sábado, 5 de mayo de 2012

Recuerdo bien los días que subía mucho la marea.

foto de Concha Acosta cedida por Tino Armas

El cielo que siempre lucia azul algunas veces se volvía de un color violeta, misterioso como si escondiera una tempestad. El lecho del mar se levantaba, se separaba de su piel, alcanzaba la Avenida de Las Canteras, las casas, y me llegaba el olor a arena mojada.

Y Roberto y yo, igual que si fuéramos espíritus vagando por el mundo, contemplábamos las figuras temblorosas que formaban las olas. ¡Cómo danzaban! Escuchábamos soplar el viento y durante mucho rato mirábamos como se agitaban las vertiginosas olas que se nos acercaban, que se aventuraban por la playa.

La escena discurría muy deprisa y algunos muchachos utilizaban de trampolín, la Avenida, la utilizaban por un lugar que llamábamos el Muro Marrero. Y recuerdo también que con agilidad y destreza subían, casi volaban igual que pelícanos por aquella cuesta escarpada y se lanzaban en picado, uno a uno o en pareja, cogidos de la mano y con los ojos cerrados. Se desasían de su cuerpo, se tiraban al agua, era una carrera sin freno. Otras veces Roberto y yo nos pasábamos horas y horas, inmóviles observando y escuchando los acrobáticos saltos que algunos chicos hacían desde una peana que existía clavada en La Peña de la Vieja. Al llegar al mar el ruido resonaba en toda la playa, resonaba tan fuerte que yo lo escuchaba dentro de mi cabeza como un eco.

La pena fue que unos años más tarde vino un temporal y se llevó el trampolín. 

Cuando subía la marea, las olas alzaban el vuelo, retumbaban alborozadas, se saludaban, y a mi me asustaba tanto que se me detenía el alma. Entonces abrazaba a Roberto que era más fuerte. Él me miraba, me sonreía  y yo comprendía que el mar era como un dios que lo controla todo: la vida, las miradas, las caricias, nuestro amor. 

Recuerdo bien los días que subía mucho la marea.