Rosario Valcárcel
Cómo iba a imaginar que era la fiesta de mi
Purificación
si era un ritual de regocijo, de danzas y cantos
donde
germinaba el pasado.
Tatuaron mi cuerpecito de amarga henna,
invocaron al
espíritu, batieron palmas.
El
aire me agarraba de la mano.
Celebraban la llegada de una media hechicera.
No podía entender el color de sus ojos centenarios
o si era
amiga o enemiga.
Cómo iba a imaginar que era la fiesta de mi
Purificación
si inundaron el silencio de risas, tambores y
timbales.
olor
a ataúdes.
Me abrió la entrepierna a la sombra de un dátil
y con una vieja hoja de afeitar cortó la raíz de mi
deseo.
Águilas y buitres revoloteaban
enloquecidas al olor de la sangre, al rumor que evoca
la muerte.
Cerré los ojos e igual que un pájaro en una trampa,
aleteé como
una loca, grité, lloré.
-¡Aguanta,
aprieta los dientes o nunca encontrarás marido!
Castró mi sexo como a los burros del desierto,
colocó
cerrojos a mis labios vivos.
Convirtió mi sonrisa inocente en una sonrisa
macabra.
Desgarró la carne de mi alma.
Cómo iba a imaginar que era la fiesta de mi ablación
que a mis ocho años una de las peores cosas de mi vida
había sucedido.
Foto Waris Dirie, modelo somalí, que fue sometida a la ablación, con su hijo en brazos
Desgarró la carne de mi alma.
Cómo iba a imaginar que era la fiesta de mi ablación
que a mis ocho años una de las peores cosas de mi vida
había sucedido.
Foto Waris Dirie, modelo somalí, que fue sometida a la ablación, con su hijo en brazos
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