¡Ahora si que esto va a funcionar! —decían todos.

Y funcionaba, pero de aquella manera, tan de aquella manera que, para muchos, vivir se convirtió en una actividad de riesgo moderado.

Con los años observé algo curioso. En aquellas instituciones se perdían muchas cosas: no desaparecían los edificios, tampoco los cuadros que colgaban de los lujosos pasillos, ni los expedientes, ni siquiera las macetas que adornaban las esquinas con una resignación vegetal digna de estudio. Lo que se perdía era otra cosa: La vergüenza.

Aunque lo más extraordinario era que nadie parecía denunciar su desaparición.

Una mañana, mientras aguardaba turno en una dependencia oficial cuyo nombre no viene al caso porque todas se parecían bastante, escuché una conversación detrás de una puerta entreabierta.

—¿Y qué hacemos con el expediente del señor Benítez? —preguntó una voz.

—¿Qué Benítez?

—El escritor.

—¿Está vivo?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Entonces no hay prisa.

—Pero lleva cuarenta años promoviendo la cultura de esta ciudad por cualquier lugar.

—¡Precisamente! Si esperamos un poco más, parecerá que lo hemos descubierto nosotros.

Aquella respuesta fue recibida con un murmullo de aprobación. Yo seguí esperando mi turno. Y ellos siguieron esperando que el escritor falleciera. Pude comprobar que era una tradición de arraigo.

En aquel país existía una extraña costumbre. Cuando alguien dedicaba su vida al servicio de la sociedad, las instituciones desarrollaban una paciencia admirable. Esperaban veinte años, treinta, cincuenta. A veces un siglo. Solo entonces llegaban las placas, los homenajes, las medallas, los reconocimientos en forma de nombre a polideportivos o calles; eran como el buen vino según el gobernante de turno, aunque yo siempre sospeché que se parecía más al pescado olvidado en una despensa.

Un día, decidido a comprender aquel fenómeno, asistí a una reunión pública que era presidida por un gobernador sonriente que acababa de anunciar la concesión del título de Hijo Predilecto a un ciudadano fallecido hacía varias décadas.

La sala estalló en aplausos.

—Una deuda histórica —declaró solemnemente el gobernador.

Yo levanté la mano.

—Perdone vuestra excelencia.

—Diga.

—¿Y por qué no le concedieron el honor cuando estaba vivo?

La sonrisa del gobernador sufrió una ligera avería.

—Porque entonces las circunstancias eran distintas.

—¿Qué circunstancias? Comentó don Indalecio.

—Bueno… —en eso se quedó; en el “bueno”, no supo cómo regatear la pregunta.

—¿Estaba demasiado vivo quizá?, dijo con una sonrisa.

La sala quedó en silencio y algunos intentaron contener las carcajadas, otros fingieron consultar documentos imaginarios y mientras, el gobernador carraspeó.

—Lo importante es que hoy se hace justicia.

—Curiosa justicia la que llega cuando el interesado ya no puede agradecerla ni protestar por la tardanza —respondió.

—Las preguntas no figuran en el orden del día —comentó doña Alicia, encargada del protocolo.

A partir de entonces comencé a fijarme más y descubrí que el mecanismo era siempre parecido. Primero se ignoraba al personaje, para más tarde sacarlo a la palestra. Después se organizaba un acto solemne para proclamar que había sido imprescindible y, entre discurso y discurso aparecía inevitablemente la frase mágica:

—Todo esto ha sido posible gracias a nosotros.

Aquella expresión era fascinante; parecía capaz de atribuir méritos retrospectivos con una facilidad sobrenatural.

Si un científico había realizado una aportación extraordinaria hacía medio siglo, era gracias a ellos. Si un artista había engrandecido la ciudad durante toda una vida, era gracias a ellos. Y si un vecino distinguido había llevado el nombre del pueblo por el mundo, también era gracias a ellos. Por lo que pronto sospeché que, de haber podido, se habrían atribuido incluso la salida del sol.

Una tarde compartí mis conclusiones con Expedito, un jubilado profesional que llevaba treinta años retirado y cuarenta observando la vida desde un banco de la plaza.

—¿Sabes lo que pasa?— me dijo.

—No.

—Que reconocer a alguien en vida tiene un inconveniente.

—¿Cuál?

—Que puede hablar.

Aquella explicación resolvió más dudas que cien informes oficiales. Los muertos poseen una virtud muy apreciada por determinadas administraciones. No contradicen los discursos, no corrigen los errores, no recuerdan quién les cerró las puertas. Y sobre todo no comparecen ante la prensa. Desde entonces comprendí que aquellas instituciones funcionaban de una manera peculiar. Los asuntos que exigían cabeza se resolvían con los pies, las decisiones que requerían memoria se tomaban desde el olvido. Y los homenajes que debían nacer de la gratitud acababan naciendo de la conveniencia. Lo extraordinario era que el sistema sobrevivía a todos los cambios.

Y aunque entraban unos y salían otros, sólo cambiaban los retratos, los colores, los eslóganes, pero la maquinaria permanecía intacta. Como esas viejas campanas que siguen sonando aunque se sustituya al campanero.

A veces me pregunto si algún día alguien propondrá una medida revolucionaria para reconocer los méritos cuando aún puedan disfrutarse, agradecer antes del entierro y honrar antes del mármol. Pero inmediatamente recuerdo que ya soy viejo y que en cuestiones institucionales la imaginación suele considerarse una peligrosa extravagancia. Por eso, mientras observo otras ceremonias de homenajes tardíos, no puedo evitar acordarme de mi bisabuela Maye, que desde su humilde casa del barrio marinero resumía verdades complejas con admirable precisión. No aprendió en las aulas, sino en la escuela de la vida, y los cien años que alcanzó a vivir daban autoridad a cada una de sus

—Hijo hay cosas que hasta un ciego puede ver.

Y, francamente, sospecho que ésta era una de ellas.