miércoles, 15 de febrero de 2017

LA ÚLTIMA TARDE, Luis Rivero Afonso

Dedicado a Rosario Valcárcel

Imperioso, se llamaba. 560 kilos, negro azabache y bien dotado en pitones. Se sabía fuerte, buen mozo y con un porte extraordinario. Había sido criado en los campos cordobeses, cerca de la sierra. Buena comida, buenos cuidados, hembras: las que quiso; y gozando de la libertad que se siente corriendo y trotando por campos verdes entre olivos y encinas.

La tarde no barruntaba nada bueno. Desde una hora antes de salir al ruedo, ya sentía cierta inquietud nerviosa. Sin saber bien lo que pasaba, le invadía una suerte de premonición de lo que estaba por venir. Cuando abrieron las puertas del chiquero y se lanzó al ruedo, tras los primeros pases con el capote de lidia, intentó serenar sus nervios embistiendo contra las tablas del burladero. Mostrando toda su fiereza y entrega.


La lidia era vibrante y vistosa. Imperioso desprendía bravura, buenas maneras y señorío. Percibía el entusiasmo del público por su actuación y le hacía sentir orgulloso, lo que le dama más fuerza y coraje todavía. Le provocaba algo parecido entre el respeto y la admiración, ver a aquel joven de esbelta figura que desafiante se postraba delante suya, y que no corría como los demás. Vestido de colores luminosos que le encandilaban al sol. Imperioso miraba de vez en cuando de reojo para ver si todavía conservaba la cinta de colores que le habían clavado en el morrillo, antes de salir al ruedo. Como un niño haciendo gala de zapatos nuevos, se diría que presumía con la enseña de su ganadería colgada para la ocasión. Y cuando veía los flecos dorados del traje de luces del torero, él parecía hacer ademán orgulloso de mostrar también su envés adornado con la divisa.

No había tomado del todo conciencia que de verdad estaba en el coso, hasta que le clavaron el primer par del tercio de banderillas. Empapado en sudor, sentía el sabor de la sangre, cálida y agridulce, que se entremezclaba con aquel babeo que no podía contener cuando se excitaba demasiado. Era una sensación extraña, sentir su propia sangre surgir a borbotones en contacto con su piel húmeda y sudorosa.

Serían las cinco de la tarde cuando –a la señal del alguacil– sonó la cornetilla desde el palco anunciando el último tercio de la lidia. El diestro cambió de muleta y empuñó el acero. Se dispuso a llevar al toro a su terreno, cerca de las tablas, para así rematar la faena. El torero, muleta y estoque en mano, se colocó delante suya. El espada estaba ante él, firme y desafiante. Justo en medio de sus pitones, a escaso metro y algo de distancia. Lo tenía en el punto de mira, pero aquel hombre también le miraba fijamente a los ojos. Fue entonces cuando vio aquella vara de acero puntiagudo y resplandeciente. No sentía miedo, pero sí desconcierto. El gentío ya no vitoreaba ni gritaba, sólo se oía un murmullo de fondo desde el tendido. El joven diestro extendió la espada que portaba en la derecha y le señaló por encima de su cabeza, mientras con la izquierda, blandía suavemente la muleta. La lidia le había dejado exhausto. Seguía sudando y ya casi no sentía la sangre que manaba de las heridas en caliente todavía. Aquel hombre le seguía mirando fijamente. Y ahora balanceaba su cuerpo, apoyado sobre un pie y sobre la punta del otro, con la rodilla ligeramente doblada. El murmullo de fondo se fue apagando poco a poco y casi se hizo el silencio en toda la plaza. No se atrevía a ni a parpadear. Nadie se lo había explicado antes, pero presentía que el final estaba cerca. No le quitaba ojo de encima al torero ni por un segundo. Guardaba la distancia y esperaba jadeante. Se sentía cansado y su respiración era entrecortada. Entonces, alguien desde el burladero, a sus espaldas, gritó: ¡Entrando a matar, maestro!

El diestro, blandiendo la muleta y reclinando el cuerpo hacia delante, se le echó encima. Él acometió con decisión y sin pensarlo en un arranque brusco sobre el bulto. Humillando la cabeza, largó una cornada al aire tratando de llevarse por delante a su agresor. El matador, aguantando la envestida con la muleta sobre su cara, se apartó ágil al tiempo que le asestaba la estocada con certera puntería. Imperioso sintió como un chasquido y un dolor punzante en la espalda que le recorrió la espina dorsal hasta la médula. Toda la plaza estalló en una gran ovación. Sintió mareo y ganas de vomitar. Le venían arcadas de sangre. Se tambaleó. Trató de guardar el tipo con gallardía. Así le habían enseñado. No se acongojó. Hipnotizado por los vuelos de la muleta, y ya casi sometido a la voluntad del torero, intentó perseguir a algunos de los mozos de la cuadrilla que invadieron el ruedo. Pero las fuerzas ya no le acompañaban.

Por fracciones de segundo, le vinieron como relámpagos a su pensamiento los momentos felices pasados en la dehesa, desde su crianza hasta la edad adulta. Después, le asaltaron muchos de los rumores y leyendas que había escuchado desde entonces. Tenía que morir con dignidad, no podía lamentarse. Fue entrenado como un gladiador, para matar o morir, y estas dos tareas las había de desempeñar con idéntica entereza. Miraba al torero como el condenado que mira a su verdugo, con el controvertido sentimiento de culparle y exculparle al mismo tiempo. Culparle, por ser ejecutor de su muerte. Exculparle, por haber hecho bien su trabajo.

Un sudor frío recorrió todo su cuerpo. Se le nubló la vista y presintió como un resplandor en su cerebro. No entendía bien porque la gente no dejaba de aplaudir. Los mozos le azuzaban con los capotes de lidia. El torero, en un gesto de piedad que le ennoblecía, les reprendió y gritó que se alejaran. Le flaquearon las piernas y sintió necesidad de echarse al suelo. Primero, reclinó las patas delanteras y después, se dejó caer en peso sobre las traseras. Ahora sí que sentía unas ganas incontenibles de vomitar. La saliva caía sobre la arena entremezclada con la sangre que emanaba de la herida donde le habían asestado la estocada. Pensó entonces que su epitafio sería unos renglones en una crónica taurina de un periódico provincial. Lo podía imaginar: “El bravo Imperioso, el tercero de la tarde, un toro fiero, de acometida resuelta y constante. Desplegó fuerza y bravura; y murió como un bizarro de certera estocada del diestro, que se lució a su costa”. Sintió por un momento unos latidos de emoción. Y se acordó también de aquello que tantas veces había escuchado de un veterano indultado:

“Cuán efímera es la gloria en el ruedo”. Reclinó su cabeza sobre la arena para descansar y abandonarse a la muerte, cuando le vino a la memoria lo que una vez había oído en el corral: “A los toros bravos les cortaban los testículos cuando morían”. Convertirse en una suerte de tótem de aquel torero, ciertamente no le parecía infame. Pero en un último gesto de estima y pundonor, propio de un valiente, trató de proteger sus genitales cerrando las piernas; mientras el último hálito se escapaba perdiendo su mirada en el infinito, con los ojos entre abiertos.

 Cuento de mi libro "La campana de cristal"