domingo, 10 de junio de 2012

Mokhtar

¡Oh, mar!
dame tu mano derecha
para que transitemos
el redondo planeta
hacia cualquier mar.
Abdelkrim Tabbal

Es moreno no muy alto y tiene los ojos grandes.
Se llama Mokhtar y está trabajando en una peluquería de Siete Palmas, haciendo las prácticas de sus estudios. Hace un mes cumplió los dieciocho años.
Yo nunca lo había visto, por eso al entrar en el Salón me sorprendió que saliera a recibirme. No sabía lo que pasaba, sólo pensé que quizás la antigua propietaria habría traspasado el negocio.
¿Qué se va a hacer?
Me preguntó. Lo miré un par de veces antes de contestarle. Luego me colocó una bata, una toalla sobre los hombros y empezó a inspeccionar mi cabeza con sus ágiles dedos que no se detenían, mientras yo le explicaba que quería renovar mis mechas. Luego se produjo un silencio, una sensación de irrealidad.
Cuando ya tenía preparado el tinte aparecieron mis peluqueras de toda la vida. Me sentí aliviada. Él se quedó cerca observando como Yaiza deslizaba el pincel sobre mi cabello, mientras Maricela, la dueña del negocio le daba instrucciones. Yo lo miraba por el espejo una y otra vez, reparaba en todos sus movimientos, en como iba vestido, en su mirada que revelaba mucho. Pensé un montón de cosas. Estaba desconcertada, extraña y no sé por qué quise saber algo de él, así que me incliné y le dije:
-¿Cómo llegaste a esta isla?
-Vine en una patera en el 2007, el 18 de enero.
Sorprendida, me giré y le miré a los ojos. Sentí una mezcla de emoción y de respeto.
Mokhtar me contó que su viaje duró cuatro días. Fue una aventura terrible, decía -mientras sondeaba en su recuerdo- navegábamos sobre un mar inmenso, sentados sin poder movernos, apretados y manteniendo el equilibrio cuando las olas parecían que nos iban a envolver y los violentos golpes de viento empujaban la patera. Cuatro días sobre un mundo misterioso y desolado, sobre la gran manta del océano cubierta por un halo de niebla.
Me daba mucho miedo. Me acordaba de que no sabía nadar.
Los más viejos establecieron turnos, continuó. Guardias de día y de noche para que los cuatro menores achicáramos con garrafas el agua que entraba en la patera. Hubo un momento que casi se hunde. Fue horrible. Me entró un sudor frío, mareado, vomitaba y sentía que se me iba a arrancar el cuerpo.
Mokhtar gesticulaba con las manos para explicarme que estuvieron a punto de hundirse, mientras  ordenaba los productos de la peluquería. A mí se me escapaba alguna palabra por el ruido de los secaderos. Luego añadió con una sonrisa triste:
-Mientras dormitábamos los compañeros se robaban unos a otros los tesoros que guardábamos en las mochilas, en la mía había unas zapatillas deportivas, un chándal y un bocadillo, todo desapareció. No alcancé a comer nada.  
De pronto un barco se nos acercó con sus luces encendidas, el mar retumbaba y nos angustiamos, creíamos que el océano nos iba a engullir, que nos íbamos a diluir. Por instinto me agarré fuerte, me sujeté a la patera. Creí que todo se iba a desvanecer y dominado por el pánico me puse a rezar. El patrón nos alejó, corrimos un gran peligro. Mokhtar no paraba de hablar, recordaba muy bien el viaje. Parecía una historia dentro de otra historia, sin puntos ni comas. Yo cada vez me sentía peor.
Mi padre me dijo que el marcharme de Marruecos sería insensato, mientras agitaba la cabeza de forma negativa. Me recordó que hacía unos días había naufragado una patera donde iba un primo mío, añadió que todos habían muerto. Me quedé helado. Él deseaba que me hiciera policía que me hiciera un futuro allí. Yo tenía claro que no podía seguir su consejo. Vivíamos cerca de Sidi Ifni en un pueblo donde se hace aceite que llaman Argan, es un aceite que lo hacen los bereberes. Pero los Ait Baamran tenemos problemas, estamos marginados. Es difícil vivir con el olor de la pobreza. A pesar de ser como otros de carne y hueso nos han olvidado. Pedí dinero a toda la familia y poco a poco reuní los quinientos euros que necesitaba para embarcar.  
Una noche sin luna llegamos a un lugar muy pequeño, a la isla de La Graciosa. Mis amigos y yo, asustados, nos tiramos al agua y no nadamos, corrimos. Mouloud se partió una pierna al tropezar con unas rocas afiladas. Los demás se escondieron, querían escapar. Nadie nos esperaba. A mí me parecía que la isla daba vueltas. Me extrañó que hiciese tanto frío. Cerca de la playa nos encontramos con un señor, estaba en la puerta de su casa con unos perros. Nos dio unas mantas y comida y luego nos preguntó si quería que llamara a la policía. Nosotros sabíamos que eso era lo mejor. Yo tenía dieciséis años y mis amigos eran aún más pequeños. Me dolía la cabeza, el cuerpo lo tenía colorado, me ardía.
Pronto llegó la policía, la ambulancia y nos trasladaron a una comisaría. Por la tarde nos subieron en un barco rumbo a Lanzarote, llegamos a Playa Honda. Allí asistimos a revisiones médicas, nos sometieron a pruebas óseas. Pruebas y más pruebas. Luego nos ubicaron en celdas y nos dieron de comer un bocadillo de pavo con queso amarillo. Como no sabíamos lo que era, lo tiramos, sólo comimos el pan. Yo soy musulmán.
Unos días más tarde nos subieron a bordo de otro barco, llegamos a Gran Canaria. Durante dos años he permanecido en Centros de Acogidas para menores. He estudiado en Centros educativos, he aprendido muchas cosas, y en los talleres hice un curso de Peluquería.
Pero al cumplir los dieciocho años, añadió Mokhtar, El Gobierno español me ha dado un plazo de tres meses para arreglar mis papeles, para por fin poder trabajar y mandar dinero a mis padres. Regularizar mi situación. Pero en tan poco tiempo es tan difícil como que haga un viaje a la luna. Sin embargo he tenido suerte mi maestra habló con Maricela, y ella se ha convertido en mi hada madrina. Ahora vivo en su casa, hago las prácticas de mis estudios en su Salón y pronto tendré mis papeles en regla. Tendré la recompensa por todo el sufrimiento. Podré ir a ver a mi familia sin que me detenga la policía.
Ya hace algunos días que fui a la peluquería y admito que estoy deseando volver para hablar con Mokhtar, para escuchar sus aventuras, sus secretos. Los secretos y las penalidades de los miles de jóvenes que llegan a nuestras tierras en una patera.