domingo, 14 de junio de 2015

UN MONARCA QUE RECONOCE VALORES REPUBLICANOS


por José M. Balbuena Castellano

No deja de ser significativo y hasta ejemplarizante, que el rey Felipe VI de España haya ido a Francia nada menos que homenajear a los soldados republicanos españoles que en 1944 participaron en la liberación de París. Es un reconocimiento a unos héroes, aunque éstos fueran antimonárquicos, que lucharon por una buena causa y contra un régimen totalitario que quería someter a toda Europa.   No le importó a Felipe que aquellos combatientes formaran parte del conjunto de compatriotas que contribuyeron a instaurar la segunda república y a que su abuelo, Alfonso XIII, tuviera que exiliarse en 1931. Este reciente acontecimiento parisino, en una ciudad regida por una descendientes de españoles, Anne Hidalgo, culminó con un  un discurso en francés en la Asamblea Nacional que entusiasmó a los asistentes. En Francia resonó el himno de España, sin que nadie mostrase pancartas en contra o se le pitase, como sucedió en el partido del Barça y el Bilbao, donde unos “patriotas” ofrecieron una muestra de su mala educación y falta de respeto.

Yo no soy monarquico, pero si lo expreso busco los cauces adecuados para decirlo sin perder nunca las formas, que es lo que suele suceder  a muchos cuando se convierten en el descalificador término de “plebe”. Antes que yo otros han dicho que si la república fracasó fue porque actuaron grupos incontrolados, irrespetuosos, intolerantes, fanáticos y llenos de odio, agrupados en un frente popular y criminal que permitió aquellas barrabasadas y dinamitaron las buenas intenciones republicanas, que lo que buscaban eran equidad, oportunidades para todos,  justicia y libertad y no venganzas,  resentimientos, violencia y crímenes.

Podría añadirse a toda aquella tragedia que terminó en una guerra civil,  que existía también un alto nivel de analfabetismo que alejaba a las masas populares de las élites intelectuales, de las clases dominantes, de los poderes fácticos. Que existía una gran  irresponsabilidad y una enorme falta de experiencia democrática. Todavía hay quienes creen que ser demócrata consiste en hacer lo que a uno le plazca, sin atenerse a principios básicos, a unas reglas de juego, a unas leyes. Esta forma de pensar es fatal para un régimen democrático y los socava y denigra, pero aún es peor si quienes la practican son dirigentes políticos y ostentan puestos de responsabilidad y mando. ¿Dónde está la ética de los políticos corruptos, los que se llevan dinero público, los que permiten que haya injusticias o una ley de dependencia que permita a incapacitados o a los que no tienen nada sobrevivir?

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