Siempre he dicho que mi cabeza
no anda demasiado fina. Los años, los golpes y las cicatrices que uno acumula
en el cráneo y en el alma tienen esas cosas. Sin embargo, para ciertas
cuestiones nunca hizo falta ser un sabio. Bastaba con tener ojos, oídos y la
costumbre de pensar.
Recuerdo un tiempo que, para
ser sincero, no sé cuándo empezó ni cuándo tendrá a bien terminar. En donde las
instituciones públicas de un mencionado país todo funcionaba a imagen y
semejanza de quienes las ocupaban.
Pasando el tiempo llegaron
otros nuevos mandatarios, con nuevas palabras, ideas, promesas y un nuevo
sistema llamado Democracia.
—¡Ahora si que esto va a
funcionar! —decían todos.
Y funcionaba, pero de aquella
manera, tan de aquella manera que, para muchos, vivir se convirtió en una
actividad de riesgo moderado.
Con los años observé algo
curioso. En aquellas instituciones se perdían muchas cosas: no desaparecían los
edificios, tampoco los cuadros que colgaban de los lujosos pasillos, ni los
expedientes, ni siquiera las macetas que adornaban las esquinas con una
resignación vegetal digna de estudio. Lo que se perdía era otra cosa: La
vergüenza.
Aunque lo más extraordinario
era que nadie parecía denunciar su desaparición.
Una mañana, mientras aguardaba
turno en una dependencia oficial cuyo nombre no viene al caso porque todas se
parecían bastante, escuché una conversación detrás de una puerta entreabierta.
—¿Y qué hacemos con el
expediente del señor Benítez? —preguntó una voz.
—¿Qué Benítez?
—El escritor.
—¿Está vivo?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
—Entonces no hay prisa.
—Pero lleva cuarenta años
promoviendo la cultura de esta ciudad por cualquier lugar.
—¡Precisamente! Si esperamos un
poco más, parecerá que lo hemos descubierto nosotros.
Aquella respuesta fue recibida
con un murmullo de aprobación. Yo seguí esperando mi turno. Y ellos siguieron
esperando que el escritor falleciera. Pude comprobar que era una tradición de
arraigo.
En aquel país existía una
extraña costumbre. Cuando alguien dedicaba su vida al servicio de la sociedad,
las instituciones desarrollaban una paciencia admirable. Esperaban veinte años,
treinta, cincuenta. A veces un siglo. Solo entonces llegaban las placas, los
homenajes, las medallas, los reconocimientos en forma de nombre a
polideportivos o calles; eran como el buen vino según el gobernante de turno,
aunque yo siempre sospeché que se parecía más al pescado olvidado en una
despensa.
Un día, decidido a comprender
aquel fenómeno, asistí a una reunión pública que era presidida por un
gobernador sonriente que acababa de anunciar la concesión del título de Hijo
Predilecto a un ciudadano fallecido hacía varias décadas.
La sala estalló en aplausos.
—Una deuda histórica —declaró
solemnemente el gobernador.
Yo levanté la mano.
—Perdone vuestra excelencia.
—Diga.
—¿Y por qué no le concedieron
el honor cuando estaba vivo?
La sonrisa del gobernador
sufrió una ligera avería.
—Porque entonces las
circunstancias eran distintas.
—¿Qué circunstancias? Comentó
don Indalecio.
—Bueno… —en eso se quedó; en el
“bueno”, no supo cómo regatear la pregunta.
—¿Estaba demasiado vivo quizá?,
dijo con una sonrisa.
La sala quedó en silencio y
algunos intentaron contener las carcajadas, otros fingieron consultar
documentos imaginarios y mientras, el gobernador carraspeó.
—Lo importante es que hoy se
hace justicia.
—Curiosa justicia la que llega
cuando el interesado ya no puede agradecerla ni protestar por la tardanza
—respondió.
—Las preguntas no figuran en el
orden del día —comentó doña Alicia, encargada del protocolo.
A partir de entonces comencé a
fijarme más y descubrí que el mecanismo era siempre parecido. Primero se
ignoraba al personaje, para más tarde sacarlo a la palestra. Después se
organizaba un acto solemne para proclamar que había sido imprescindible y,
entre discurso y discurso aparecía inevitablemente la frase mágica:
—Todo esto ha sido posible
gracias a nosotros.
Aquella expresión era
fascinante; parecía capaz de atribuir méritos retrospectivos con una facilidad
sobrenatural.
Si un científico había
realizado una aportación extraordinaria hacía medio siglo, era gracias a ellos.
Si un artista había engrandecido la ciudad durante toda una vida, era gracias a
ellos. Y si un vecino distinguido había llevado el nombre del pueblo por el
mundo, también era gracias a ellos. Por lo que pronto sospeché que, de haber
podido, se habrían atribuido incluso la salida del sol.
Una tarde compartí mis
conclusiones con Expedito, un jubilado profesional que llevaba treinta años
retirado y cuarenta observando la vida desde un banco de la plaza.
—¿Sabes lo que pasa?— me dijo.
—No.
—Que reconocer a alguien en
vida tiene un inconveniente.
—¿Cuál?
—Que puede hablar.
Aquella explicación resolvió
más dudas que cien informes oficiales. Los muertos poseen una virtud muy
apreciada por determinadas administraciones. No contradicen los discursos, no
corrigen los errores, no recuerdan quién les cerró las puertas. Y sobre todo no
comparecen ante la prensa. Desde entonces comprendí que aquellas instituciones
funcionaban de una manera peculiar. Los asuntos que exigían cabeza se resolvían
con los pies, las decisiones que requerían memoria se tomaban desde el olvido.
Y los homenajes que debían nacer de la gratitud acababan naciendo de la
conveniencia. Lo extraordinario era que el sistema sobrevivía a todos los
cambios.
Y aunque entraban unos y salían
otros, sólo cambiaban los retratos, los colores, los eslóganes, pero la
maquinaria permanecía intacta. Como esas viejas campanas que siguen sonando
aunque se sustituya al campanero.
A veces me pregunto si algún
día alguien propondrá una medida revolucionaria para reconocer los méritos
cuando aún puedan disfrutarse, agradecer antes del entierro y honrar antes del
mármol. Pero inmediatamente recuerdo que ya soy viejo y que en cuestiones
institucionales la imaginación suele considerarse una peligrosa extravagancia.
Por eso, mientras observo otras ceremonias de homenajes tardíos, no puedo
evitar acordarme de mi bisabuela Maye, que desde su humilde casa del barrio
marinero resumía verdades complejas con admirable precisión. No aprendió en las
aulas, sino en la escuela de la vida, y los cien años que alcanzó a vivir daban
autoridad a cada una de sus
—Hijo hay cosas que hasta un
ciego puede ver.
Y, francamente, sospecho que
ésta era una de ellas.