martes, 11 de septiembre de 2012

La tía Carmen Nieves se muda a la residencia de pensionistas (Una historia verdadera)


 La tristeza no dura más que un momento
Y cuando estamos despiertos,
La felicidad no ha sido más que un sueño  Junichiro Tanizaki

Cuando la tía Carmen Nieves cumplió los noventa años estaba fantástica, vivía sola, a trancas y barrancas se preparaba su comidita, enjuagaba los vasos y los platos, se lavaba su ropa íntima, regaba sus plantas y hasta salía al portal a coger unos rayitos de sol, pero sin saber cómo se le presentó una infección pulmonar. Los médicos le quitaban importancia, decían que eran cosas de la edad, que quizás experimentaría alguna mejoría. Pero a los pocos días notamos que casi no oía, que cuando hablaba arrastraba las palabras y que era incapaz de dar un paso por ella misma.  
Teniendo en cuenta su estado de salud y que la tía era una persona difícil de las que no quieren vivir con nadie, tuvimos que tomar una decisión. La trasladamos a un lugar para personas de edad avanzada, donde hay mucha demanda para entrar. Un Centro en el que pudieran atender todas sus necesidades, hacer actividades en grupo, rehabilitación, juegos. Un lugar donde su salud quizás no mejoraría, ni el ambiente iba a ser como en su casa, pero podría ir tirando una temporada más y llevar una vida más digna entre otros seres que se encuentran en situaciones parecidas. 
El primer día que fui a verla me encontré a la tía sentadita en su silla de ruedas, en un pabellón amplio, controlado por alguna enfermera que entraba y salía. Acompañada por una treintena de compañer@s que estában en la misma situación. Un lugar sencillo y limpio que olía a medicinas. Eché una ojeada y creo que pensé más o menos lo mismo que ustedes hubiesen pensado.
Tod@s miraban un televisor. Al verme casi no me miró, se limitó a sollozar mientras apretaba mis manos, las besaba. A mi se me rompió el alma. Demostraba así su agradecimiento. Estaba desorientada. Me preguntaba por su casa, por sus parientes, se quejaba de esto y de lo otro. Su ánimo había decaído mucho y hablaba sin levantar la cabeza. Evitaba las miradas de sus compañeras. No quería estar allí. 
No le gustaba la tele, aunque se resignaba a mirarla de vez en cuando. Así juntas compartimos la retrasmisión de la procesión de la Virgen del Pino. Y embargada por la emoción se santiguaba una y otra vez al mismo tiempo que miraba por la ventana al cielo. Después bajamos a un patio con flores le di una vuelta, hablamos del sol y de las flores. Mas tarde mientras nos tomábamos un helado expresó con una mirada vacía:
-¡Señor, llévame ya! Pero enseguida recapacitó, y resignada añadió que sabía que aún le quedaba lo peor por sufrir, que aun no había cumplido su cuota de sufrimiento.
Por los pasillos nos encontramos a otros seres que aún podían caminar o que se movían con sus sillas de ruedas, con su andador, que todavía ejercían algún control sobre sus destinos.  
Cuando llego el final de la visita, tuve que dejarla de nuevo en el pabellón, en la enfermería en donde la había encontrado. Entonces rompió a llorar y con frenética desesperación grito:
-¡No me dejes aquí!
Al escucharla no supe qué hacer ni que decir, me tembló el cuerpo del dolor. Me sentí como una delincuente.
Hoy al recordar de nuevo a la tía Carmen Nieves, a nuestros ancianos, abuelos, tíos, padres que no oyen, que apenas nos reconocen, que no se les entiende, que bostezan, gritan, gesticulan. O que quizás no quieren decir nada porque sus bocas son ya como tumbas vacías, que hablan consigo mismo o quizás hablan con sus muertos. Se me rompe el alma.

cuadro: anciana Van Gogh
facebook/rosariovalcarcel/escritora ;  www.rosariovalcarcel.com