martes, 1 de octubre de 2013

SILA 2013, VIOLETA Y DEOLINDA

Después en el coche, las noticias. Un soldado del Ejército del Sur del Líbano ha sido gravemente herido y dos israelíes están heridos leves.
                                                                           El mismo mar, Amos Oz


Igual que si nos hubiésemos conocido de toda la vida, Violeta, Deolinda  y yo empezamos a hablar del paisaje de Gran Canaria, de sus comidas típicas, del clima de nuestra isla, de que Violeta trabaja en La Universidad de La Laguna y que Deolinda, estaba casada con el cónsul de Cabo Verde en Madrid.
El Salón Internacional del Libro Africano: SILA 2013, nos acercaba este año  a Cabo Verde para descubrir qué escriben, qué cuentan y sienten más allá de nuestras  orillas.

Y ese día celebrábamos en un pueblo llamado Gáldar, un almuerzo de fraternidad entre escritores, profesores, periodistas, unos llegados de África, otros de la Península y de nuestro entorno canario. Organizado todo ello por Francisco González, miembro del Comité Organizador y Director de Looking For Development Asesores y Consultores S., así como la presidenta de la Fundación Canaria Farrah, Pepy Farray y otros.


Disfrutábamos de la comida cuando Violeta, amistosa, nos contó que recientemente había regresado al Líbano, a su ciudad natal, que lo había visitado después de veintiséis años, y que cuando llegó contempló el paisaje, los nombres de los pueblos, la señalización de las carreteras. Se dejó llevar por sus sentimientos y se enfrentó de nuevo con la gente de su niñez, con la ciudad en donde se había criado, en donde había vivido hasta los diecinueve años.

Nos relató que la ciudad no le pareció real, le pareció que la había  soñado, que quizás  había habitado lo invisible. Vibraba. Y nos afirmó que casi creía que durante todos estos años había estado acariciando un sueño de amor y de muerte. El sueño de un país imaginado del que salió una noche en que bombardeaban el Sur del Líbano.

-Podíamos ver las columnas de humo que dejaban los bombardeos de las guerrillas.   
Añadía, mientras nosotros la escuchábamos con atención y balbuceábamos algunas palabras de afecto. Expresaba las imágenes desnudas, se le agolpaban los recuerdos… Y yo pensé en las barreras que nos separan a todos.

Mi padre, comerciante de telas, se dio cuenta enseguida del problema de criar a sus hijos en zonas en donde los conflictos armados estaban a la orden del día, por eso recapacitó que no quería que ellos vivieran el drama y el dolor. Y tuve la suerte de que mi madre, una catalana muy inteligente sabía siempre qué había qué hacer. Repartió a cada uno de sus hijos en las casas de los tíos, en zonas seguras. Así que durante días viajamos entre luces, por lo que hoy políticamente se denomina "cielos abiertos", hicimos escalas en aeropuertos europeos, abrazamos el techo entero del cielo.

Finalmente llegamos a Madrid.

Mientras hablaba, lloraba como si recordara solo lo bueno, como si hubiese sentido la niñez ya perdida, como si la vida se le hubiera escapado. Deolinda le ofreció un vaso de agua. Nos alcanzó su emoción, la ruina acumulable del paisaje, de una civilización malgastada, los afectos.
El grado de humanidad de una amiga que acabábamos de conocer.

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