viernes, 2 de noviembre de 2012

Garajonay, la esperanza de la vida en la pintura de Natalia Bellis


  Del alto de Garajonay sale una estribación enorme, que al Oeste, se extiende a lo largo del valle de Hermigua y que parece situada allí para esconder la mirada de los envidiosos, este paraíso terrestre.
                    Cinco años de estancia en Canarias, 1981, René Verneau

Sobre este paisaje gomero, repleto de nieblas y un mar de nubes blanquísimas desarrolla Natalia Bellis gran parte de esta exposición. Porque nuestra pintora ha dejado atrás los mundos cotidianos para internarse junto a sus dos perras Kahla y Kyrah en el Parque del Garajonay. Para deambular por  su  bosque animado, por el santuario en donde residen las ninfas de los bosques y presentarnos hoy un interesante recorrido de su pintura.
Y se ha quedado unos días en su floresta brumosa para escuchar el susurro de los  árboles encantados que se balancean y crepitan. Explorar los rincones más pequeños y recónditos plenos de color y de fantasía, de sus colores intensos, alegres y brillantes, de la luz y la atmósfera del Garajonay. Para captar el instante, la luz, la atmósfera. Las esperanzas de la vida.
Para escuchar como sopla la brisa en la lujuria vegetal surcada por laureles y líquenes, brezos y tilos, hayas, helechos, musgos. Y sobre este paisaje desarrollar su nueva obra que yo la definiría casi de onírica. Porque ella sabe plasmar los helechos gigantes, la textura de las hojas, la corteza de los árboles, transmitir las pequeñas manchas de luz que se filtran por entre las hojas, casi inmóviles. Sabe captar la humedad de los musgos colgantes y las hojarascas del suelo.
Natalia Bellis se ha adentrado en el corazón de la laurisilva entre los nacientes que florecen y los árboles entrelazados que sobreviven gracias a que el Garajonay se riega con lágrimas, como dice Joaquín Araujo, naturalista y escritor. Con los vientos alisios. Ha profundizado en el bosque, en sus raíces para fraguar su técnica, su cromatismo de verdes y marrones que se esparcen sobre otras tonalidades de verdes, sobre su universo imaginario. 
Los comienzos de Natalia Bellis fueron con el pintor Rubén Darío Velázquez quien le enseñó la pintura moderna. Después poco a poco ha ido buscando su propia personalidad, sus ensoñaciones y sus fantasías en contacto con los jardines y la flora, con el mundo espiritual, con una naturaleza que ella quiere plasmar como lugar idílico
Así habita la tierra, su alma. Y plasma con fidelidad el detalle, la verde penumbra, el dulzor de las plataneras que beben de la acequia, los árboles que suspiran y se agitan en pautas soñolientas. 
Porque su pintura, que es no es otra cosa que comunicación de ideales y sentimientos, recuerda el olor a las mañanas tibias y las noches frescas, su suave brisa, al aroma de las plantas que le penetra por todos lo poros. Porque ella se empapa de cuanto hay de misterioso, de mágico, de susurrante en las hojas de los árboles, en el verde, en las aguas oscuras. Y entonces le vienen destellos: el sereno, los matices, las formas, el sabor peculiar del fruto, la poesía misteriosa, el color, y como diría Borges el peso del alma.
 Y le da rienda suelta a su fuerza vital, a sus emociones, y pinta escenas insulares: plátanos verdes, muy verdes, la corteza de los árboles, su bellota, sus hojas tiernas o maduras y las flores en los distintos momentos de florescencia, los helechos gigantes Y derrocha pinceladas luminosas con gamas de colores artificiales porque no le gusta reflejar la realidad tal cual la ve, sino aquella que surge de la memoria del olvido, de la fantasía.
Le gusta a Natalia Bellis evocar las sensaciones que emanan de la luz, del color y del juego que desborda con libertad, de una búsqueda constante que se expresa en el recurso emocionado de la memoria, de un color que es sinónimo del paraíso. De la exuberancia de nuestras tierras, perdurables y pasajeras de la vida como ha hecho con la obra dedicada a la isla de la Gomera antes del terrible incendio.
 Y así como nuestro conocido Néstor pintó biombos repletos de flores, loros  y hasta el popular rascacio, Natalia nos ofrece igualmente biombos con decoraciones vegetales, trazos que parecen pintados en el aire con fondos de masas oscuros que reflejan su capacidad decorativa, acentuada por un cromatismo alegre, muy personal. Porque ella al igual que César Manrique está convencida que el arte tendría que resultar útil para la vida, para el bienestar y la felicidad humana.
 Que el arte puede abrirnos la puerta al mundo de los sueños.

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