lunes, 19 de marzo de 2012

Orillas perfumadas



A la memoria de mi padre
Erase una vez un niño
que quería oír un cuento
donde fuera siempre niño
el personaje del cuento
Agustín Millares
Yo nací en un mundo donde las olas del mar estaban tan cerca que podía sentirlas, separar su espuma y huir de los hados enemigos que enlazaban los hielos. Y soñaba, soñaba siempre gracias al resplandor de los fuegos artificiales que encendía mi padre a través de los cuentos. El llenó mi infancia y madurez de destellos, chispas y cometas de colores. Por eso siempre he rechazado la tentación de emigrar de aquel universo de murmullos y lamentos principescos.
Así en ese periodo de mi niñez conocí todas las celebridades de la literatura infantil: A Pulgarcita, aquella niña tan pequeña que dormía en una cáscara de nuez y un día fue raptada por un sapo. A Karen, a quien sus zapatillas rojas la condenaron a bailar sin descanso, al Patito Feo… Así cruzaba el umbral para ceñirme el gorrito de Caperucita Roja o calzarme el zapatito de cristal de Cenicienta. Me veía tan rodeado por todos esos seres que deseaba convertirme en una de aquellas tres hadas buenas que, no temiéndole a Maléfica, ofrecieron sus dones a la Bella Durmiente…
Esta práctica de contar cuentos, sin prestar atención al rumor de la televisión, fue mi corazón de madera que creció como árbol indestructible…
El recinto construido bajo los auspicios de la fantasía, con simples decoraciones y grandes ventanales hacia el mar penetró en las tiernas cúpulas de nuestros corazones quedando blindadas y selladas por aquel calor familiar que supo preparar y allanar el alma para la siembra…
-¡Queremos un cuento!
Así bajo el pretexto de que nuestra maestra nos lo iba a preguntar al día siguiente, convencíamos a mi padre para que atravesara los pasadizos de luz invisible, donde prendía la hoguera en que se tostaban sus voces esmaltadas, confundiéndole de tal forma la chiquillería que algunas veces se sorprendía de ser capaz de inundarnos con su propósito de eternizar el instante…
Muchas de las historias que nos contaba no eran conocidas a través de la escritura sino que se hallaban diseminadas en su mente… Así nuestro narrador entraba en todos los rostros se detenía los miraba con lentitud, simulaba no recordar cómo seguía el cuento y esperaba desde el escenario que el público, hechizado y en silencio, adivinara los movimientos de los personajes, los acontecimientos más transcendentales de su inacabada historia. Con gran espontaneidad e ingenio el auditorio se batía en duelo, en voces y chillido, y de una forma desenfrenada referían toda la historia al dedillo, desconcertando totalmente al cuenta-cuentos…
Ascendíamos o descendíamos con un sabor ácido que cristalizaba en un final feliz, y la astuta bruja o el gigante de un solo ojo ardía despidiendo un desagradable olor.
En secreto escuchaba los movimientos del mar y navegaba con la pleamar y la bajamar, hasta perder totalmente la conciencia. De tanto bailar con ellas se incrustaron en mi carácter de tal forma que pasaba del cielo al infierno, con suma facilidad.
Ahora ha empezado a multiplicarse el asfalto, la casa ya no existe, el mar no se oye, mis amigos atravesaron los recuerdos salinos, mis hermanos moldean los sueños y yo conservo el tatuaje de aquel montón de palabras en las que solo queda mi padre, que, tembloroso, nos sigue contando un cuento.
Texto entresacado de mi libro “La Peña de la Vieja y otros relatos”
www.rosariovalcarcel.com
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