jueves, 14 de noviembre de 2013

REPRESIÓN Y MUERTE

 ARTÍCULO DE EDUARDO  SANGUINETTI, FILÓSOFO RIOPLATENSE

Mientras desde el gobierno se propone un modelo de sociedad suave, dulce y austera, tan sutil y complejo como una caricia, la realidad dispone y se entrevé rotunda, agria y dura como una trompada.

Hay demasiados muertos sin vigencia en una comunidad como la uruguaya, sentenciada por un sistema judicial y policial represivo, necrótico y disfuncional, que promueve sus héroes desde las pantallas y redes de la web, al servicio del simulacro.

Lo que llamamos vida guiña su ojo económico y las renuncias necesarias de funcionarios incapaces nunca llegan.

Me refiero de manera puntual a los violentos acontecimientos que vienen sucediendo hace un tiempo en mi querida tierra uruguaya, donde la justicia está de la mano de la desmesura y el anacronismo en acto.

Así pasan los días y las horas se convierten en asuntos negociables, todo tiene valor en moneda. El mercantilismo impuso su substancia, ante el amparo de la ley, cual contragolpe constitutivo de discontinuidad al denominado orden vigente.


Desde hace un tiempo, se convirtió en rutina ver cómo se ejecuta a jóvenes y se mercadea, prostituyendo a niñas menores de edad en Uruguay y se judicializan marchas de reclamos a los poderes. La incertidumbre crece, la impostura se enriquece.

Una situación de bajas defensas, perfecta para el advenimiento de todo tipo de nostalgias de disciplina o de obsesión de diferencia: la puerta abierta a fundamentalismos, racismos, academicismos, castrismos y mesianismos, camuflados de progreso, cual rutina de existencia degradada de un ejército de sonámbulos.
Creo que vivimos en un estadio donde la democracia ha tomado perfiles muy difusos. Si por democracia entendemos el ejercicio efectivo del poder por parte de un pueblo, que no está dividido ni ordenado jerárquicamente en clases, es claro que estamos lejos de una democracia.

Me parece muy evidente que estamos viviendo bajo un régimen de dictadura de clase, de un poder de clase que se impone desde la violencia, incluso cuando los instrumentos de esta violencia son institucionales y constitucionales.

Entonces, hablar de democracia en esta situación carece de sentido.

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