lunes, 28 de marzo de 2016

POR EL ARTE, MANUEL VICENT


El arte contemporáneo lo aguanta todo, salvo el que un patán que no lo ama ni lo entiende, lo utilice para blanquear o refugiar el dinero sucio de la droga o del expolio a mansalva del erario público. Una colección de pintura sirve en muchos casos para dorar la biografía de un nuevo rico e incluso permite especular con su valor de cambio, como viene sucediendo desde los tiempos del Antiguo Egipto.

 Pero el arte sufre una agresión mortal cuando un contratista cateto, un político ladrón o un mafioso pelanas almacena en una guarida secreta cuadros de pintores de renombre solo porque un compinche más enterado les ha dicho que valen una fortuna.

Si en una subasta de Shotheby´s un asesino se enamora de un Matisse, lo puja y lo paga debidamente, eso solo demuestra que es un asesino muy refinado. Si un ladrón se lleva de un museo una pequeña tabla de Mantegna bajo el gabán impulsado por una pasión irremediable de poseerla, adorarla y la encierra en un armario, se considera un caso de locura amorosa que suele engendrar a veces el coleccionismo. Puede un demente, llevado por la diabólica neurosis que a menudo provoca la belleza, romperle con un martillo la nariz a la Piedad de Miguel Angel sin que por eso la estética se destruya. A lo largo de la historia el arte ha servido para perpetuar la memoria de muchos tiranos; se ha visto involucrado en innumerables crímenes y a su alrededor se han derramado caudales sangre. 

A Cesar Borgia le diseñaba los cañones y los puñales Leonardo da Vinci; en la Florencia renacentista la crueldad de los príncipes o la lascivia de los papas no impedía su fervor por la belleza. El arte contemporáneo también lo aguanta todo, la vanidad del burgués, el esnobismo del diletante, la codicia del especulador, cualquier pompa de jabón, todo salvo que lo manosee un zafio con las uñas sucias.

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