miércoles, 27 de febrero de 2013

Siete caras, relato enviado por Karl Müller

En nuestra casa deambula una niña muerta. Durante un tiempo estaba sentada en un borde de la estantería de libros que tenemos en el dormitorio, luego se bajó a quedar acostada encima del viejo televisor en compañía de una rosa de plástico y un extraño dibujo de una amiga artista. Durante años quedó ahí mirándonos cada vez que íbamos a prender o apagar al televisor, estos días se volvió a ponerse de viaje por la casa ya que el nuevo televisor que ahora tenemos es tan plano que en su borde superior apenas puede sostenerse el polvo.

Por el momento la niña muerta se ha instalado en un cenicero de vidrio verde que a su vez deambula por la mesita de la sala, se esconde entre las torretas de libros y montones de revistas que suelen ocupar la mesa de tal forma que a veces nos entra un relámpago de pánico. ¿A ver, donde está el cenicero con la niña? Pero pronto reaparece entre algunos tomos apilados y nos mira seria y suavemente sonriente, según, con sus siete caras.

Sí, tiene siete caras la niña muerta. Más bien son siete minúsculas máscaras hermosamente pintadas sobre fragmentos de madera ligeramente curvos, recortados de caña, tras las cuales está la historia de la niña muerta. Es una breve historia, y es la siguiente.

Estábamos los dos, la mujer sin sombra que siempre está conmigo, y yo con ella, pasando unas vacaciones en mi otra patria, en la isla de Gran Canaria. Solía yo comprar un diario local para saber que es lo que pasaba en la isla y su monstruosa capital y un día leí de paso una noticia breve en la sección de sucesos que en el sur de la isla, la gran zona turística, en una playa semiabandonada se había ahogado una niña alemana. En fin, trista noticia, todos los años se ahoga alguna gente de visita en el Atlántico porque creen que eso ahí delante de las playas es un charquito como el mediterráneo, pues nada de eso, ... pero la noticia concluyó que había sido una niñita pequeña muy precoz para su edad. Se había puesto a caminar y en unos breves instantes que los padres no la habian tenido a la vista caminó unos cuantos metros y se había caido en un pequeño pozo cuadrado de ladrillos que encerraba en el fondo la llave final de la tubería del agua para las edificaciones que algún día se iban a levantar en esta playita solitaria debajo de unos riscos costeros. El pozo no había tenido una cubierta, y la llave no había estado bien cerrada, o defectuosa, el pocito cuadrado se había llenado de agua hasta el borde, algo como un metro de profundidad decía la noticia, la niña cayó adentro y se ahogó antes que los padres se percataran. Cualquier ayuda en un lugar tan remoto hubiera llegado tarde, un terrible desastre.

Dias más tarde fuimos los dos a ver un poco el terrible sur de Gran Canaria, pasamos espantados por lugares como Playa del Inglés, San Agustín y Maspalomas, hasta que llegamos a ver desde la carretera una playita casi escondida en la que se veian apenas unas pocas personas, unas tiendas de campaña. Paramos y bajamos por un sendero de cabras para ir a bañarnos, estar tranquilos al sol sin estar rodeados por una muchedumbre de gente como en las playas grandes. El percatado lector ya se estará imaginando lo que nos encontramos. Fue la playa de la niña muerta pero al llegar abajo no se notaba nada. Era una playa nudista, algunas hermosas muchachas estaban ahí como disponiendo de una mesa en un kiosko abandonado, algunos muchachos estaban en otras tareas, nos saludaron corteses y siguieron en lo suyo, nadie se acercó y extendimos nuestras toallas a una discreta distancia.

Así pasamos un rato charlando, estudiando al océano en la pequeña ensenada antes de tirarnos al agua cuando en un momento se acercó uno de los muchachos desnudos a nuestro lugar. No me acuerdo lo que traía, si una bolsita de tela o una vieja caja de puros o una latita de galletas, se acercó y se sentó junto a nosotros rodeado de un ambiente de melancolía poco menos que macizo. Ya temíamos que ahí se nos arrimara uno de estos rescatadores del mundo que por aquellos tiempos estaban por todas partes con sus doctrinas salvadoras de la humanidad en peligro, para pedir luego plata para sus grandiosos proyectos, pues no. El muchacho abrió la lata o la caja o la bolsa y extendió ante nosotros las siete caras que ahora deambulan por nuestra casa. Preguntó simplemente si le podíamos echar una mano, unas pocas pesetas no más, por las mascarillas ahí delante, que se encontraba en una situación terrible, que hace unos días se le había ahogado su hijita unos pocos metros más arriba, su mujer lo había abandonado y se había llevado todo porque le echaba la culpa a él, sus compañeros tampoco tenían un mango aunque ya le habían dado, ... asentí con la cabeza, que nos habíamos enterado por la prensa pero que no nos imaginamos que ésta había sido la playa del desastre ... Se vino abajo. Silenciosamente empezaron a correr lágrimas en tal cantidad de sus ojos que pronto cubrieron su pecho, su vientre y llegaron dejar numerosos puntos oscuros alrededor de su pene tristemente tirado en la arena blanca. Eran las últimas mascaritas, él las hacía y con ellas se habian sostenido vendiéndolas en los centros turísticos. Necesitaba ahora sino una pequeña suma para poder ir al consulado alemán en Las Palmas y solicitar una ayuda para un vuelo de regreso.

Le dimos todo el dinero que llevabamos aunque no fue gran cosa en este momento. Dejó las mascaritas ante nosotros, se levantó como un viejo acabado y sin decir más nada regresó a su tienda. Por el camino se podía ver como el ataque de llanto lo seguía sacudiendo como una bolsa vacía.

Desde entonces está con nosotros, la niña muerta desconocida de las siete caras, serias o sonrientes, según, y que deambula por nuestra casa.

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