viernes, 6 de mayo de 2016

PELEAS DE GALLOS

LA PRINCIPAL  ATRACCIÓN  DE  LAS  GALLERAS  FUERON  LAS  PELEAS  DE GALLOS. 
  
       

…Durante un tiempo la principal atracción de la Gallera fueron las peleas de gallos, esa riña que es instintiva en el animal cuando dos están cerca. Y en mi opinión, a estos eventos, acudían muchas personas de dudosa sensibilidad.

     Gregory Peck  no era un hombre muy hablador pero las conversaciones entre ellos se mezclaban con el aire, con el perfume de Moby Dick y con el aroma del mar.

     En aquella ocasión la fiesta, que emprendía cada año el Monte de Piedad de Gran Canaria, la organizó la Federación de Boxeo, para conseguir fondos en la campaña de Navidad y Reyes. A las peleas no solían ir las chicas, solo las mayores, por eso yo nunca había entrado en un lugar como ese. Además por suerte para papá este deporte no era santo de su devoción, pero ese día me llevó para que yo pudiera ver una vez más a Greg.

     Las aves son entrenadas para la muerte, desde que nacen, desde que salen del cascarón. Las adiestran para que salten, eleven el cuerpo, se agachen, ataquen y se defiendan. En aquellos tiempos un gallo de pura sangre podía costar hasta unas dos mil pesetas.

      Cuando los dos gallos por fin se encontraron frente a frente, casi no se miraron, ni se hicieron reverencias, sino que erguidos se estudiaron un instante y uno de ellos dio un salto y estalló la pelea. Un instante más tarde los dos se desparramaban por el aire, temblaban entrechocando los picos, hacían un ruidito espantoso. A mí me asustaba el crujir de las alas, los picotazos que se daban, la sangre que brotaba viva. ¡Se enfurecían! cada vez más! Combatían de una forma salvaje, los cuerpos volaban, se desmigajaban y yo me sentí como si me estuviesen arrancando el alma.

      Poco a poco una bocanada rojiza envolvió las aves y la carne de su cuerpo se fue deshinchando. Me tapé la cara con la mano y puse la cabeza entre las rodillas. Me esforcé en no vomitar y mi  padre me dio la mano. 

     Muchos de los que estaban allí apostaban con una concentración perversa en sus ojos, como si estuviesen haciendo algún mal hechizo.

    -¡Acaba con él! -¡Muy bien gallito, muy bien!

     Gritaban. Yo contenía la respiración. Y las aves se buscaban la cabeza, los ojos, el cuello. Luchaban con unos espolones largos y afilados igual que si fuesen animales monstruosos. Greg con su aspecto exótico de capitán ballenero, no lejos de nosotros hablaba con su compañero, sin apartar en ningún momento la mirada de la pelea.

     Fue terrible. El público los provocaba, esperaban que la sangre templada salpicara  a los que estaban cerca, esperaban que sus vísceras se derramaran. La algarabía de los gallos en la arena era cada vez fuerte, cercenaban las patas, la cabeza, los ojos.

       Cercenaban las almas de las desdichadas aves.

       Yo seguía sin entender el placer que experimentaban los aficionados.

    Sí, porque el público los excitaba y los seguía excitando de una forma desvergonzada. Esperaban a que uno de ellos consiguiera dar el golpe exterminador. Dicen los entendidos que un gallo de pelea, jamás huye, prefieren morir lentamente quizás para prolongar el placer.

            Espantada, me imaginaba el instante en que las aves emplumadas eran sacadas de sus jaulas de animal doméstico, y sin darles tiempo a nada las invitaban a saltar al redondel, a bailar con las patas seccionadas y los ojos arrancados. Expuestos a un extraño ballet, al son de la guerra.
     De una guerra de la que solo uno saldría vencedor o derrotado.

     Aquellos pobres animales derrumbados y casi muertos miraban a sus entrenadores con una mirada de reproche. Se oía el ruido del picoteo, los gruñidos enloquecidos. El silencio.
Es difícil imaginar todo ese coraje en un ave.     Fragmento de MOBY DICK EN LAS CANTERAS BEACH


Canarias y Andalucía son las únicas comunidades autónomas en las que las “riñas”, como dicen los criadores y aficionados de gallos son legales. Ahora bien, sólo se realizan en lugares tradicionales llamados galleras y no cuentan con ayudas públicas ni publicidad.

En el caso de Canarias, la Ley de Protección de los Animales de 1991 las admite “en aquellas localidades en las que se hayan venido celebrando”. Un precedente en su momento, incluye una gran contradicción porque señala claramente que "se prohíbe la utilización de animales en peleas, fiestas, espectáculos y otras actividades que conlleven maltrato, crueldad o sufrimiento", pero hace una única excepción con aquellas peleas de gallos que se circunscriben a los lugares donde hay tradición. Una tradición que en las islas se remonta 500 años atrás, hasta la propia conquista del archipiélago.

Como ocurre con las corridas de toros, escribe el periodista Javier Rodríguez: Esta práctica genera un intenso debate sobre el trato que se da a los animales, para unos es un deporte nacional, para otros es impartir la crueldad con esos animales.  

Reconozco que éste es un problema de pasión: o se tiene o no se tiene. Pero culturalmente hablando, en una sociedad occidental moderna y avanzada en la que para contemplar una dimensión de nuestra propia subjetividad leemos Macbeth, por ejemplo, tendría sentido sustituir las peleas de gallos directamente por peleas de penes. http://www.ivoox.com/acuse-recibo-las-peleas-gallos-y_md_9018871_wp_1.mp3″ Escúchalo aquí


Así conseguiríamos reemplazar la cobardía en forma de representación fálica masculina que recae en los pobres animales, por la valentía genital de sus viriles domadores, frente a frente, cara a cara, capullo a capullo. Lo mismo para las corridas de toros, las peleas de perros y cualquier otra forma de tortura medieval infringida o azuzada por animales racionales hacia animales no racionales y a menudo indefensos.

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