domingo, 24 de junio de 2012

Los alisios en la Pintura de Natalia Bellis


 Penetré en el árbol, en su sistema sanguíneo, lo recorrí como una larga caricia de savia y vida, un abrir de pétalos, un estremecimiento de hojas. Sentí su tacto rugoso, la delicada arquitectura de sus ramas y me extendí en los pasadizos vegetales de esta nueva piel… “La Mujer habitada” de Gioconda Belli


Los vientos soplan. Y en las islas ese poder está en manos de los alisios que como si fuesen seres vivos son capaces de templar la temperatura, de hacer renacer la vegetación, de cobijarnos y protegernos del calor, pero también cuentan que los alisios tienen poderes de encantamiento mágico, y debe ser cierto  porque Natalia Bellis nos dice que se identifica con las influencias atlánticas, y que su luz no solo ha inundado su retina, sino que ha cambiado su expresión lírica, su manera de pensar, de ver los colores, de transmitir e interpretar un sentimiento y de ver el mundo. Los alisios le han dado vida a su paleta alegre, a su pintura.

Los comienzos de Natalia Bellis fueron con el pintor Rubén Darío Velázquez quien le enseñó la pintura moderna. Después poco a poco ha ido buscando su propia personalidad, sus ensoñaciones y sus fantasías en contacto con los jardines  y la flora, con el mundo espiritual, con la naturaleza, con las viejas estampas imaginarias.

Así habita la tierra, sus corazones, distingue la verde penumbra sembrada de brillos, aspira el dulzor de las plataneras que beben de la acequia, los árboles que suspiran y se agitan en la noche. 

Y recuerda su infancia y se adentra en el  hábitat,  en el olor a las noches frescas, en su suave brisa. Y revive con intensidad el aroma de las plantas que le penetra por todos lo poros, escucha el croar de las ranas. Y se empapa de cuanto hay de misterioso, de mágico, de susurrante en las hojas de los árboles, en el verde, en las aguas oscuras. Entonces le vienen destellos, la humedad, los matices, las formas, el sabor peculiar del fruto, la poesía misteriosa, el color, y como diría Borges el peso del alma.
Y le da rienda suelta a su fuerza vital, a sus emociones, y pinta escenas insulares: plátanos verdes, muy verdes, la corteza de los árboles, su bellota, sus hojas tiernas o maduras y las flores en los distintos momentos de florescencia. Y derrocha pinceladas luminosas con gamas de colores artificiales porque no le gusta reflejar la realidad tal cual la ve, sino aquella que surge de la memoria del olvido, de la fantasía.

Y se aprovisiona visualmente de la naturaleza, del mar de Sardina del Norte y sus diversiones infantiles que le han dejado la huella de los faros erguidos, de las barcas que se mecen a sí mismas, de la cultura del mar: charcos y peces, barcas y fondos marinos y playas solitarias. Y la reinterpreta a partir de su percepción.

Pero también podemos ver dípticos y trípticos y tablas de flores pintadas a modo de puzles y  escenas del costumbrismo de nuestra vecina África, escenas que ella titula “Mi tiempo en Marruecos” donde nos muestra: mujeres y camellos, el singular colorido del desierto, el viento que se arrastra  y el contraste de la luz. La soledad.

Porque su pintura emana de la luz,  del color y del juego que desborda con libertad, de una búsqueda constante que se expresa en el recurso emocionado de la memoria. De la riqueza y exuberancia de nuestra tierra, de un color que es sinónimo del paraíso: el verde.

Y así como nuestro conocido Néstor pintó biombos repletos de flores, frutas, loros y hasta el popular rascacio, Natalia nos ofrece igualmente biombos con decoraciones vegetales, trazos que parecen pintados en el aire con fondos en masas de color que reflejan su capacidad decorativa, acentuada por un cromatismo alegre, muy personal. Porque ella al igual que César Manrique está convencida que el arte  tendría que resultar útil para la vida, para el bienestar y la felicidad humana