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domingo, 17 de mayo de 2015

LOS ASALTOS DE LA MEMORIA, Karl Müller (con vídeo de Gila)

Fue uno de estos inviernos coloneses que parecen infinitos, oscuros y aburridos como para esperar la muerte. Lo que estábamos haciendo. Ya mi madre iba muy mal de salud. Ella sabía que se iba a morir, había visto morirse tantos durante las dos Guerras Mundiales que le tocó vivir, que disponía de una experiencia larga y asentada, y

Tumbada en su sofá–cama desde el cual solía dejarse aburrir por el televisor miraba al techo en la penumbra. Estaba agotada de haber ido al baño, hacer sus necesidades y volver a su lugar de descanso. Se avergonzaba mucho de que yo la tenía que asistir, asearla cuando se había ensuciado, ayudarle para ponerse la ropa interior limpia, ella, que toda su vida se había valido por sus propias fuerzas. Seguía siendo una anciana grande de cuerpo pero ya no tenía fuerzas. Las caderas varias veces operadas, la columna vertebral descompuesta, los pies, las rodillas, todo le dolía y no le permitía defenderse de los pequeños percances de la vida que se acumulaban en forma de platos rotos y objetos perdidos por los rincones. Empezaba a ser muy olvidadiza. Tuve que desenchufar la cocina eléctrica porque la dejaba prendida, lo que era demasiado peligroso para toda la casa. Fue un gran choque para ella, fue el principio del fin.

En aquella tarde de color gris oscuro, sin embargo, alguna asociación casual de la memoria llevó a mi madre a recordar el día que yo nací. Claro, muchas veces me lo había relatado, cómo me había dado a luz en aquella clínica campestre improvisada, edificio que anteriormente había sido un lugar de descanso para las élites del partido nazi y sus familias. Es que eso de perseguir y matar a judios, gitanos, dementes, pobres y otros seres inferiores, los llamados “Untermenschen” [=infrahumanos] y limpiar la bella tierra alemana de las “lebensunwerte Leben” [=vidas indignas de vivir] era una tarea dura que merecía un descanso en un lugar idílico. Pero ahora, a comienzos de 1945, ya todo se estaba viniendo abajo y el antiguo balneario para nazis con méritos asesinos se había convertido en un hospital improvisado. Mal improvisado porque casi no había infraestructura y la mayor parte de las enfermeras y personal médico no se componía sino de familiares de miembros del partido que los habían enchufado en la clínica lejana de cualquier ciudad, para escapar de los bombardeos sistemáticos y brutales de los aliados.

Que mi madre embarazada y su hermana menor con una niña de corta edad pudieran abandonar Colonia, en estos meses bombardeada, rebombardeada y recontrabombardeada, se debía a una orden del gobierno nazi que no permitía sino a este grupo de personas salir de las ciudades. Sospecho levemente que mi existencia se debe en buena parte a la agudeza de mi padre que las vió venir con bastante antelación. Pero esta pregunta no se la quise plantear nunca a mi madre, me parecía demasiado… qué digamos, denigrante. Y a mi padre nunca le pude preguntar. Ya había fallecido de tuberculosis galopante hacía más de 40 años.

Volviendo a la silenciosa espera, estábamos aguardando a la asistente de Cáritas que ayudaba a mi madre a preparar alguna cena, llevarla hasta la cama, desvestirse y acostarse. En esta bolsa de silencio de pronto mi madre me preguntó en colonés si ella me había contado alguna vez cómo yo realmente había nacido. Paré la oreja. Cuando mi madre empezaba a hablar en la lengua de nuestra ciudad era que tenía que decir algo íntimo e importante. Si no nunca la empleaba.

Le contesté, también en colonés, que creía que sí, que había llegado en los últimos dias del embarazo con la hermana a la clínica improvisada, que ahí nací yo y que nada más que dar los primeros berridos tuvieron que bajar conmigo y con ella en una camilla, corriendo escaleras abajo hasta los sótanos porque pasaban aviones aliados.

“Sí, cierto todo eso”, me dijo, “pero falta algo que nunca te conté”. En la penumbra la veía sonreír melancólicamente. “Lo que nunca te conté es que el famoso aullido de las sirenas que prevenían de los aviones arrancó en medio del parto. Y estos cagones de medicuchos noveles y falsas enfermeras hijas de jerarcas nazis, que jamás habían soportado un ataque aéreo, salieron todos corriendo, al sótano, y me dejaron sola en la mesa. La última parte del parto la hicimos sólos, tú y yo. Por más de una hora no subió nadie a ver lo que pasaba o a ayudar. Al final me desmayé cuando estabas afuera y por fin subió entonces la única enfermera profesional que había. Menos mal. Llevabas enrollado el cordón umbilical en el cuello y ya tenías un color azul bastante subido. La mujer lo cortó con una tijera de papel que muy previsoramente se había traido y te hizo respirar. El resto lo sabes. Subieron otros, todos cagados de miedo por unos avioncitos que pasaban lejos y altos y nos llevaron al sótano”.
Quedamos otra vez en silencio, ella agotada, yo estupefacto. Fue uno de estos momentos en que toda la mente queda en blanco, no, ni en eso, queda en la nada estupefacta. No es que fuera una revelación sensacional sobre el comienzo de mi existencia en tierra, fue más bien un detalle absurdo en un acontecimiento que para mí podía haber acabado en un siniestro, y con algo menos de suerte no estaría yo aquí ahora para contarlo. Lo que me provocó este momento en blanco fue más bien la asociación mental instantánea con un golpe de humor negro, humor español del más oscuro habido y por haber.

El gran Gila, el más grande de los humoristas españoles para los que se acuerdan de él, hoy está bastante olvidado. En la España franquista, en cuya periferia canaria me tocó vivir mi juventud, fue el único que nos hacía reír de vez en cuando, si una emisora de radio algo más atrevida lo ponía. Monólogos telefónicos siniestros sobre la guerra (Oiga¿es la guerra? ¿está el enemigo? ¡Que se ponga!) y otros acontecimientos sombríos con una voz aburrida de subordinado obtuso. Uno de los monólogos empezaba con una frase que me parecía extraordinaria por genial y absurda. Se me quedó al instante en la memoria nada más que oírla la primera vez:
Yo, cuando nací, estaba solo en casa y cuando mi madre volvió me dijo“¡Que sea la última vez que naces solo!”:


Yo no creo en el peso de los grandes traumas infantiles y las demás tonterias del sicoanálisis y doctrinas afines, pero tengo que reconocer que mi predilección por aquella frase, el haberla captado al instante aunque entonces todavía no entendía muy bien el español, es algo extraño. Algún fontanero del alma quizá podría seguir la pista al asunto pero creo que eso daría demasiado trabajo, por lo que lo dejo ahí en el aire.

Aquella tarde no llegué a explicarle a mi madre la curiosa asociación mental del monólogo de Gila con lo que recién me contó . En estos momentos se oía en la puerta el ruido del llavero de la asistente, una mujer grande y cuadrada de Colonia que hablaba impertinentemente en colonés con mi madre, ella le respondía siempre en correcto alemán. El colonés no era para todo el mundo.

Me despedí, bajé las escaleras y pensé contarle la historieta otro día, pero se me olvidó, hasta que pocas semanas después, un domingo, durante una breve excursión con unos amigos para ver una exposición de arte africano, llegó una llamada de la clínica en que estaba ingresada por un problema intestinal, me comunicaron que a mi madre le iba mal. Volvimos inmediatamente pero llegué tarde. Ya había fallecido, rápida y discreta, como solía despachar sus asuntos para no armar muchas molestias a los demás, era su hábito. Me acordé entonces de la frase de Gila, comentario surrealista, poco menos que intuición lejana y paralela a cómo yo había llegado al mundo, que se lo quería haber comentado a mi madre, a quien le encantaba los chistes absurdos, pero ya era tarde. Sea como fuere, se lo conté en silencio junto al lecho de muerte, pero la destinataria ya no atendía aunque estoy seguro que se habría reido bastante. Para los demás lo dejo aquí por escrito, por si interesara.


Este relato de Carlos, que es el nombre por el que lo conocemos todos los hispanohablantes que lo tratamos, es una pincelada de humanidad, humor y emoción, de la mejor estirpe dentro de lo que conozco en la literatura memorialista. Pero si ya les dije antes que se trata de mi mejor amigo, puede que teman o sospechen que exagero. Por eso prefiero dejarle la palabra a él, para que se convenzan por sí solos.  Ricardo Bada,http://www.elespectador.com

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martes, 14 de enero de 2014

KARL MÜLLER, UN ESCRITOR QUE PERTENECE A LA CULTURA CANARIA.

Tamaran, so der alte Name Gran Canarias, war die am dichtesten besiedelte Insel des Archipels. ..
La Palma ist die Kanarische Insel mit den mesiten prähistorischen Felsgravierungen. Sie wurden relativ früh entdeckt, die ersten schon 1752 von Mitgliedern der wohlhabenden…

Hoy quería hablarles de Karl Müller, un hombre de corazón grande y generoso, de hablar pausado y exquisita educación que posee una gran capacidad para escuchar. Un escritor alemán que pertenece a la Historia de la literatura canaria. Un traductor excesivamente minucioso al que voy a añadir a la lista de los perfeccionistas.


Y hago esta afirmación por el proceso que usó en traducir mi poemario Las  Máscaras de Afrodita a la lengua alemana (Die Masken Aphrodites). Un trabajo hecho a conciencia  para que no se perdieran los matices de la lengua original. Así fue  analizando el poemario, interpretando cada uno de los matices, los símbolos. Y con una buena dosis de ingenio y de talento consiguió relacionar los mensajes. Traducir y quizás enriquecer mis poemas en la lengua en que escribió Kafka y Freud. A su lengua materna.

Carlos, como lo llaman todos sus amigos, se trasladó con sus padres a Gran Canaria cuando tenía  trece años. Y cambio total de enseñanza, de lengua y de ambiente cultural. Entre 1967 y 1972 cursó Filología Hispánica y Lingüística General en Tenerife, en la Universidad de La Laguna con profesores del talento de Gregorio Salvador Caja y Ramón Trujillo Carreño. Más tarde Karl viajó por España, Francia, Italia y Alemania. Vivió en Siena y Amies, estudió lengua italiana y francesa y realizó una ampliación de estudios lingüísticos en la biblioteca de la Universidad de Colonia, en donde fue compañero del poeta y crítico español Jaime Siles. Por lo que se puede decir que su vida ha estado marcada por espacios y escenarios diferentes, por viajes.

Y como es natural pateó las calles y los senderos, La Caldera de Bandama, las veredas y las nieblas que se arrastran por los barrancos.

Y el estar en contacto con las islas, con nuestra cultura canaria, con el entorno de su pueblo querido, Santa Brígida, con los sueños y las utopías en donde vivió, se contagió de nuestra imaginación, sonoridad y hasta de la puesta en escena de los significados de las palabras que desde muy joven aprendió.
Necesitó de vuelta a su Alemania escribir y revivir. Necesitó Karl Müller avivar y trasladar a la lengua alemana libros  escritos en español, libros de Canarias.

Lanzarote und Fuerteventura, die beiden östlichen Inseln des kanarischen Archipels, haben, wie jeder Besucher auf den ersten Blick bemerkt ein  grundlegendes, überlebenswichtiges Problem. Das Wasser…
Teneriffa…  Die neum Kantone oder Menceyate waren unabhängige. Stammeseinheiten mit jeweils einer eigenen Führungskaste, die ihre…

Y como el pasado existe, necesitó también  ser parte de la historia sentimental de las islas Canarias, así ingresa en la Radio Deutsche Welle (La Voz de Alemania) en 1977, como productor para los programas en lengua española para América Latina y en francés para África francófona, allí trabaja hasta el 2000 como periodista y locutor para diversas emisoras alemanas,  sobre todo para la Radio WDR en Colonia, la radio-televisión más grande de Europa.

Y se empeña en promover la cultura musical y tradicional de España, así como la folklórica de Canarias. Y la revive cada vez que entra en el imaginario de la música,  en las voces, en los recuerdos, en  la memoria, en la vida. Y produce programas sobre los Sabandeños, Taburiente y otros grupos y solistas de las islas.
Porque él, igual que Hemingway amó a Cuba, ama las Islas Canarias, estudia el pensamiento filosófico de los escritores y poetas, y ha mostrado siempre un gran interés por buscar el trasfondo y la reflexión de numerosos escritores y de artistas del mundo de la música.

Por eso cuando lo invitaron a hacer un programa con ocasión del quinto centenario del descubrimiento de América, se sumergió en lo orígenes isleños y realizó una trasmisión extraordinaria de 110 minutos sobre “La Conquista de las Islas Canarias”. Un texto que le sirvió de base, años más tarde, para su obra escrita totalmente en alemán: Die Kanarische Inseln, Eine Reise durch die Zeit, (Las Islas Canarias, Un viaje a través del tiempo)

La Gomera. Die Gomeros seien weder dunkel-noch hellhäutig, notierte Christoph Kolumbus in seinem Bordbuch (1492), bevor er von La Gomera aus den endgültigen Trip nach Amerika antrat…
El Hierro. Garoé wurde der mythische Baum genannt, der Wasser gab. Es hat ihn wirklich gegeben…
Alonso Fernández de Lugo war jedoch geschäftlich vorsichtig und holte Teilhaber mit in sein Projekt Eroberung von La Palma…

Die Kanarische Inseln, Eine Reise durch die Zeit  fue editado en el 2009 por Anroart y habla de la historia de Canarias, del origen y las nostalgias, de  las raíces y las costumbres. Del paisaje y la idealización de la naturaleza. De la literatura,  habla del mito de la historia, de los cielos y de los mares, de las cosas que han acompañado su vida entre los isleños. Un texto que explora con lucidez aspectos de nuestra realidad canaria.

Un libro que se caracteriza por su análisis profundo, por estar bien documentado. Un escritor, Karl Müller,  que sin lugar a dudas merece ser conocido y reconocido por su valía. Porque como dice su amigo el escritor y periodista residente en Alemania, Ricardo Bada, ha trabajado siempre sin apoyo ni subvenciones oficiales de  ningún género. Ha trabajado por su amor a las islas donde se hizo adulto.

Die Kanarische Inseln, Eine Reise durch die Zeit  es un libro que recomiendo por el  rigor intelectual de Karl Müller, por su honestidad y su sentido ético.

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