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jueves, 21 de diciembre de 2017

De nuevo, la lotería de Navidad, la lotería del gordo.

La ilusión de los pobres.

                                              
    Si no fuese por el soñar siempre
                                                   Fernando Pessoa.


       No sé por qué pero siempre he asociado el Sorteo Extraordinario de la lotería de Navidad con la ilusión de los pobres, con la ilusión de aquellos españoles que esperaban con ansiedad que al fin les tocara el gordo, con el personaje de Luces de Bohemia, con Max Estrella en la calle, ciego, enfermo, abandonado en un portal mientras su amigo Latino le saqueaba el billete de lotería, en aquel Madrid hambriento.

       Lo asocio con un rumor alegre, con un despertar diferente. Alrededor de la radio escuchando a los niños de San Ildefonso cantando números, cifras, entre el apasionante rumor de las bolas que guardan los secretos, los sueños oscuros, la esperanza somnolienta, un futuro mejor para nuestra existencia.  



      En aquella España, no muy lejana en que ellas, amas de casa la mayoría soñaban con ganarse una suculenta cesta llena de felicidad. Soñaban con servir una mesa rebosante de vinos, de jamones y de esperanzas. Un Año mejor con las despensas llenas.

       Ellos fantaseaban también con la fortuna, con no tener que levantarse todos los días, casi de madrugada, a trabajar más de ocho horas… y muchos tener que aguantar a un jefe dominante e incompetente, y todo eso por la comida y un poco más. Así junto a la radio o al televisor, en trance, contemplábamos los nuevos millonarios y la alegría de los propietarios de la administración de la lotería diciendo que el premio había ido a parar a gente trabajadora.

       Pero lo que me costaba comprender es el por qué no le tocaba al mejor hombre que he conocido, a mi padre, que sin querer se ponía triste cuando no ganaba ni el reintegro, aunque no se desanimaba, todo lo contrario con voz convincente razonaba que hasta que no mirara la lista oficial, no había nada perdido.

     Al final terminaba probando con el estímulo de los “Rascados” que es como se le llama a la lotería del Niño. Y me parece estarlo viendo, preso del hechizo, con sus gafas de carey, mirando una y otra vez los miles de números en aquella sábana impresa en donde finalmente se evaporaba las esperanzas, no la ilusión. Porque su ilusión, lo que verdaderamente le importaba, era regalarle el décimo premiado a la parienta. Ese era uno de los sueños de su vida. Para dejarle unos ahorros, para que ella se pudiera comprar lo que quisiera, –y exclamaba por lo bajo-: un vestido bonito, un viaje, una buena casa…

         Pasaban unos días y lo escuchaba hablar con mi madre. Aspiraba, contenía la respiración y al final decía:

        -¡Ay Padrito! No me tocó por un número.

        Pero a pesar de que el mundo se le caía encima, de que se sentía desgraciado, sonreía con tristeza. Sonreía.


        FELIZ NAVIDAD Y MI ABRAZO APRETADO

Foto: entresacada del periódico ABC

viernes, 7 de abril de 2017

DE NUEVO, SEMANA SANTA


 Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó y preguntaban: ¿Quién es éste? Y la muchedumbre respondía: Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.

   
         A medida que el tiempo pasa, me doy cuenta de que el mundo ha cambiado totalmente y que por supuesto han cambiado nuestras vidas, nuestras formas de enfrentarnos a cualquier acontecimiento.
        Por eso al llegar la Semana Santa me entra añoranza y me acuerdo de aquellos ejercicios espirituales, de la lectura de los libros ejemplares, de películas sobre la Biblia, Benhur o Los Diez Mandamientos… Era el símbolo del amor y los reencuentros, de las familias. Eran tiempos de ver a nuestros abuelos asomados a las ventanas para contemplar las procesiones, la gloria de las imágenes, las señoras ataviadas con mantillas negras y con nuestras mantillas blancas. Y la saeta que alguien lanza desde un balcón
Quién me presta una escalera /para subir al madero, / para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?



El mundo parecía que se paraba, los sentimientos se manifestaban en las calles. Eran tiempos memorables para lo religioso, las imágenes, los imagineros como nuestro José Lujan Pérez, un grancanario que culminó la fachada neoclásica de la catedral de Las Palmas.
        A mí la Procesión que más me gustaba era la del domingo de Ramos, la del Paso de la Burrita. Al llegar ese día, por fin estrenaba mi vestido nuevo, así que vestida de guapa, entre ciento de niños y niñas, esperaba con las manos en alto agitando las palmas y aplaudiendo. Yo abría y cerraba los ojos asombrada al ver al Señor con su carita tan sonriente. No parecía el dueño del mundo.
       Esa mañana el Sol siempre nos acompañaba y los bombos y platillos sonaban a alegría. ¡Cómo me gustaba escuchar los sonidos de cornetas y redobles de tambores!  Desfilar al lado de la banda de música y contemplar a aquellos primeros turistas, espectadores asombrados, haciendo fotografías. 
        Después mi padre me subía en los cochitos que instalaban en el Parque de San Telmo: en los caballitos que subían y bajaban, en la ambulancia o en la caldera que daba vueltas y vueltas. 
        Y al llegar a mi casa, mi madre nos sorprendía con algún postre. Esa semana preparaba sus torrijas y la casa olía a canela y a limón.
       Todos los días de la semana había una procesión y de las iglesias salían filas de devotos. No recuerdo bien las imágenes que sacaban el lunes pero sí que era el día de los seminaristas. ¡Qué serios avanzaban en procesión detrás de los tronos! Envueltos en sus capas rojas. Aunque el día más conmovedor era el día que trasladaban a la Virgen para que viera a su Hijo, llagado, subido en una peana. Era el día del Santo Encuentro y coincidía con el miércoles. Algunas mujeres lloraban.
      Así las imágenes recorrían casi a diario el casco histórico, menos el jueves que visitábamos las iglesias, los Monumentos. Me llamaba la atención la fuerza de aquellos santuarios, las velas que ardían erguidas en la penumbra como custodiando las imágenes de los santos que estaban cubiertos con telas de color malva. Y en un altar, bajo una luz tenue, se explayaban enormes cestas de rosas, azucenas, claveles, gladiolos…, entre una platería reluciente y bellos jarrones repletos de flores y más flores.
      Entonces nos arrodillábamos y musitábamos oraciones.
      En esos días se escuchaban lamentaciones y cantos de sufrimiento y el tiempo cada día se empeoraba más y más, como una señal de dolor. Incluso algunas veces llovía y en las casas se hacía un silencio. No se podía cantar, ni manifestar alegrías, las ropas se oscurecían. Se hacían Vía Crucis y se cantaban Misereres. Las calles olían a incienso y las radios sólo emitían música sacra, marchas fúnebres y las Siete Palabras que duraban una eternidad.
        Después  silencios, muchos silencios. Yo cerraba los ojos y sólo veía curas ataviados con sus sotanas negras, lanzas, coronas de espinas, cruces y clavos. Sentía miedo. Menos mal que Dios es compasivo y hacía que llegara el sábado. Entonces se escuchaban el repicar de las campanas. Resucitaba el tiempo.     
        Hoy se habla de las vacaciones de primavera, de que las zonas de acampadas están repletas, que se han cubierto las plazas hoteleras, que el lleno se repite en las zonas costeras. Se habla del arranque de la Semana Santa, de los muertos de la operación de tráfico, de que la gasolina sube en esos días. De actividades y cursillos para que los niños no se aburran en su tiempo libre. 
      Y algunos siguen creyendo que el paraíso terrenal está en estas manifestaciones, en la fuerza que emanan, en el rito al sufrimiento, otros piensan que los niños actuales desconocen esas historias, desconocen la Biblia, los personajes y los misterios.
     Niños que cuando ven la procesión de La Burrita se preguntan ¿Quién es éste?

lunes, 27 de febrero de 2017

De nuevo, recuerdo La Fiesta de los Indianos


                           Para todos los palmeros que hacen posible esta fiesta.

                                             El lunes de Carnaval se celebró la Fiesta de los Indianos en La Palma, y una vez más llegó al Puerto de Santa Cruz un barco lleno hasta rebosar de Indianos procedentes de Tenerife.

Un barco que simulaba llegar desde la otra parte de nuestra Atlántico, impulsado por un mar de sombras grisáceas, por voces que resonaban por el Malecón, un barco que atracó como decía Carmen Laforet en su libro “La llegada” sin gran prisa por llegar al otro lado del mundo.

 Pero cuando por fin colocaron la escalinata y empezaron a bajar los pasajeros, pudimos ver junto con sus compañeros de viaje a un personaje de excepción, a un pasajero especial, a Sosó, más conocido por la Negra Tomasa, que con su cuerpo regordete, su vestido impecable, su sonrisa entrañable, sus mejillas pintadas y sus pestañas verdes fluorescentes derrochaba gracia y talento, bailaba al son del ritmo caribeño:

Maní, Maní
Si te quieres por el pico divertir
Comete un cucuruchito de maní …


En seguida la explosión de alegría y de generosidad nos atrapó, se adueñó de todos. Se escucharon palmas, se dieron vivas y con voces enloquecidas  entonamos canciones. Y llenos de risas y vestidos de riguroso blanco no dejábamos de agitar los polvos con fuerza, con tanta, tanta fuerza que rápidamente una polvacera quedó suspendida en el aire y se convertía en una humareda de plata que nos llenaba de júbilo y de tal excitación que gritábamos:
-¡Viva la Negra Tomasa!

Yo estaba tan extasiada que hubiese deseado abrazarla.

Mientras, en el atrio del Ayuntamiento capitalino, una multitud ansiosa esperaba el tradicional ritual de la llegada. Este año, de nuevo con unos seres maravillosos, con Antonio Abdo, Pilar Rey y acompañantes. Emocionados esperaban el retorno con los representantes oficiales. 

Por fin La Negra Tomasa llega a la Plaza de España con ese don innato que posee para hechizar la fiesta, flota en medio de una multitud que se agolpaba entre sus calles, que vibraba entre densas nubes de polvo que semejaban a una hoguera. Y entonces recordé aquellos tiempos en que éramos niños pobres,  en que la vida era humilde y nos acercábamos extasiados y con miradas tímidas a darles la bienvenida, a besarles, a curiosear la llegada de nuestros compatriotas que llegaban después de cumplir un sueño, de hacer el mundo.

Todos iban vestidos muy elegantes. Ellos fumando cigarros puros, con los bolsillos repletos de dólares acarreando jaulas con loros y pesados baúles, ellas con sus faldas largas, sus pamelas y sus abalorios. Ataviados a la usanza americana bailaban bajo un decorado renacentista que parecía que crepitaba, que a pesar de estar desdibujado por el tiempo también se emocionaba. Porque la Fiesta de los Indianos consigue con mucha clase rememorar la antigua llegada de miles de palmeros que volvieron desde Cuba.

Consigue a través de esas cataratas de polvo ensalzar la memoria de aquellos años de lucha y de dificultades económicas, consigue acercarnos a las sombras y las luces de miles de hombres y mujeres emigrantes que al regresar a su tierra se les comenzó a llamar Indianos.
Un año más, la fiesta de los Indianos vuelve a triunfar, a trascurrir según el ritual de la época, con el ritmo palpitante de la música, con el diálogo de la tradición, con el encanto de la dicha ante la vida, con esa lírica que envuelve el regreso. Transcurrió  igual que una batalla blanca que deja escapar la fragancia de su olor. Su ligero temblor.
Una fiesta que nos recuerda que estamos hechos de polvos y de sueños. Unos polvos que a pesar de haber pasado varios días, aun sus huellas permanecerán entre nosotros durante mucho tiempo como testimonio del mestizaje cultural entre La Palma y Cuba.

Foto antigua blanco y negro: Carnaval de Indianos. Tomda del blog María Victoria Hernández.