domingo, 6 de abril de 2014

CORTAZAR, de la A a la Z

Escrito de  Ricardo Bada

Fuimos amigos pero encontrarnos no nos encontramos personalmente nada más que dos veces.
Nuestra amistad se nutría de cartas, de tarjetas postales, de llamadas telefónicas. Cartas mías que iban a París o a Saignon, cartas y postales suyas que me llegaron de Nairobi, de Mendoza, de Viena, de Deyá/Mallorca, y también de París o de Saignon.

En mi archivo tengo consignadas once cartas, cinco tarjetas postales, el manuscrito de Adiós, Robinson (todavía con el título de trabajo que él le dio, La isla de Juan Fernández, y luego lo cambió atendiendo una sugerencia mía) y un casete que contiene una fonocarta, una carta en la que no me escribe sino que me habla, me sigue hablando todavía, a treinta años de su muerte.

Los textos de las once cartas están reproducidos en los volúmenes cuatro y cinco de la correspondencia del Gran Cronopio, en la Biblioteca Cortázar, de Alfaguara (Buenos Aires, 2012). Además, en el apéndice del volumen cuatro aparece asimismo transcrito, completo, el texto de la fonocarta.

Las tarjetas se han publicado por primera vez ahora, en el admirable libro Cortázar de la A a la Z, una iconografía riquísima y enriquecedora que lanzó Alfaguara en Madrid, en enero de este año, editada por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga. Tengo las cinco delante, alineadas en el atril adosado al monitor de mi computadora, y puedo datarlas casi todas, aproximadamente, ya que cuatro de las cinco me las envió sin fechar y bajo sobre, muchos de los cuales no poseo más.
(Aquí debo hacer un paréntesis explicando que gracias a mi incesante intercambio epistolar con escritores de nuestro idioma, y del portugués, y hasta del alemán —Ernst Jünger, por ejemplo—, he podido hacer felices en sus cumpleaños a varios amigos coleccionistas de autógrafos, a los que generalmente he regalado los sobres manuscritos de cartas de Alejo Carpentier, Manuel Scorza, Mario Benedetti, Jorge Amado, Ignacio de Loyola Brandão, Severo Sarduy, Augusto Roa Bastos, Eduardo Galeano, Álvaro Mutis, Cristina Peri Rossi, Antonio Cisneros, Luis Rafael Sánchez, Osvaldo Soriano, Juan Goytisolo, José Miguel Ullán…e tutti quanti. Conservar he conservado pocos. Algunos por lo hermoso de la escritura, como los de Ana Istarú, la poeta costarricense. Otros por algún motivo llamativo, como los de Gonzalo Rojas desde Provo/Utah con estampillas con la vera efigie de T.S. Eliot. De Julio Cortázar poseo tres: uno por el remite mendocino —“Cortázar, andando por ahí”— y por lo señalado de la fecha en la historia de su país, el 12 de marzo de 1973, las elecciones que volvieron a darle el poder, ay, al peronismo; el segundo por una bellísima estampilla austriaca con la escenografía de la opereta El barón gitano; y el tercero porque también estaba dirigido a mi esposa, agradeciéndonos un regalo que le habíamos enviado desde Colonia, dos meses antes de su muerte: fue la última señal de humo que nos llegó desde el 9, Place du Général Beuret, Paris XV, France.)


La primera de las cinco tarjetas está datada el 15 de febrero de 1977, me la mandó desde Nairobi, y cuando se refiere a Peter Handke es porque yo los presenté una noche de septiembre del 76, en Fráncfort, durante la feria del libro. En una fiesta organizada por los editores alemanes para sus autores latinoamericanos y aborígenes, y a la que sólo tuvimos acceso dos periodistas (Dieter Zimmer, del semanario hamburgués Die Zeit, y yo), en un momento ya avanzado de la noche se me acercó Handke y me dijo que se había dado cuenta de que yo era amigo de Cortázar y me pedía que se lo presentase: “Es uno de mis ídolos”, añadió. Cosa que hice a renglón seguido, presentarlos, para inmediatamente esfumarme, a fin de que pudieran conversar a solas.

En la segunda, la única cuyo texto no aparece reproducido en las ilustraciones de este artículo, me cuenta lo siguiente: “Querido Ricardo, me divertí mucho con la cassette de Robinson y te agradezco la gentileza de enviármela. A partir de enero estaré bastante ‘fijo’ en París. Si venís, avisá con tiempo para por fin vernos. Un abrazo, Julio. Confío en que te guste esta foto”. Con la posdata se refiere a la foto de la postal, perteneciente a una serie que se titula, en francés, “París, el pasado que se va. Pequeños placeres parisinos”.

(Aquí se hace necesario un nuevo paréntesis para explicar la génesis de Adiós, Robinson. En 1976, en la emisora alemana Radio Deutsche Welle, donde me desempeñaba desde 1965 como redactor especializado en temas culturales, propuse la realización de una serie acerca de algunos lugares famosos gracias a la literatura universal. La propia ciudad de Colonia, sede de la emisora, era el escenario de El honor perdido de Katharina Blum. Y Danzig de la trilogía que comienza con El tambor de hojalata. Postulé asimismo la inclusión en la serie de lugares como La Mancha de Don Quijote, la isla de Juan Fernández donde se desarrolló la verdadera odisea de Robinson Crusoe, Salvador de Bahía donde las andanzas de Gabriela-clavo-y-canela, y por último Trinidad, para cuyo tratamiento sugerí contratar a Naipaul, un nombre que hizo fruncir las cejas a mis colegas en señal de perpleja ignorancia. Pero los de 1976 eran tiempos de bonanza económica en Alemania y en nuestra emisora, y mi proyecto se aprobó sin más, con lo que me encontré teniendo como autores del mismo a Heinrich Böll, Günter Grass, Camilo José Cela —para La Mancha—, el buen V.S. Naipaul, Jorge Amado y Julio Cortázar, traductor al castellano del libro de Defoe. Es el único texto que Julio escribió directamente para la radio, y fue por un encargo mío del que me siento orgulloso. Tanto más cuanto que entonces sólo Böll era Premio Nobel, y hoy en día son cuatro los autores Nobel con los que armé mi serie. Y el que Amado y Cortázar no lo recibieran, ese es un capítulo del que prefiero no hablar. Fin del paréntesis.)


La tercera postal llegó desde Deyá/Mallorca, donde Carol y Julio veraneaban en la casa de Claribel Alegría, la gran poeta salvadoreña de cuyas mellizas los Cortázar eran los padrinos. Y en ella Julio se alegra de que le haya enviado la traducción de Adiós, Robinson al neerlandés, nada menos que por Barber van de Pol, la trujamana de Rayuela al idioma natal de Spinoza. En cuanto al tema de la postal, no lo entendí, así que no me gané los diez puntos, pero sí averigüé que la Mascarada Soutelina era una danza típica del carnaval en las provincias vascongadas.

(Por cierto que la primera vez en mi vida que supe de Claribel Alegría fue por una carta de JC remitida desde Deyá/Mallorca, donde estaba de vacaciones, justamente en la casa de ella, como cuando me envió esa tercera postal con adivinanza. La carta está fechada el 12 de agosto de 1979, y dice: “Quisiera saber si en la radio alemana habría posibilidad para colocar algún texto radiofónico de ficción [radioteatro]. Hay aquí dos amigos, la poeta Claribel Alegría y su marido Bud Flakoll, que se interesaron por una posibilidad. Bud hizo textos en inglés en U.S.A. y Claribel escribe novelas y cuentos, además de su bien conocida poesía. Si puedes conectarlos con alguien o darles alguna información para guiarlos, te quedo desde ya muy agradecido. Son amigos de talento, a quienes quiero y respeto”.


Seis años después, en 1985, febrero o marzo, Diny y yo viajamos a Mallorca para pasar unos días con Claribel y Bud en esa casa de Deyá desde la que JC me había escrito seis años antes, presentándome a estos dos entretanto amigos entrañables. Ya para aquel entonces, cuando les escribía, lo hacía nombrándolos “ClariBud”, porque nadie que los haya conocido y visto juntos podría negar que eran en verdad un águila de dos cabezas.

Son tres los principales recuerdos que atesoro de aquellos días mallorquines, con independencia absoluta de los periplos turísticos que nos brindaron (incluyendo la obligada visita a la cartuja de Valldemosa y toda la parafernalia chopiniana), y también con absoluta independencia del hecho de que Robert Graves, su vecino y amigo, traducido por Claribel al español, se encontraba ya tan postrado que hubiera sido un dolor innecesario conocerlo personalmente.

Y uno de esos tres recuerdos imborrables de aquellas jornadas tiene que ver con la primera noche que dormimos en la casa, y fue que al ir a acostarme constaté que no tenía ningún sentido hacerlo en la cama donde ya reposaba Diny, por la sencilla razón de que tendría que plegarme casi como un 4 si quería dormir dentro de la susodicha, razón por la cual me aovillé en el sofá enfrente. A la mañana siguiente, durante el desayuno, le pregunté a Claribel que cómo hacía Cortázar, harto más largo que yo, para ahormarse en esa cama donde yo mismo no cabía. “Se plegaba en dos”, o algo así, fue lo que me respondió.)
La cuarta no la puedo ubicar cronológicamente, pero me late que sí es la cuarta, porque en ella —que debe haber venido acompa­ñando una carta, lo que explica la falta de firma— Julio ya me trata como compinche de bromas verbales: “Espero que admires con qué majestad me apoyo en el bastón. (Y el chiste involuntario de un francés ignorante: ‘Sentado… Sitting Bull!!’”)

La quinta y última nos la mandó a mi esposa y a mí —como dejé dicho más arriba, hablando del sobre— el 14 de febrero de 1983, fecha del matasellos, exactamente dos meses antes de su entierro, y en ella nos agradece un cordial envío que hemos tratado de recordar qué fue, pero sin éxito.

Nos habíamos encontrado en París una semana antes, durante un congreso de solidaridad con Nicaragua, y el último día fuimos a almorzar juntos. Durante la conversación descubrimos que él en realidad siempre había estado en Alemania de paso y casi sin detenerse, excepto los dos o tres días de la feria del libro del 76, cuando por fin nos conocimos personalmente. Y nos contó además que en cierta ocasión, yendo de camino a Viena, se detuvo a pernoctar en Múnich, y a la mañana siguiente, antes de continuar el viaje, acudió a visitar la Pinacoteca… y a los cinco minutos de entrar lo había detenido la policía. Fue el día en que un obseso sexual regó con vitriolo uno de los grandes cuadros de Rubens que hay en el museo muniqués, y hasta que la policía no dio con el culpable, todos los visitantes del mismo, Julio entre ellos, contaban como sospechosos.

Le pregunté, pues, si le gustaría pasar un par de meses en Berlín, becado por el DAAD, es decir, el Servicio Alemán de Intercambio Académico; me dijo que sí, y al día siguiente, apenas hube regresado a Colonia, me puse las pilas y llamé a mi amiga Barbara Richter y quise saber —una pregunta retórica— si les interesaría tener a Julio Cortázar como becario durante algunos meses. La respuesta fue tan entusiasta que lo único que restaba era acordar la fecha.
Iba a venir en mayo o en octubre de ese 1984. Pero no pudo. La única de sus citas inaplazables estaba fijada para el 12 de febrero, en París. Y el resto es silencio.


Ricardo Bada: Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll., De la revista Nexos, México D.F.