domingo, 5 de julio de 2026

“Vergüenza Póstuma”, por Aurelio V. Lorenzo Casimiro.


Siempre he dicho que mi cabeza no anda demasiado fina. Los años, los golpes y las cicatrices que uno acumula en el cráneo y en el alma tienen esas cosas. Sin embargo, para ciertas cuestiones nunca hizo falta ser un sabio. Bastaba con tener ojos, oídos y la costumbre de pensar.

Recuerdo un tiempo que, para ser sincero, no sé cuándo empezó ni cuándo tendrá a bien terminar. En donde las instituciones públicas de un mencionado país todo funcionaba a imagen y semejanza de quienes las ocupaban.

Pasando el tiempo llegaron otros nuevos mandatarios, con nuevas palabras, ideas, promesas y un nuevo sistema llamado Democracia.

—¡Ahora si que esto va a funcionar! —decían todos.

Y funcionaba, pero de aquella manera, tan de aquella manera que, para muchos, vivir se convirtió en una actividad de riesgo moderado.

Con los años observé algo curioso. En aquellas instituciones se perdían muchas cosas: no desaparecían los edificios, tampoco los cuadros que colgaban de los lujosos pasillos, ni los expedientes, ni siquiera las macetas que adornaban las esquinas con una resignación vegetal digna de estudio. Lo que se perdía era otra cosa: La vergüenza.

Aunque lo más extraordinario era que nadie parecía denunciar su desaparición.

Una mañana, mientras aguardaba turno en una dependencia oficial cuyo nombre no viene al caso porque todas se parecían bastante, escuché una conversación detrás de una puerta entreabierta.

—¿Y qué hacemos con el expediente del señor Benítez? —preguntó una voz.

—¿Qué Benítez?

—El escritor.

—¿Está vivo?

—Sí.

Hubo un breve silencio.

—Entonces no hay prisa.

—Pero lleva cuarenta años promoviendo la cultura de esta ciudad por cualquier lugar.

—¡Precisamente! Si esperamos un poco más, parecerá que lo hemos descubierto nosotros.

Aquella respuesta fue recibida con un murmullo de aprobación. Yo seguí esperando mi turno. Y ellos siguieron esperando que el escritor falleciera. Pude comprobar que era una tradición de arraigo.

En aquel país existía una extraña costumbre. Cuando alguien dedicaba su vida al servicio de la sociedad, las instituciones desarrollaban una paciencia admirable. Esperaban veinte años, treinta, cincuenta. A veces un siglo. Solo entonces llegaban las placas, los homenajes, las medallas, los reconocimientos en forma de nombre a polideportivos o calles; eran como el buen vino según el gobernante de turno, aunque yo siempre sospeché que se parecía más al pescado olvidado en una despensa.

Un día, decidido a comprender aquel fenómeno, asistí a una reunión pública que era presidida por un gobernador sonriente que acababa de anunciar la concesión del título de Hijo Predilecto a un ciudadano fallecido hacía varias décadas.

La sala estalló en aplausos.

—Una deuda histórica —declaró solemnemente el gobernador.

Yo levanté la mano.

—Perdone vuestra excelencia.

—Diga.

—¿Y por qué no le concedieron el honor cuando estaba vivo?

La sonrisa del gobernador sufrió una ligera avería.

—Porque entonces las circunstancias eran distintas.

—¿Qué circunstancias? Comentó don Indalecio.

—Bueno… —en eso se quedó; en el “bueno”, no supo cómo regatear la pregunta.

—¿Estaba demasiado vivo quizá?, dijo con una sonrisa.

La sala quedó en silencio y algunos intentaron contener las carcajadas, otros fingieron consultar documentos imaginarios y mientras, el gobernador carraspeó.

—Lo importante es que hoy se hace justicia.

—Curiosa justicia la que llega cuando el interesado ya no puede agradecerla ni protestar por la tardanza —respondió.

—Las preguntas no figuran en el orden del día —comentó doña Alicia, encargada del protocolo.

A partir de entonces comencé a fijarme más y descubrí que el mecanismo era siempre parecido. Primero se ignoraba al personaje, para más tarde sacarlo a la palestra. Después se organizaba un acto solemne para proclamar que había sido imprescindible y, entre discurso y discurso aparecía inevitablemente la frase mágica:

—Todo esto ha sido posible gracias a nosotros.

Aquella expresión era fascinante; parecía capaz de atribuir méritos retrospectivos con una facilidad sobrenatural.

Si un científico había realizado una aportación extraordinaria hacía medio siglo, era gracias a ellos. Si un artista había engrandecido la ciudad durante toda una vida, era gracias a ellos. Y si un vecino distinguido había llevado el nombre del pueblo por el mundo, también era gracias a ellos. Por lo que pronto sospeché que, de haber podido, se habrían atribuido incluso la salida del sol.

Una tarde compartí mis conclusiones con Expedito, un jubilado profesional que llevaba treinta años retirado y cuarenta observando la vida desde un banco de la plaza.

—¿Sabes lo que pasa?— me dijo.

—No.

—Que reconocer a alguien en vida tiene un inconveniente.

—¿Cuál?

—Que puede hablar.

Aquella explicación resolvió más dudas que cien informes oficiales. Los muertos poseen una virtud muy apreciada por determinadas administraciones. No contradicen los discursos, no corrigen los errores, no recuerdan quién les cerró las puertas. Y sobre todo no comparecen ante la prensa. Desde entonces comprendí que aquellas instituciones funcionaban de una manera peculiar. Los asuntos que exigían cabeza se resolvían con los pies, las decisiones que requerían memoria se tomaban desde el olvido. Y los homenajes que debían nacer de la gratitud acababan naciendo de la conveniencia. Lo extraordinario era que el sistema sobrevivía a todos los cambios.

Y aunque entraban unos y salían otros, sólo cambiaban los retratos, los colores, los eslóganes, pero la maquinaria permanecía intacta. Como esas viejas campanas que siguen sonando aunque se sustituya al campanero.

A veces me pregunto si algún día alguien propondrá una medida revolucionaria para reconocer los méritos cuando aún puedan disfrutarse, agradecer antes del entierro y honrar antes del mármol. Pero inmediatamente recuerdo que ya soy viejo y que en cuestiones institucionales la imaginación suele considerarse una peligrosa extravagancia. Por eso, mientras observo otras ceremonias de homenajes tardíos, no puedo evitar acordarme de mi bisabuela Maye, que desde su humilde casa del barrio marinero resumía verdades complejas con admirable precisión. No aprendió en las aulas, sino en la escuela de la vida, y los cien años que alcanzó a vivir daban autoridad a cada una de sus

—Hijo hay cosas que hasta un ciego puede ver.

Y, francamente, sospecho que ésta era una de ellas.


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