viernes, 19 de septiembre de 2014

FAETON

En la Edad Media el mito de Faetón fue motivo inspirador de un romance.

Faetón le ruega a Febo,
Como hijo regalado,
Que le dé el carro del Sol,
Cual se lo tenía mandado.
El padre, como le quiere
En muy excesivo grado,
Dícele entrañablemente
Con un recelo celado
“el don hijo, no te niego.
Pues de dártelo he jurado,
Pero conviene que sepas
Que el cargo que has demandado
Es peligroso y muy fuerte
Por no ser tú experimentado;
Que no te será negado”
“Ese quiero, padre Febo,
 Aquese que me habéis dado”
Viendo Febo a Faetón
Estar tan determinado,
Los caballos rubios, blancos,
Antes del día ha enfrenado
Y uncidos con el carro
A Faetón aposentado
Diole su corona y cetro,
Y de nuevo le ha avisado
De tener recio las riendas
Que tenga especial cuidado
Y que los caballos deje
Ir pos su camino usado.
“Mira que si subes más
De lo que es acostumbrado,
Hijo, quemarás el Cielo
Y si puedes abrasar la tierra,
Lo que en ella está sembrado.
Ve, hijo, empieza tu vía
Que la Aurora ya ha asomado”
Como el carro iba ligero,
De saber poco enseñado,
Fue apartado del camino
Y en un punto trastornado
La gobernación perdida,
Faetón muerto y quemado.
En esto que habéis oído
El hijo y el padre han errado:
El padre en el prometer
Y sujetarse de grado,
El hijo por codicioso
En adquirir nuevo estado,
No siendo para mandar,
Sino para ser mandado.
pídeme otro don, mi hijo,
que no te será negado   .
"Ese quiero, padre Febo
aquese que e habéis dado"
Faetón le ruega a Febo,
como hijo regalado,
que le dé el carro del Sol,
cual se lo tenía mandado.
El padre, como le quiere
en muy excesivo grado,
dícele entrañablemente
con un recelo celado
“el don hijo, no te niego.
Pues de dártelo he jurado,
pero conviene que sepas
que el cargo que has demandado
es peligroso y muy fuerte
por no ser tú experimentado;
que no te será negado”
“Ese quiero, padre Febo,
aquese que me habéis dado”
viendo Febo a Faetón
estar tan determinado,
los caballos rubios, blancos,
antes del día ha enfrenado
y uncidos con el carro
a Faetón aposentado
diole su corona y cetro,
y de nuevo le ha avisado
de tener recio las riendas
que tenga especial cuidado
y que los caballos deje
ir por su camino usado.
“Mira que si subes más
de lo que es acostumbrado,
hijo, quemarás el Cielo
y si bajas demasiado
 puedes abrasar la tierra,
lo que en ella está sembrado.
Ve, hijo, empieza tu vía
que la Aurora ya ha asomado”
Como el carro iba ligero,
de saber poco enseñado,
fue apartado del camino
y en un punto trastornado,
la gobernación perdida,
Faetón muerto y quemado.
En esto que habéis oído
el hijo y el padre han errado:
El padre en el prometer
y sujetarse de grado,
el hijo por codicioso
en adquirir nuevo estado,
no siendo para mandar,
sino para ser mandado.

       Romances de la antigüedad clásica, Marichu Cruz de Castro.

Era Faetón hijo de Clímene y del Sol. Un joven orgulloso, cosa que se comprobó cuando su madre le hizo saber que su padre era Apolo, un dios que diariamente cruzaba nuestro mundo en un carro deslumbrante de sol. Pero un día Épafo, un compañero de juegos hijo de Júpiter, se burló de él y le dijo que no era verdad que su padre fuera el Sol. El niño corrió junto a su madre y le contó lo sucedido.  Y le añadió:

 -Te pido madre que si de verdad soy hijo del Sol, me des una prueba de mi linaje.  Clímene  extendió sus manos hacia el cielo y mirando al sol dijo:

 -Si acaso no es cierto que tu padre es el Sol, que no me sea lícito contemplar más su luz.
Entonces Faetón visitó el palacio de su padre. Y le dijo: Oh padre mío, si de verdad engendraste con Clímene, dame una señal.  Entonces el Sol le dijo:

-Nadie puede negar lo que es verdad y para que no lo pongas en duda, pide un regalo. Juro por la laguna de Estigia, la única que obliga a los dioses a cumplir lo prometido, que te concederé lo que me pidas. Y Faetón pidió conducir durante todo un día el carro que lleva al astro brillante de este a oeste cada día.  Apenas lo dice, su padre se arrepiente del juramento dado:

-¡Ojalá me fuera permitido renegar de mis palabras! ¡Pídeme otra cosa, pero no ésta!
Intentó persuadirle de su idea, pero Faetón seguía intentándolo. Faetón insiste, el carro es lo que quiere y no otra cosa, y el Sol no puede faltar a su juramento. Entonces, intenta convencerlo enumerando los riesgos a que se expone.

 Y Apolo, no sin gran miedo, aceptó y condujo a su hijo a la obra maestra de Hefesto, el carro dorado adornado con gemas chispeantes. Apolo no dejaba de dar consejos a su hijo, pero éste, impaciente, apenas le oía.

La Aurora abrió sus puertas rojas y las estrellas huyeron apresuradas mientras se desvanecían los cuernos de la Luna. Las Horas fueron las encargadas de uncir a los caballos que se agitaban, lanzando llamaradas por las fauces, y el padre dió los últimos consejos, mientras unta el rostro de su hijo con una sustancia divina. Sólo así podrá resistir el calor de las llamas, pensó. Después ciñó la joven cabeza con los rayos y sin poder ocultar su profunda angustia:

¡Que la Fortuna te ayude, hijo mío! Si desistes, que sea ahora, cuando aún estás en suelo firme...
Helios no cesaba de hacerle recomendaciones. Debía mantenerse siempre en el medio, ni muy alto ni muy bajo y seguir el mismo rumbo que él recorría en forma cotidiana.  Faetón subió al carro de oro del sol tirado por caballos en llamas, partió y los alados corceles lo llevaron hacia lo alto perdiéndose en los cielos e iniciando el camino del nuevo día.

Pero el carro se movía demasiado y los caballos se asustaron. Faetón no logró dominar el carro, perdió el control.  Primero se fue demasiado alto, haciendo que la tierra  se enfriara y chocando con cuerpos celestes lo que provocó un verdadero caos cósmico. Después el terror hizo soltar a Faetón las riendas, y los caballos galoparon por rápidas y escarpadas pendientes hacia la tierra.

Comenzó a incendiarse aquí y allá las altas cimas; la corteza terrestre se abrió en grietas; ardieron los árboles y las mieses como antorchas, y los montes se convierten en gigantescas llamaradas. 

Devoradas por las llamas  desaparecen las ciudades, orgullo de los hombres, que cayeron junto con ellas convertidos en cenizas. Finalmente Faetón cae dando vueltas hacia el abismo y describe en el aire una larga estela, como una estrella que aunque no llega a caer lo parece.

          Texto adaptado de Metamorfosis; Ovidio  Antología, Cristina Sánchez Martínez.

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